Frente a una revolución que fue agraria: el ocaso del mundo campesino

Frente a una revolución que fue agraria: el ocaso del mundo campesino

En México estamos viviendo el ocaso de la forma cultural angular de la identidad nacional: la cultura de lo campesino. ¿Qué es lo campesino? No se trata sólo de la pregunta por la economía campesina sino por todo el universo simbólico de esa forma de vida, sus mitos que la articulan y la hacen posible. La guía de indagación la constituyen las formas de la economía campesina que contrasta con la economía capitalista: es una unidad de producción familiar, una parte del producto es para el consumo propio, hay un producto principal del que se extrae el excedente destinado al intercambio, pero existe una producción de consumo exclusivo que complementa la dieta (la llamada producción de traspatio); y la extensión de pequeña parcela adecuada, es decir, una parcela que se adecua a las necesidades del sostenimiento de la familia, no más grande, no más pequeña. La economía capitalista es abstracta: tanto en la relación entre sujetos de la producción, como en la relación del sujeto con el producto. En la primera es patrón- obrero, y obrero-obrero. Es decir, median sólo relaciones económicas: en la de patrón-obrero es una relación mercantil de venta de fuerza de trabajo; en la relación obrero-obrero, su vínculo es únicamente a partir de que se comparte la misma condición económica. En la economía campesina median vínculos personales: el jefe, no es un abstracto patrón, sino el padre; y los otros trabajadores no son abstractos obreros, sino hermanos o sobrinos. Es el contraste entre lo abstracto y lo personal. No es gratuito que el capitalismo, para funcionar necesita de una sociedad abstracta, donde medien disciplinas, reglas, leyes impersonales. Donde sean las leyes o reglas abstractas las que median las relaciones económicas, políticas o religiosas. En el caso de la cultura campesina esto no es así: no únicamente la producción se media con relaciones personales, sino la política: la figura que aglutina es la del líder carismático llamado ‘caudillo’ y no un ‘programa’ en abstracto. Las alianzas políticas se ‘firman’ no por una disciplina o lealtad institucional, sino a través de la familiarización de éstas usando una figura que hemos inventado, el conocido compadrazgo; es decir, una alianza se firma como duradera cuando se establece un lazo personal, el compadrazgo. Los ritos tienen esa función, establecer una familiaridad que antes no existía, que no es sanguínea. En todos los ritos sacramentales católicos se crean lazos familiares no sanguíneos; en el bautismo, presentación o matrimonio se eligen padrinos y compadres. En suma, las relaciones económicas o políticas o religiosas no son abstractas, sino personales.

Igualmente, en la economía capitalista la producción establece una separación o abstracción con los productos de consumo: producen bienes de cambio indiferentes a cambio de un pago monetario por su trabajo. En cambio, en la economía campesina no hay separación entre producción y consumo: se consume de lo que se produce, son bienes de uso propio. La relación con la tierra es personal e íntima. La tierra no es un valor de cambio abstracto, sino un valor de uso para la reproducción biológico-cultural propia. La tierra y su fruto son objeto de cultivo y de culto: las fiestas religiosas tienen que ver con la vida de la tierra. La tierra se festeja y es parte de lo sagrado, mediado con la iconografía católica (religión, por lo demás no tan abstracta como el protestantismo).

La economía capitalista es el olvido de lo sagrado: todo es mera cosa disponible a las reglas del mercado; todo es mera cosa constituida sólo en medio, nada tiene calidad de fin. Los alimentos son cuerpos opacos con un precio. ¿De dónde viene esta forma campesina de vivir? lo campesino es la encarnación de la memoria de los elementos primordiales en la constitución de la identidad de la nación: la cultura india antes de la conquista española se fusiona con la europea y forman lo campesino.

Observamos en las nuevas generaciones de las familias campesinas una ruptura con la tradición. Un rompimiento, una quiebra o disolución no progresiva sino repentina, en dos generaciones se pierden formas, ideas, prácticas, saberes que venían siendo parte de la identidad que denominamos lo campesino. De los hijos de los campesinos han nacido los ‘jóvenes agricultores polivalentes’. Jóvenes que ya no alcanzaron repartición de tierras, y por el contrario, les tocó vivir de lleno la muerte del ejido: la posibilidad de la venta de la tierra por las últimas reformas neoliberales, un desarraigo porque su horizonte no lo están viendo anclados en la tierra sino en su abandono, en la migración. La tierra no les significa ninguna esperanza. Su consumo no lo ven conectado directamente a ésta. (Casi) nada de lo que consumen lo producen; más aún, inauguran nuevos patrones de consumo en función de los nuevos valores de vida que han adquirido por el contacto tan estrecho con el modo de vida norteamericano. Aún más: el consumo, en muchos casos, no viene ni directa ni indirectamente de la tierra, sino de las remesas. 92% del ingreso por remesas se utiliza en consumo directo para la sobrevivencia diaria: en leche, huevo, pan, carne, ropa, etcétera; lo que anteriormente se producía en traspatio, ahora se le compra a las trasnacionales. Los alimentos llegan al campo… ¡de la ciudad! La economía del traspatio va desapareciendo, y sus saberes también se pierden: es común encontrarse con jóvenes rurales que no saben cómo se hace el queso, cómo se hace un techo de tierra, cómo se crían lo pollo. Ya sin los saberes, con toda la expectativa puesta en la remesa o en la franca huida y con la posibilidad de vender la tierra, el des-raizamiento es total. Con la venta de la tierra ha regresado el acaparamiento de agricultores modernos dedicados a la exportación. Muchos de esos ‘jóvenes agricultores’ se contratan como jornaleros, obreros de la maquinaria abstracta que produce alimentos opacos; y se termina por diluir la economía y el resto de la cultura campesina que residía en el ejido. ■

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