La fábrica de hacer santos

La fábrica de hacer santos

El proceso de santificación del pontífice Juan Pablo II el  número 264 fue el más rápido de la historia moderna. Se respondía así, desde el punto de vista del Vaticano, a una demanda de los fieles sobre una figura tremendamente popular y carismática.

Su funeral se convirtió en un evento masivo al que asistieron cientos de miles de personas, entre ellas cuatro reyes, cinco reinas y 70 presidentes de gobierno y primeros ministros. Sin embargo, desde que se inició la beatificación primero y la canonización después, surgieron voces discordantes que piden más tiempo para ese proceso o, simplemente, que se detenga.

¿Cuáles son los argumentos que esgrimen quienes se oponen a que Juan Pablo II se convierta en santo el próximo domingo?

Un hecho apresurado. Parecería que es un hecho apresurado, un pontificado que sin duda alguna marcó el antes y después del catolicismo en la era moderna, pero  entre los católicos que analizan con frialdad, la era de Juan Pablo II ha sido  manchada por razones ideológicas, quienes se oponen a la santificación  inciden en uno de los capítulos más polémicos de su mandato: los casos de pederastia entre el clero católico.

Su relación con el fundador de los Legionarios de Cristo, el sacerdote mexicano Marcial Maciel, cobra para los detractores de la canonización de Wojtyla un relieve especial. Maciel, fallecido en 2008, acompañó a Juan Pablo II en sus visitas a México en 1979, 1990 y 1993 y está acusado de haber cometido abusos sexuales contra menores desde la década de los 50.

“Esa relación fue un error que ahora, visto lo que ha pasado, es incomprensible cómo sucedió. Hay quien dice que nunca fue informado correctamente. Pero es verdaderamente lamentable cómo en su pontificado no pudo parar el desastre que había en los Legionarios de Cristo.

Sin embargo, pese a la oposición de algunos sectores, el pontífice polaco, un viajero incansable, está considerado uno de los papas más venerados por los católicos. Sólo a América Latina viajó en 24 ocasiones y sus visitas se convirtieron en auténticos fenómenos de masas. Poco más de 9 años después de su muerte, Karol Wojtyla volverá a convertir la plaza de San Pedro y la vía de la Conciliazione en una marea humana.

Una fábrica de santos: La Congregación para las Causas de los Santos es la encargada de “regular el ejercicio del culto divino y de estudiar las causas de los santos”.

Por este “ministerio de la santidad”  dirigido por el cardenal Angelo Amato, pasan los candidatos a la canonización. Sin embargo, es el Papa quien tiene la última palabra, el único con poder para decretar la santidad. Y en las últimas décadas, este poder se ha ejercido cada vez con mayor asiduidad.

Durante su pontificado, Juan Pablo II nombró a más 480 santos, más de cuatro veces los canonizados por el resto de pontífices del siglo XX juntos.

Aunque Benedicto XVI redujo ese ritmo canonizó a 44 santos durante su papado, Francisco lo retomó. Y en poco más de un año como Sumo Pontífice, el papa argentino ha realizado diez canonizaciones. Esta proliferación de santos se debió, según los expertos, a que en las últimas décadas, el proceso de canonización se fue reformando. El mismo Wojtyla lo simplificó en 1983.

Mientras que algunos critican la multiplicación y la aceleración de las santificaciones al considerar que es una forma de devaluar el valor de la santidad, quienes defienden este cambio argumentan que la Iglesia busca así establecer “modelos de vida” cercanos a los cristianos contemporáneos.

El abogado del diablo, una figura misteriosa y muchas veces incómoda: la del que asume el papel del “malo” en una discusión o, como lo define el diccionario, es “contradictor de buenas causas”. Pero este letrado en apariencia maléfico tiene un origen cercano a la santidad.

Así se denomina en el lenguaje popular a las personas que desempeñaron durante siglos la función del fiscal en los procesos de beatificación de la Iglesia católica.

De él dependía la búsqueda de argumentos en contra de la santidad, la presentación de los lados oscuros de las vidas de los candidatos a santo.

Pero el papel del llamado “abogado del diablo” ha variado a lo largo del tiempo.

En 1983, el papa Juan Pablo II modificó la normativa que regía las canonizaciones. Hasta entonces, la función de fiscal en el proceso la desempeñaba el “promotor general de la fe”, que contaba con su propia oficina dentro de la Congregación para las Causas de los Santos, el equivalente a un “ministerio” encargado de los asuntos de la santidad.

Ese promotor de la fe tenía la tarea de “defender la ley y proponer animadversiones” contra el candidato a ser canonizado.

La reforma impulsada por Karol Wojtyla simplificó el proceso de canonización, eliminó la oficina del promotor de la fe y su figura fue sustituida por la del promotor de justicia, cuyo papel fue matizado.

Murió el abogado del Diablo: A partir de ese momento, su función sería “presidir las reuniones de teólogos” y “preparar los informes de la reunión”, según la normativa vigente.

Este reformado promotor de justicia, consideran algunos expertos, se parece más a un secretario que a un fiscal y ven en este cambio de responsabilidades la “muerte del abogado del diablo”. Con esta figura ausente, se abrieron las puertas de la santidad a cientos de candidatos que con la normativa anterior hubieran quedado fuera.

Retomamos el número, durante el papado de Juan Pablo II,  canonizó a 482 personas, más de cuatro veces el número de canonizados por el resto de sus predecesores en la silla de Pedro a lo largo del siglo XX.

Y, a riesgo de convertirnos en abogados del diablo, surge la pregunta de si el promotor de justicia mantuviese su papel original, muy seguramente algunos de esos candidatos seguirían esperando la santidad.

Al final, no cabe duda que el pasado domingo 27 de abril de 2014, marca uno de los actos más acertados para a Iglesia como institución para retomar y mantener  el poder que casi se le escapa de las manos con dos hechos que difícilmente se olvidaran:

Los casos de pederastia y  la renuncia histórica de un papa que evidencio la severa crisis por la que pasa el cristianismo. ■

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