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El canto del Fénix

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Va por la quemada Wendy

Cierro los ojos, me toco el corazón, comienzo a teclear: Va por la quemada Wendy. No puedo hacer más por lo pronto: quisiera de repente ser trovador profesional y organizar un concierto para donar todo el dinero que pueda a la curación de esa niña. Me asaltan otros pensamientos: Si consigo un salón y me pongo a leer cuento y poesía, ¿asistirá la gente? ¿Pagarán las personas por ir a verme rasguear la guitarra así nomás? Sigo tecleando, es lo único que puedo hacer ahora. Tecleo con la esperanza de que gracias a estos golpes de los dedos Wendy pueda estar mejor.

Me pesa la noticia de la desgracia desde que me la comunicó mi amigo Mario Padilla. Miro a mi pequeño de veinte días de nacido, pienso en mi hijo mayor pero sobre todo pienso en Wendy, niña a la que no conozco, pequeña que está sufriendo mucho ahora, con sus piernas marcadas por las quemaduras que le calcó el agua hirviente hace unas horas.

Wendy tiene siete años de edad. Nació y creció en una casa muy humilde allá en San Antonio del Ciprés, en Pánuco. Su papá es agricultor, su mamá dedica todas sus horas a la familia: el marido, la niña Wendy y una hija más pequeña, de apenas tres años.

Wendy quiere mucho a su perrito. Lo quiere tanto que, sin que sus papás se dieran cuenta, ella calentó agua para bañar al cachorro. Esa misma agua adquirió el calor del fuego, subió y quemó a la pequeña en primero, segundo y tercer grados.

Las piernas de Wendy se retuercen. Ella sufre mucho en estos momentos. Sus papás no tienen dinero, no saben qué hacer. La mamá de Wendy llora abundantemente. Dentro del hospital Mario Padilla intenta confortarla. “¿Quién es usted?”, pregunta la señora. “Las cosas se arreglarán, ya verá”, contesta mi amigo periodista.

“Ningún niño debería quemarse nunca”, le escribo a Mario en conversaciones que tenemos a distancia. Recuerdo entonces a mi papá, marcado para siempre por una cachimba que se le precipitó cuando él apenas empezaba a hablar. Recuerdo entonces cuando yo mismo me eché encima una cacerola con aceite hirviendo. Pero lo nuestro es pasado, supimos superarlo. Lo que importa ahora es Wendy. Wendy y sus piernas que se retuercen en medio del daño.

Wendy necesita parches de Epifast, un medicamento que ayuda a regenerar la piel, además de Furacín y vendas. La familia de Wendy necesita arroz, leche en polvo, frijoles, lentejas, avena, pan tostado… lo que sea para sobrevivir estos días.

Mario Padilla me insiste en que se puede depositar dinero a la cuenta de Laura Alicia Reyes García en Banco Azteca: CLABE: 12 7930 0132 6854 8807 (para transferencia desde otros bancos), y el número de cuenta es 21 6013 2685 4880.

Nunca había escrito algo así, pero algo en mi interior insiste en que así consigne, que es la hora de Wendy, que Dios existe en nosotros y sólo en nosotros, más que la idea de una entidad que nos sobrevuela.

Creo que las acciones de nosotros son más intensas que el dolor ardiente en las piernas de esa niña por quien sigo orando… por mi desconocida Wendy. ■

 

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