La crisis por la crisis: el ánimo roto que zurcimos en el camino

La crisis por la crisis: el ánimo roto que zurcimos en el camino

Alterar la rutina y las condiciones normales lleva a alteraciones de la vida emocional. La estabilidad del ánimo de las personas depende de sus circunstancias. Quien piense que la psicología de un individuo es una cosa ‘interna’ y el mundo es ‘externo’, de tal manera que podemos de alguna manera desentendernos (lograr la llamada a-patía) de este último, pues está muy equivocado. Nuestra mente no es algo interior, sino una resonancia del mundo. Somos posibilidad: cada decisión que tomamos es elegir una posibilidad entre muchas y con la voluntad edificamos un futuro. Es falso que ‘vivimos en el presente’, siempre vivimos hacia adelante, proyectamos algo al futuro (cerca o lejos) y nos regresamos al presente a caminar hacia allá. La mayor cantidad de nuestras vidas la pasamos en la posibilidad virtual del futuro. En cada momento nos hacemos cargo de la realidad, y al hacerlo, nos preguntamos que ‘me’ depara el destino: qué será de mí. La vida interior resuena del mundo y está ubicada en una circunstancia concreta.

Así las cosas, si la realidad es incierta, se derrumba la base material con la que sostenemos la manutención, es amenazante (un virus nos puede matar) y la actitud de las personas que nos rodean es miserable (insolidaria); pues entrará a nosotros el vacío (angustia), desesperación por las amenazas (ansiedad) y abandono de los otros (soledad). Y si eso ocurre, se verá afectada la convivencia con las personas que pasan la vida a nuestro lado. La familia se verá impactada con la ansiedad que nos ataque y sufrirán arranques violentos, la indiferencia por la depresión que nos invada o la inseguridad de los niños al observar a los adultos sin expectativas. La crisis económica y sanitaria tendrá su resonancia en la vida mental de las personas. Podremos ver incluso ataques de pánico que terminan en tragedias.

La desigualdad también se expresa en las arenas del ánimo: injustica de la vida mental. Hay quienes están más tranquilos y disfrutan de la serenidad porque poseen mejores condiciones de estabilidad económica y quienes no, y estos últimos sufren esa condición por causas ajenas a su voluntad. Alguien que trabajaba en un hotel con fluidez de turismo todo el año, de pronto vio cómo se abría un abismo frente a él que unos días antes jamás pensaría pudiera ocurrir. Algo fuera de todo pronóstico. En estos casos, la mejor medicina es la solidaridad en todos los campos: el gobierno aligerando los impuestos, los bancos dando crédito a bajas tasas, los vecinos cuidando de la salud del barrio y las escuelas sacando los cursos sin arriesgar la salud. La atmosfera general de solidaridad ayuda mucho a prevenir la sensación de soledad, y con ello disminuir la angustia y la ansiedad. Pero, claro está: en las crisis, las personas sacamos lo peor y mejor de nosotros mismos. Así como hay impulsos de solidaridad y acompañamiento, se ponen de manifiesto conductas miserables y mezquinas. Lo mejor que podemos hacer es promover la realidad: somos responsables unos de otros, aun cuando no nos conozcamos. La realidad radical de lo que somos se llama ‘amor’, con el que zurcimos el ánimo roto por la crisis.

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