Vialidad: Una pesadilla de otoño (Historia de ficción)

Vialidad: Una pesadilla de otoño (Historia de ficción)

No puedes estacionarte aquí.
Le dijo el agente vial con mal modo por haber estacionado su vehículo en un espacio donde estaba “mordiendo” la raya amarilla en la Avenida Hidalgo, en el mero centro de Zacatecas mientras otros vehículos hacían lo mismo.

El conductor del vehículo sonrió, pensando que era un asunto negociable. La unidad en cuestión era un mini esprínter rojo que esperaba a un grupo de jóvenes que venían de visita durante la semana a uno de tantos eventos que la ultra barroca capital del estado de Zacatecas estaba realizando. Habían quedado de verse a las once de la mañana frente a la churrigueresca catedral y Daniel, el conductor, respetando su espíritu profesional llegaba con bastante tiempo de anticipación por lo que pudiera ofrecerse.

Lo primero que lo había contrariado, fue que tuvo que negociar la entrada porque el centro de la ciudad estaba invadido por agentes de vialidad y todos los lugares donde normalmente había espacios disponibles para estacionarse estaban bloqueadas por las nefastas vallas blancas que impedían acomodar cualquier vehículo. Además, era notoria la actitud prepotente de los aguerridos ex tamarindos en el celo del cumplimiento de su misión. No había argumento posible que lograra ablandar un poco la perruna disposición de los agentes para mandar a los sufridos conductores a freír espárragos, para decirlo de un modo amable.

No hubo manera de convencer al esforzado agente de que era cosa de minutos para que llegara el grupo, inflexible, le exigió retirarse del lugar por estar violando varias normas del reglamento de tránsito. Se lamentó de no encontrar a la vista a alguno de los oficiales viales que normalmente dirigen el tráfico en el área. Hoy es un día de eventos y tenemos órdenes, dijo el agente desenfundando su block de infracciones y mirando amenazadoramente al guía de turistas.

-Debieran comunicar a la ciudadanía para tomar providencias, dijo tímidamente el conductor.

-Son órdenes. Puedes ir a quejarte a Tránsito del Estado, replicó el agente, al tiempo que el conductor echaba a andar el vehículo.

Por el espejo retrovisor, alcanzó a ver al coordinador del grupo de turistas y dos personas más haciendo señas para que se detuviera, pero ya no fue posible. Los visitantes, atónitos, se miraron unos a otros y preguntaban con la mirada al agente qué había sucedido. Con desdén, éste dio a entender que no estaba dispuesto a entablar ningún tipo de diálogo.

El jefe de grupo llamó al chofer para preguntar sobre su intempestiva salida. La respuesta que obtuvo fue sobre el episodio que había tenido con el agente vial. Le indicó que lo esperaría en una calle paralela y que mejor se diera prisa porque no había lugares para estacionarse. Una vez acordado el nuevo lugar de encuentro, hubo que llamar los otros miembros del grupo de turistas para apresurarse y reencontrar el vehículo y salir a un tour por las ruinas de Chicomostoc y Jerez. El agente abordó su motocicleta y se retiró.

-Dense prisa, apremiaba el jefe al resto del grupo. Hay problemas con el estacionamiento. Y los agentes andan bravos, tratando de infraccionar.

En el camino al nuevo punto de reunión, se encontró a un grupo de agentes y preguntaron sobre lo que estaba pasando y solo recibieron la lacónica respuesta de que “hay un evento”, sin especificar de qué tipo de evento se trataba. Unos pasos adelante una atractiva agente observaba con celo el tráfico ansioso que buscaba un lugar para estacionarse.

-Disculpe, señorita oficial, preguntó escamado, ¿qué es lo que está pasando?

-Hay un evento. Fue su lacónica respuesta.

-¿Y por qué no anuncian previamente para tomar providencias? ¿Quién es el jefe de Tránsito? Preguntó.

La agente clavó sus expresivos ojos en la mirada de su interlocutor dando un nombre y con el cuerpo erguido sacó el pecho y le embarró en la cara: aquí el jefe es el gobernador y son órdenes de él, por si quiere hacer un reclamo. Mirando fijamente dos puntos en el pecho de la agente que lo descalificaban con insolencia, optó por seguir su camino hacia el lugar de encuentro con el vehículo, no sin antes comentarle a la agente, que le hacían un flaco favor a la popularidad del mandatario con esas actitudes.

Al llegar, el agente del episodio inicial tenía nuevamente acorralado al conductor con la placa del vehículo en la mano, argumentando que había emprendido la fuga mientras le estaba procediendo a retirarla. ¿Qué no es ilegal retirar las placas?, preguntaron el conductor y uno de los viajantes. El agente respondió con una mirada propia de los energúmenos que dicen que había en el departamento de tránsito el siglo anterior y descolgó su aparato de interlocución para decir en clave algo así como que estaba siendo agredido por una banda de malandrines migrantes.

Al final, levantó una infracción con tres cargos que ni al caso venían. El chofer argumentó que ninguna era cierta y que por favor no fuera abusivo con las multas. Ninguna súplica tuvo efecto. El conductor tuvo que cancelar su compromiso con los viajantes porque no podía salir a ningún servicio sin su lámina y tras perder más de dos horas por esperar a que el agente que resultó apellidarse González y González se dignara a llevar el objeto propiedad del dueño del vehículo, que ilegalmente había sustraído, debió pasar un tiempo desagradable en las oficinas de Tránsito escuchando comentarios descalificadores de los prepotentes oficinistas que ahí se encontraban. Una vez pagada una esquilmante multa que jamás debió haber sido levantada, el trabajador de turismo se retiró a su casa a curar las descompensaciones en sus niveles de azúcar y de hipertensión que se desbordaron por la desagradable experiencia vivida.

Más tarde, la ciudad se vio invadida por carros y camionetotas blindados seguidos de guaruras, además de vehículos de alto tonelaje que no debieran agredir la ciudad con su paso y su peso. Y la ciudadanía nunca se enteró de los eventos que estaban sucediendo.

Los viajeros tuvieron oportunidad de conocer mejor la ciudad de cantera rosa y corazón de plata, pero se fueron a su lugar de origen jurando no regresar jamás. ■

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