El asesinato periodistas, prueba del fracaso del país

El asesinato periodistas, prueba del fracaso del país

En este país, no existe planeación alguna en materia legislativa, ni de seguridad y mucho menos política, lo cual resulta evidente al ver que la mayoría de las iniciativas y planes anunciados por representantes de los poderes de la nación, son resultado de los escándalos expuestos en los medios de comunicación.

Hoy, mientras se escriben estas líneas, el presidente Enrique Peña Nieto, en un acto de prestidigitación arrancará un encuentro con funcionarios federales y estatales consultados, en la casa presidencial y se buscará establecer una estrategia integral de protección a periodistas en las 32 entidades del país.

Y en un par de horas, los gobernadores incapaces de brindar seguridad a la vida de los trabajadores de la información, junto con el presidente, generaran un documento que brindará certeza a quienes viven amenazados permanentemente al realizar el periodismo.

En este escenario hay dos opciones, una: el proyecto para la estrategia de protección a periodistas ya existía y no se ha puesto en marcha o, 2: las mentes más brillantes del país en materia de seguridad están en la ardua labor de copy-page (copiar y pegar) desde internet para presentar un documento de consenso a los medios el día de hoy y así acabar, por decreto con el asesinato de periodistas.

Para el poder siempre habrá excusas y mientras los tiros cada vez pegan más cerca porque los criminales saben que nadie, y menos que nadie gobiernos llenos de pretextos y de frases huecas, hará algo para detenerlos, para castigarlos.

Los Estados tienen la obligación de investigar los crímenes, detener y juzgar a sus autores y otorgar una reparación adecuada a las víctimas. La protección de los periodistas debe ser una prioridad si se quiere salvaguardar el derecho fundamental a la libertad de expresión y evitar que los informadores caigan en la autocensura o se vean obligados al exilio.

De 1992 a 2000 se estima que ocurrieron 153 crímenes contra periodistas. De 2000 a la fecha, de acuerdo a los registros de la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos cometidos contra de la Libertad de Expresión (FEADLE) han ocurrido 114, además de que en 2017 se han denunciado 798 ilícitos contra el gremio. Según datos de la propia fiscalía, sólo se han resulto tres. El resto sigue sin sanción.

Ejercer el periodismo allí donde la libertad de expresión está secuestrada por la violencia, el narcotráfico o el crimen organizado es un acto heroico. En México, este periodismo se paga con la vida. Javier Valdez ha sido el último. Valdez murió esta semana acribillado a balazos mientras conducía su coche en el Estado de Sinaloa tras una vida dedicada a denunciar de manera infatigable la corrupción y la impunidad con la que actúan los carteles de la droga en México, país que ocupa el puesto 147 (de 180) en la clasificación mundial de libertad de prensa.

Hay un 97% de posibilidad de que el crimen de Javier Valdez Cárdenas, al igual que el de Sonia Córdoba y su hijo, queden impunes, como la mayoría, sin impotar que se desborde la ira en las redes sociales y el incontenible caudal del hartazgo.

Por eso el recuento va de Regina a Miroslava, y de Miroslava a Javier. Y junto con ellos un centenar de periodistas más o menos conocidos que tienen en común que sobre sus tumbas se podría escribir: impunidad.

Habrá que recordarle al gobierno federal, gobernadores, políticos y partidos políticos que es imposible vivir con miedo. El periodismo debe ser libre y sin ataduras, con la garantía del respeto del Estado. Es el mandato constitucional que exigimos se aplique.

Si matan a un periodista muere la inteligencia muere su esperanza y queda de manifiesto la negligencia de la autoridad, la corrupción y aún peor, el fracaso de un país más degradado.

Javier Valdez Cárdenas, en el prólogo de su último libro parecía conocer su destino: “Quiero con este libro dar voz a mis compañeros periodistas, mujeres y hombres con dolor y pasión, a quienes guardan silencio y a los que silenciaron, a los que les quemaron las esperanzas, a quienes esconden y se entregan, a los que soñamos y nos derretimos en la noche, agobiados, pero despiertos frente a las teclas, acompañados por el latido incesante de nuestro corazón de nuestra pluma, de nuestro viejo y leal cuaderno. Darle voz a los que aguantan la indolencia de empresarios y funcionarios, y aun así redactan su verdad, a los del mitin y la marcha, los de la detención y el discurso oficial, los que eligen la garganta de la noche como último recurso para no morir, los que dicen con sus fotografías quiero vivir, trabajar, sentir. Narcoperiodismo, es también la voz de los compañeros muertos y con ellos, también está nuestro corazón”.

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