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Nos llamamos México

Nos llamamos México

Es inevitable no sumarse a la narrativa que nos arrastra entre la desgracia, la consternación, la esperanza y la solidaridad. Tanta distancia hay entre estos términos como la grandeza de nuestra patria en su elemento más importante: su gente, el elemento vivo, activo, de carne y hueso. La fatídica fortuna, que puso como fecha de prueba el 19 de septiembre se ha llevado la más grande sorpresa. A ese pueblo que se le sojuzga a cada rato por unos cuantos mezquinos que ocupan el centro de la agenda, le ha dado la oportunidad de mostrar su verdadero rostro: el de una mayoría buena, dispuesta a unir sus brazos y fuerzas con sus vecinos, amigos e incluso desconocidos, para salvarse a sí mismo en el otro.

Hay cientos, miles quizá de historias heroicas en la semana que ha pasado: desde la pequeña que rompe su alcancía para donar, hasta los ancianos que han hecho de voluntad energía, pasando por las imágenes de miles de jóvenes, que le han dicho a la historia: aquí estamos, nada volverá a ser igual.

Del terremoto de hace treinta y dos años nació no sólo la experiencia, sino la democracia misma. Muchos olvidan, en la narrativa de la transición democrática, que fue justo entre los escombros de aquél 19 de septiembre de 1985 que el mexicano se descubrió ciudadano entre ciudadanos. A partir de ahí la organización de la sociedad, que apenas asomaba antes, se volvió una práctica común para los habitantes de la Ciudad capital, lo que a la larga le provocó convertirse en la latitud más progresista, liberal y democrática del país. Enrique Krauze lo llamó: el bautizo cívico; Carlos Monsiváis lo describiría así: “(…) fue la conversión de un pueblo en gobierno y el desorden oficial en orden civil. Democracia puede ser también, la importancia súbita de cada persona.”

Antes de que cualquier institución pudiera reaccionar, ya estaba ahí la sociedad, la más grande de todas las instituciones, más coordinada, más entregada, con mejor noción del significado romántico de la política: el bien común. Ahí, entre el asombro, la desesperación y la desgracia, miles de mexicanos comunes entre ellos, pero extraordinarios como lo son, se volvían uno solo y transformaban el ambiente en esperanza, solidaridad y fortaleza común.

No sé, desconozco pero dudo, que exista otro pueblo igual. Que los desastres tengan que ver como su legado pasa a ser marginado en las páginas de la historia, por sus víctimas que pronto hacen de su conducta y reacción, la verdadera historia, el legado permanente de transformación. La destrucción está ahí, pero más pronto que tarde reconstruiremos, lo que en cambio difícilmente se perderá, serán las experiencias, las alegrías de saberse parte de la salvación de una vida, el arranque a la solidaridad, la voluntad pura de ayudar, el llanto compartido y también, claro: el sentido de tomar el poder y ser el poder mismo.

Nos queda ocuparnos también de los otros estados afectados, de nuestros hermanos de Morelos, Puebla, Oaxaca, Chiapas, Guerrero. No hemos terminado: apenas estamos empezando, pero a la historia, a la fortuna, a la desgracia, al mundo y también a quiénes aquí no lo han entendido debe quedarles claro cada que nos volteen a ver: nos llamamos México, y eso es, lo demostramos otra vez, símbolo de fortaleza en nuestra solidaridad y hermanamiento. Nunca nos volverán a vencer.  Esta vez no temo equivocarme. ■

 

@CarlosETorres_

 

 

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