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Democracia y expectativa

Democracia y expectativa

Vivimos tiempos esperados y de esperanza. Y vaya paradoja que estemos cometiendo descuidos soberbios de una confianza reprobable en política. Me explico: la noche del primero de julio, ante la victoria avasallante e innegable de Andrés Manuel López Obrador, el país recibió la madrugada en una paz democrática esperada durante años, apenas comparable con otra noche de julio en el año 2000. Aparecían por todos lados los difíciles reconocimientos de derrotas propias y victorias ajenas. México amanecía sin sobresaltos, por todos lados se anunciaban demócratas inesperados (salvo en Puebla). La celebración fue incluyente: los derrotados invitados, los victoriosos nobles. Apareció en los primeros discursos, una esperanza incompresiblemente inclusiva igual: equilibrio, sobriedad e institucionalidad se asomaron entre las palabras del Presidente Electo; justicia y sensibilidad social, austeridad, honestidad y progresismo anuncian una época de ajustes; a los días, anuncios de capacidades consabidas y reconocidas para las tareas. Fiesta, la esperanza se palpa. No hay ánimo despectivo, sino contagioso en estos renglones.
La expectativa es inherente a la democracia, como lo es la incertidumbre. Ambas contribuyen a la confianza, vitalidad que da vigencia al poder que se pretenda popular. La primera permite el acceso al poder, la segunda la posibilidad de perderlo. Se limitan una a la otra y a su vez contribuyen a fortalecer el espíritu democrático entre los participantes, sean sufragantes o aspirantes al poder. No es entonces esta nota discordante, sino apenas advertencia: un sexenio no se agota en sus promesas, ni en su visión, no hay avance en la homogeneidad y sí retroceso al hegemonismo. Hoy la coalición mayoritaria ha logrado profundizar el voto de confianza expresado en las urnas, en las élites y en los adversarios. Sin embargo, los contrapesos parecen ausentes y no es deseable que lo sean por mucho.
La política, entendida como el proceso mediante el cuál se lidia para hacer prevalecer una visión sobre otras, en búsqueda del poder, es todo menos objetiva. No es exigible el mismo trato a cada uno de los dos Presidentes que hoy conviven en nuestra agenda pública. Pero sí lo es en un ánimo democrático de pesos, contrapesos y equilibrios. La celebración debe tener un límite, a menos que estemos dispuestos a soportar una tremenda resaca. Ese límite debe ser la sobriedad de los demócratas: ni todos los aplausos ni todos los abucheos. Hoy ensordece el ruido de los primeros y apenas se alcanzan a percibir en gayola los segundos.
No quiero cerrar sin definir cuáles son los anuncios que me parecen plausibles, y cuáles, en el mejor de los casos, preocupantes. Entre los primeros está la agenda progresista y liberal (que de pronto pareciera personal) que ha establecido la Ministra en retiro, Senadora electa y próxima Secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero. También los nombramientos de personas respetables, capaces y reconocidas por su libertad y seriedad, entre ellos Tatiana Clothier, Zoé Robledo, Alejandro Encinas, Gerardo Esquivel y Marcelo Ebrard. Pero entre lo preocupante está los 50 puntos de una Agenda Anticorrupción que no parece ser de fondo, sino apenas de forma y además muy superficial, colmada de generalizaciones sin profundidad ni análisis crítico.
La histórica expectativa incumplida o fallida, podría convertirse en una herida para la democracia que nos lleve décadas cerrar. Yo prefiero doce años de “regeneración”, que otros cincuenta de re-democratización. Habrá que andarse con todo el cuidado, no solo quién hoy ha alimentado y ostenta sobre sus hombros la sana y legítima expectativa, como de quiénes lo acompañan, pero también de quiénes no y cuya vigilia no debe dormir, el sexenio aún no comienza y asomos de errores que podrían consumarse en un tropiezo, ya se vislumbran. Es una labor política, en su más amplia concepción, la crítica, la autocrítica y la autonomía. La democracia mexicana urge hoy de demócratas en la derrota más allá del anuncio de la misma, permanentes, consistentes y libres. Es, como diría el clásico: por el bien de todos.

@CarlosETorres_

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