Otro perreo

Otro perreo

La Gualdra 327 / Año del Perro

 

“¿Crees que los perros no irán al cielo? Te digo, que ellos han estarán

ahí mucho antes que cualquiera de nosotros”.

Robert Louis Stevenson

 

Durante muchos años tuve una fobia a los perros. Encontrarme a un mamífero de éstos cuando, en la infancia, iba a las tortillas o a la tienda, era un terror. Con toda la inocencia y la fe -propias de un niño de seis, siete años- rogaba a “Diosito” que no me saliera al paso un can. No sé por qué tal miedo. Quiero suponer que fue el haber visto la película Los doberman a muy temprana edad y cuyas escenas quedaron grabadas en mi memoria. Hasta un chihuahua tenía la ferocidad de uno de esos perros asesinos en el filme.

Mi encuentro con la literatura, el encuentro significativo y definitivo, cambió un poco esta sensación. Pude conocer y ver que había perros entrañables y no sólo “Niebla” en Heidi. Los perros de los dibujos animados sólo tenían la forma. Nunca vi a Pluto oliendo el trasero a Tribilín, por ejemplo. En los libros tuve la fortuna de coincidir con Negrita, de Onelio Jorge Cardoso; o con “Victoria” y “Manchas”, en Voces en el bosque, de Anthony Browne; o con los protagonistas de Los amigos de Lygia Bojunga: una historia canina en el carnaval brasileño.

También recuerdo haber leído un poema, que después supe que también es canción, llamado “Callejero” en voz de Alberto Cortés. Entonces cursaba el cuarto año de primaria y Equipaje fue mi primer libro de poemas. Sin embargo, aunque las letras me ofrecían perros cariñosos, el temor hacia ellos apenas había menguado. En secundaria, el cuento “Amistad”, de B. Traven, me presentó al animal en cuestión como un ser noble, agradecido, pero con dignidad. Pero el miedo seguía. Debo confesar que mi espíritu revolucionario, se vio truncado cuando leí que la guerrilla del Ché fue perseguida por perros. Me vi rodeado de ellos. Sabía que el pánico me delataría.

Otros perros que pasaron por mis ojos, y que ahora descubro habitan en mi memoria, son “Toto”, del Mago de Oz; el cancerbero, en Harry Potter y la piedra filosofal, de Rowling; en la Divina Comedia de Dante y en el Manual de zoología fantástica de Borges. Seguramente hay más apariciones de este infernal can, pero son las que recuerdo. Hay, asimismo, infinidad de obras literarias que tienen a los perros como protagonistas, sin embargo, no las he leído, sólo tengo las referencias: Comillo blanco, El coloquio de los perros, Cujo. Algún día llegarán a mí.

La minificción también se ha ocupado de estos animales: “Pasear al perro”, de Guillermo Samperio; el sensual “Dicen”, de Felipe Garrido; o “Patio de tarde”, de Julio Cortázar. Hay, también, infinidad de obras con perros anónimos. Pienso en los perros de Ensayo sobre la ceguera; o en los que fueron sacrificados para encontrar las antípodas en La isla del día de antes, de Umberto Eco. Como fiel compañero del ser humano, el perro permea en la literatura y seguirá estando ahí. Igual que mi temor hacia ellos.

 

 

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