Sobre rescatistas y criminales

Sobre rescatistas y criminales

Hace un par de días, viendo una serie de Netflix, me topé con un ejemplo que ilustra de muy buena manera cómo el ambiente que nos rodea influencia las decisiones que tomamos. Uno de los personajes explica que fue expulsado de su escuela por robar diferentes instrumentos musicales. Aseguró que tenía muchas razones para hacerlo, pero la principal fue que la puerta del salón de música estaba abierta cuando en realidad debió de haber estado cerrada.

Las estrategias de prevención del delito se basan, en gran parte, en cerrar el mayor número de puertas posibles que faciliten la comisión de un delito. Estas puertas se multiplican ante situaciones de emergencia como el sismo del 19 de septiembre de 2017, un evento que nos mostró dos extremos de la sociedad mexicana.

Inmediatamente después del colapso de los edificios en la Ciudad de México, centenares de personas se volcaron a remover escombros. Al mismo tiempo, aprovechando el caos en la ciudad, un puñado de individuos se dedicó a asaltar automovilistas, comercios y hogares. En la noche del temblor los medios de comunicación y las redes sociales mostraban las dos versiones de la historia. Voluntarios que no se cansaban de ayudar y personas que se disfrazaban de personal de protección civil para cometer un crimen.

Para algunos el terremoto representó la oportunidad de hacer aflorar la bondad humana, para otros fue algo que les permitió delinquir. Mientras la mayoría de los ciudadanos se sumó al esfuerzo de las autoridades, otros aprovecharon su dispersión para sacar provecho.

Gran parte de las fuerzas de seguridad pública se concentraron en las labores de rescate. Esto reduce de forma inmediata la probabilidad de que un delincuente sea detenido al cometer un ilícito. Esta situación resalta lo importante que resulta el contexto cuando alguien sopesa el riesgo de delinquir. Resalta también la relevancia del diseño de políticas de prevención situacional del delito.

Durante los procesos de reconstrucción después de catástrofes, la tasa de criminalidad tiende a aumentar. Por ejemplo, Marcus King analiza la evolución de la tasa de incidencia delictiva en Canterbury antes y después del sismo que afectó a ese estado en 2011. King encontró que las tasas de crimen (robos específicamente) en la ciudad de Christchurch aumentaron inmediatamente después del terremoto.

El mismo 19 de septiembre, la Ciudad de México presentó embotellamientos vehiculares sumamente intensos. De manera inmediata, diversos medios de comunicación comenzaron a reportar que los automovilistas inmovilizados empezaron a ser víctimas de robo en diferentes zonas de la ciudad.

Un día después en Xochimilco, en los pueblos de San Gregorio y Santa Cruz, las personas que tuvieron que dormir en la calle tras perder su casa fueron también víctimas de robo. Algunos rescatistas que intentaron llegar a estos pueblos no pudieron hacerlo debido a que la policía decidió controlar el flujo de personas dado el incremento de los saqueos en la zona.

Bajo este escenario, resultaría muy poco convincente declarar que quienes decidieron delinquir lo hicieron solamente por motivo de sus condiciones socioeconómicas. Así como el temblor ha abierto una puerta para ser solidarios, las autoridades tienen que tomar en cuenta que también lo ha hecho para facilitar la comisión de ciertos delitos.

¿Qué se podría hacer? En las zonas de desastre se podrían asignar uniformes específicos y muy limitados a quienes realmente se dediquen a las labores de rescate y reconstrucción. El saber cómo identificar a las autoridades permitirá saber quiénes son aquellos que quieren sacar ventaja de la situación a través del crimen.

Otra opción es reforzar la vigilancia en las zonas más afectadas por el terremoto haciendo uso de la tecnología para asegurar que las ventanas de oportunidad para cometer un delito se reduzcan. Se podría, por ejemplo, instalar botones de pánico dentro de las tiendas que se encuentren en estas zonas y que debido al repliegue de los elementos de seguridad pública puedan quedar desprotegidas.

Otra acción muy necesaria es el asegurar que se reestablezca el sistema de alumbrado público en las zonas donde este servicio aún sigue afectado. Es de admirar la velocidad con la que la Comisión Federal de Electricidad (CFE) actuó después del sismo, pero debemos recordar que las zonas sin ningún tipo de luz son más propensas a presentar índices más altos de criminalidad.

Las autoridades, ante una tragedia de este tamaño, no podrán darse abasto por ellas mismas. Por ello, es necesario que la labor ciudadana se mantenga e incluso se incremente en el periodo de reconstrucción. Ante el aumento latente de los riesgos producidos por los estragos del temblor, debemos de apoyar las labores de vigilancia y prevención. En estos momentos más que nunca resultará indispensable vencer a la apatía y denunciar los delitos que atestiguamos o de los que podríamos ser víctimas. ■

 

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