El asalto

El asalto

La Gualdra 408 / Río de palabras

 

 

Alguien me lo contó en la barra de una cantina, tal vez haya sido el mismo cantinero o algún feligrés que asistía cotidiano al trago de mediodía. Más o menos escuché lo siguiente: eran las cuatro de la tarde cuando una banda de tres maleantes se aproximaron a la librería e inmediatamente que entraron sacaron armas largas. En el mostrador de la librería había un mozo y en el resto nadie. Regularmente ese lugar estaba desierto, nadie se acercaba salvo cuando había algún evento y regalaban tragos y bocadillos. Ni siquiera los ladrones de libros solían acudir al negocio, porque o bien no les interesaba o les daba lástima. El contador de la historia se interrumpió para hacernos saber que él a veces la visitaba para buscar algún regalo, que los libros eran baratos y podían pasar por antigüedades valiosas, que no lo eran, pero eso ninguno de los destinatarios lo sabía y que se mostraban agradecidos cuando se los regalaba. Nadie va a despreciar un libro en público porque no quiere que lo consideren inculto. Uno de los maleantes se apostó en la puerta, el segundo recorrió los pasillos y el tercero se encargó de vigilar al mozo. Cuando el primero y el segundo dijeron que estaba todo despejado, el tercero le ordenó al chico que le entregara el efectivo de la caja. El chico se atrevió a decir que le parecía una estupidez, que no tenía un centavo, que tenía lo que traía suyo en la bolsa. El tercero le dijo que apagara el circuito cerrado, el chico dijo que no había cámaras. Le ordenó que levantara las manos, el chico se hizo hacia atrás y acató la orden. El segundo se acercó al mostrador, husmeó en la caja y asintió que no había nada. El primero ordenó: dile que haga la llamada. El tercero le dijo al pibe que llamara a la policía. Insistió una vez más apuntándole al chico. Llamó, informó de lo sucedido, dijo que los ladrones todavía estaban en el interior de la librería, que uno le apuntaba. Cuando el comisario colgó pensó que era una broma pero que aun así iría él mismo para darle un escarmiento al bromista. Los maleantes entraron a las cuatro, la policía llegó rumbo a las seis a pesar de que la distancia entre comisaría y librería se hacía a pie en veinte minutos, el comisario arribó en auto. Para cuando primero, segundo y tercero rindieron sus declaraciones dijeron que querían demostrar que sí se podía asaltar una librería a punta de pistola, que sí se podía ir preso por robar un libro, que ellos habían leído un libro titulado Los ladrones y que querían demostrar lo contrario. Decían que estaban contentos con los titulares “Peligrosa banda armada hasta los dientes, asalta una librería”. Habían roto con la tesis del autor de dicho libro.

 

 

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