Presos políticos en México: Mireles, el símbolo de la ignominia

Presos políticos en México: Mireles, el símbolo de la ignominia

Los presos políticos en México son célebres. Cuando pensamos en ello nos lleva irremediablemente a Lecumberri, el famoso palacio negro, donde se quedaron para la historia narraciones de terror. Hoyo negro o foso, la loba, las comidas en botes con las manos para dar la sanción de animalidad entre los presos, panóptico y tortura. Lo más parecido a las mazmorras de calabozos medievales. No por nada ganó la leyenda negra. ¿Qué expresa esta prisión? Pues es la expresión arquitectónica del Estado autoritario. No es casual que el edificio fuera inaugurado por Porfirio Díaz. Después de los movimientos sindicales de los 50´s (como el ferrocarrilero), que resistían la formación del sindicalismo oficial y domesticado por el régimen, vino la represión de los líderes, entre los que se encontraron Demetrio Vallejo y Valentín Campa. También fue célebre la prisión de José Revueltas, el cual entraba a la cárcel y salía y volvía a entrar; y su único crimen fue pensar con libertad y actuar en consecuencia. Incluso son populares algunos textos suyos sobre la experiencia de prisión, como El Apando y Muros de Agua. Después de 1968 las cárceles mexicanas se llenaron de líderes y activistas sociales. Fue hasta los setenta que la movilización de la sociedad obligó al Estado a la reforma política que hiciera posible la oposición. Esto es, en el régimen autoritario estaba prohibido ser oposición y se pagaba con cárcel, tortura o muerte.

Cuando se legaliza la posibilidad de ser oposición, se acelera la legislación sobre derechos civiles y políticos. Se generan partidos de izquierda y se crean los registros de organizaciones de la sociedad civil para su libre acción pública. Parecía que todo iba progresando. Sin embargo, parece que el Estado autoritario está de regreso, pero no bajo la fórmula acuñada por Octavio Paz, de ‘Ogro Filantrópico’, sino de ‘Ogro’ pero sin lo filantrópico. Un Estado que ejerce el autoritarismo pero no genera garantías sociales. Un Estado que ha regresado al control centralista, que ha eliminado el federalismo, que no resuelve los problemas más básicos (como seguridad y empleo), pero sí castiga con cárcel la resistencia: ahora mismo hay registrados por organizaciones de derechos humanos en México un poco más de 400 presos políticos. Un Estado capturado por poderes fácticos que lo hacen reaccionar violentamente, y por ello no es gratuito que algunos de los presos políticos sean activistas que resistían a empresas madereras o mineras. En suma, la emergencia de la sociedad civil cansada de que los gobiernos no resolvieran el problema de seguridad en sus territorios, decidieron organizarse para enfrentar directamente al crimen organizado, y lo cual tuvo resultados positivos: en muy poco tiempo los ciudadanos curaron los territorios de criminales, lo que en años los gobiernos no hicieron. Y lo inexplicable (o que sólo la corrupción lo explica) fue que a esos ciudadanos los encarcelaron. Al hacer eso, el crimen volvió a tener control de dichos territorios. Mireles es el símbolo de los presos políticos de hoy. Mientras no lo liberen y exoneren, la mancha crecerá hasta asfixiar al régimen.

 

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