Los libros que no son libros

Los libros que no son libros

La Gualdra 301 / Promoción de la lectura

 

Durante mucho tiempo he profesado que el primer libro que leí, y vinculó a la lectura, fue Cien Años de Soledad. Sin embargo, en las últimas semanas he realizado una retrospección más minuciosa y detenida buscando en los rescoldos de la memoria algún otro contacto significativo con el acto lector. He dado con dos. Uno me lo ha referido uno de mis tíos paternos, Humberto, el otro surgió de la oscuridad intempestivamente. Uno no tiene a los libros como representantes, pero sí a la palabra escrita, el otro no es literatura.

Me dice mi tío Humberto que en mi infancia pedía leer el diario deportivo Esto (igual que el maestro que tuvo Felipe Garrido). La demanda se incrementaba los lunes. Supongo que las crónicas de los partidos de futbol, primordialmente cuando el tema eran las Chivas Rayadas del Guadalajara, multiplicaban mi anhelo por pasar mis ojos por aquellas hojas color café. Leía las columnas de Fernando Schwartz y de Jorge “Che” Ventura. Los demás deportes no eran de mi interés absoluto. De hecho, padecía cuando se acercaba el Super Bowl o la Serie Mundial. Por alguna extraña razón prefería Esto a Ovaciones.

No tengo el registro nemotécnico de cuándo dejé de ser asiduo lector de ese diario. Después de haberse manifestado como una luz muy repentina, está la lectura del libro Lo negro del negro Durazo. Supongo que lo leí entre los diez y doce años. Me asombraba el poder, la corrupción, la sangre fría, la fastuosidad, todo representado en un amigo de la infancia de José López Portillo. Su lectura me llevó a conocer, al menos referencialmente, la existencia de un edifico llamado Partenón, en Grecia. Cierto es también que no me propició ni buscar información al respecto, pero tampoco continuar leyendo.

Entre estos materiales y Cien años de soledad hay un título más: Canasta de cuentos mexicanos. Lacónico, como muchos adolescentes, mi veredicto en torno al libro de Traven fue: está bien. Reitero: más allá del placer inmediato, y de la aceptación del segundo libro, ninguno de estos materiales me abrió la curiosidad para adentrarme a otros textos, a otras lecturas, a otras voces. A ponderar la lectura como un acto de distracción. La pregunta que me planteo ahora es ¿por qué no registre estos contactos como significativos en mi proceso lector? Sencillamente porque no lo fueron.

Pese a que el primero me ofrecía el gusto de recrear los encuentros deportivos, el segundo me informaba y conocía circunstancias de mi mundo, el tercero fue herramienta para aprobar un bimestre, faltó algo: romper la idea que lo único válido por leer son los libros de literatura (los demás no cuentan). Ni siquiera el de Traven porque había sido para una tarea. Pero tampoco ninguno de ellos despertó en mí la pasión que desató Cien años de soledad, a pesar de no entender nada, la emoción experimentada me sigue hasta ahora.

 

 

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