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jueves, 18 agosto, 2022
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Éxtasis

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Por: CARLOS BONFIL •

Extasis (Glück, 2021), segundo largometraje de ficción de la cineasta alemana Henrika Kull (Jibril, 2018), elige como tema central la prostitución femenina, aunque su manera de abordarlo difiere mucho de su representación tradicional en el cine. Sería necesario remontarse seis décadas atrás, hasta la innovadora cinta de Jean-Luc Godard Vivir su vida (Vivre sa vie, 1962) para encontrar una estrategia narrativa que combinar con tan atinada sutileza la ficción y el documental en el tratamiento del asunto del trabajo sexual. Lo que aquí elabora la directora y guionista es una investigación sobre la forma en que algunas prostitutas europeas asumen libremente su trabajo en burdeles muy modernos que semejan Airbnbs de la gratificación sexual, donde las trabajadoras son libres de manejar sus horarios a su antojo o de abandonar en todo momento ese oficio sin represalia de ningún tipo. Un sistema laboral libre de mafias explotadoras, prácticamente manejado como una pequeña empresa en modalidad outsourcing. Una de las protagonistas del filme, Sascha (Katharina Behrens), rechaza incluso ser llamada trabajadora sexual y reivindica, al margen de cualquier corrección política, el apelativo de prostituta al no considerarlo, en su caso, como algo particularmente ofensivo, y sí como una seña de identidad muy propia. La realizadora filma así la historia sentimental de dos mujeres en el interior de un auténtico burdel berlinés, infiltrando entre el personal femenino a sus dos actrices principales, la alemana Behrens, de 42 años, y la italiana Adam Hoya (María), de 25 años, y conservando en todo momento la rutina habitual de ese lugar impecable, casi aséptico, que más que atender, administra una muy diligente Petra, madame real del negocio.

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Instalada así esta pequeña infraestructura del libre comercio sexual urbano, lo que propone después la directora es la improbable pero muy atractiva historia de amor entre dos prostitutas, Sascha, mujer divorciada, madre de Max, niño de once años al que visita ocasionalmente en su pueblo natal de Brandenburgo, y la joven María, alejada de su padre viudo en Italia, con quien comunica por mensajes de voz para asegurarle que tiene un trabajo próspero y una excelente situación económica. Esto último es totalmente cierto, dado que la joven, performancera artística de profesión, prostituta por pragmática elección propia, es muy metódica y ejerce exitosamente su oficio como uno más entre tantos otros, susceptible de ser renovado con imaginación y con algo de aplicación acrobática. María es una mujer dinámica, emprendedora y muy segura de sí misma; en resumen, empoderada, como hoy suele decirse. Todo lo contrario de la imagen convencional de la prostituta, víctima de un sistema de opresión patriarcal en el que juega siempre la parte de sumisión y un destino de desventura eterna. No es un azar que el papel de María lo interprete una mujer que además de ser en la vida real artista y prostituta, ahora también actriz, al mismo tiempo declare ser feminista. El límite de tanta libertad y autonomía será justamente la pasión amorosa que de pronto experimenta la joven por Sascha, su madura colega de trabajo, quien sin gran esfuerzo habrá de trastornarle todas sus certidumbres vitales y la fuerza misma de su carácter.

En esta exposición que con franqueza inusual hace la cinta de la prostitución femenina, la directora emplea un lenguaje directo, sin eufemismos ni rodeos, con escenas sexuales bastante gráficas, aunque jamás sensacionalistas. Todo en un contexto social muy particular, el de mujeres sin grandes presiones sociales ni imperiosas necesidades económicas. Un sistema de trabajo sexual imaginable sobre todo en sociedades prósperas y difícilmente extrapolable a países donde la prostitución se concibe como una clara forma de explotación y de miseria humana. La directora Henrika Kull muestra un evidente interés en describir una cómoda y lujosa mercantilización del cuerpo femenino en una sociedad europea que hoy practica formas de explotación cada vez más sutiles. Este empeño de crónica social termina por colocar en un relativo segundo plano la propia historia afectiva de las dos protagonistas, la brecha generacional que las separa, y sus maneras muy distintas de concebir la libertad y la realización personal en uno de los oficios más estigmatizados del mundo. El resultado final es, sin embargo, novedoso y para muchos tal vez un tanto irreverente.

Se exhibe en la sala 10 de la Cineteca Nacional a las 18 horas.

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