Las (futuras) decisiones del presidente

Las (futuras) decisiones del presidente

Recientemente el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, me obsequió un paquete de libros sobre la nacionalización bancaria, lo que me ha llevado a estudiar más de cerca este episodio de la vida nacional, que detonó, al final de cuentas, la transición electoral, por sus múltiples efectos no deseados por los instrumentadores de dicha determinación, puesto que entre las consecuencias estuvo la perdida de legitimidad del régimen hacia la derecha y la izquierda del entorno político mexicano de los años 80. No solo se trató de un desencuentro entre los afectados directos y el gobierno saliente de López Portillo entonces, también condujo a un abandono de las banderas populares del entonces dominante Partido Revolucionario Institucional, al verse obligado el gobierno encabezado por Miguel de la Madrid a dirigir la administración de una crisis sin fin a costa de las clases trabajadoras y el campo, para corregir los desaciertos del gobierno de su antecesor (sí se quiere, en la última etapa o en los seis años, dependiendo de qué lado de los bandos de “la disputa por la nación”* se encuentre usted).
Este acercamiento a dicha circunstancia nacional me ha llevado también a reflexionar sobre las consecuencias que tienen las decisiones del poder político sobre la economía (por supuesto, también sobre el poder económico), los riesgos del desatino personal potenciados a carácter nacional e incluso sus inmediatas reacciones en la “aldea global” que ya para entonces se vislumbraba.

Parece que, volviendo a “la disputa por la nación”, un bando a recobrado el brío y en la sexta revancha ha logrado hacerse con la victoria: el nacionalismo revolucionario, tan claramente identificado con los sexenios de López Portillo para atrás. A partir de diciembre de 2018 el país retornará a dos escenarios no vistos desde aquellos últimos meses de 1982: el país de un solo hombre, creyente en la rectoría, no del Estado, sino más propiamente suya y de su interpretación, de la economía, por sobre las fuerzas del mercado y, en búsqueda de justicia social con una visión claramente cargada hacia la izquierda en materia económica.

Andrés Manuel López Obrador ha anunciado ya que, así como tomó una decisión (la legitimó, para ser objetivos), a través de lo que él llama “una consulta” (si más adjetivos aquí), lo hará con otras tantas determinaciones que le corresponda implementar como titular del Poder Ejecutivo, en nuestro sistema presidencialista. En este punto, es como se distancia adjetivamente de la decisión comentada al principio, más no de la ausencia de consensos democráticos, sino de polarizaciones no necesariamente deliberativas. Sí algo queda claro en ambas decisiones es que fueron tomadas al cobijo de la convicción compartida con algunos, pero ajena y sin la intención sustancial de acercamiento y reconocimiento a los contrarios en este planteamiento.

Al igual que López Portillo, López Obrador no parece llamar a una campaña de deliberación social y política en serio cuando pretende realizar las “consultas” para el resto de sus decisiones (no sabemos sí trascendentes o no), sino más bien a la legitimación de las mismas, utilizando la democracia participativa no como método, sino como alegato, como en la primera determinación (la de la banca) se utilizó a las manifestaciones no como instrumento de sensibilización social, sino como demostración de un poder en caída.

Dado que no sabemos cómo es que vengan las próximas decisiones del Presidente Electo, estas notas pretenden una reflexión a la que me aproximo de una vez: las decisiones políticas se ven envueltas en un sinfín de elementos a considerar, desde los actores que participan en ella apoyándola u oponiéndose hasta los que reaccionarán, pasando por el contexto y la infinidad de conductas y estrategias que puedan sobrevenir sobre las mismas. La deliberación pública, es decir, la acción colectiva de informarse, debatir y buscar consensos intermedios, a través del reconocimiento de las posturas legítimas del adversario.

Este ejercicio es el que no necesariamente (subrayo) se da cuando se hace un llamado parcial, carente de confianza y credibilidad a las urnas, para participar sin más ánimo que el de sentirse parte de una decisión que quizá (me permito la ingenuidad) ya fue tomada, y a la cual asistimos solo a formar parte de un paisaje ya dibujado. ■

*Por supuesto me refiero al texto de Carlos Tello y Rolando Cordera.

@CarlosETorres_

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