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De los sentimientos de injusticia al replanteamiento estratégico

De los sentimientos de injusticia al replanteamiento estratégico

La sociología de los sentimientos de injusticia, apunta, qué si bien es difícil, para cada uno de nosotros, “definir una sociedad justa. Estaría generalizada la capacidad de decir “que nos parece injusto”. Además, podemos “decir porque es injusto”. Y -aún más-, “las personas sabemos qué principios de justicia, que valores, y que razones”… tenemos para protestar (Francois Dubet); es decir, según este autor, existiría una experiencia social que nos permite adentrarnos en una actividad crítica (más o menos compartida/común) fundada sobre los principios de justicia. Pero, A); existen diferencias entre la injusticia real y la percibida; B); debido a que siempre nos movemos entre distintos principios de justicia, combinando principios opuestos,  la crítica nunca se estabilizará, habrá variaciones, etc.

Luego de esta sociología de los sentimientos de injusticia, siempre de acuerdo con Dubet, se derivan “efectos prácticos” destacables.  Primera consecuencia: los acuerdos críticos son, por ello, tan difíciles de establecer, (siempre existe una “poliarquía” de  principios en juego), como ejemplos señalemos el modo en que nuestro juicio evalúa la justicia o injusticia de una acción, de acuerdo, entre otros, al grado de igualdad, o, según el mérito, el grado de culpa, si se logra o no la autonomía, etc. Segunda consecuencia: no hay  “injusticias”, que nos lleven, desde esas críticas a aquello que consideramos injusto, automáticamente,  hasta germinar en modos de acción colectiva. Especialmente, debido a que la movilización social, las protestas etc.,  implican ciertas condiciones; solidaridades imaginantes, identificación de un adversario contra él cual es posible actuar, etc.

Recordemos, de paso, que con la mundialización efectiva del capitalismo, y gracias al liberalismo (como ideología global), se ha legitimado un principio de justicia, el de “la igualdad de oportunidades” (John Rawls). Eclipsando, por regla general, sus puntos ciegos, sus efectos “perversos”: la condena de las víctimas (porque no aprovecharon sus oportunidades); olvidando el modo -en que tal principio- acentúa el abismo entre vencedores y vencidos; o también,  su “focalización”  privilegiando a las elites, etc.

Pensando en los problemas de México, sería mucho más importante, cambiar las prácticas sociales  vinculadas a la seguridad/inseguridad (humanas), junto, con los principios de justicia puestos en juego en ese ámbito; procurando, especialmente, cambiar aquellas significaciones generadas a partir de la metáfora de la guerra,  metáfora actualizada por el pensamiento hegemónico, y aplicada  a una “difusa” criminalidad emergente (ver artículo anterior). A manera de hipótesis, es posible pensar que los principios de justicia con que nos movemos, estarían  oscilando entre dos polos antinómicos, en uno, estaría entronizado un sentimiento de injusticia ligado a la metáfora de la guerra (modelo de la “guerra justa”); (quizás, ocupando un imposible justo medio, estaría… “la igualdad de oportunidades”); mientras que, en el otro polo, estaría un sentimiento de injusticia, ligado al principio de “la igualdad de posiciones”, abocado –principalmente- a diferenciar entre todas aquellas personas, que cuentan con condiciones más favorables, para salir bien librados de las pruebas  y desafíos que la vida social  impone (logrando una “vida exitosa”: dinero, fama, poder, reconocimiento social, prestigio, etc.), y, todas aquellas otras personas (son mayoría) que tienen como común denominador de sus trayectorias, condiciones particularmente inequitativas, desfavorables, lo que genera, carencias y limitaciones múltiples, deseos de superación; también, frustración, rebeldía, rechazo, rabia contra “la sociedad”, incluyendo conductas delictivas, etc. Sin olvidar, la “confluencia perversa” (tendencial), que nos empujaría a adoptar,  aquellos valores que hoy son los  más fuertes -y difundidos-, donde se contaminan, los valores y prácticas de las elites políticas-empresariales habituadas a la corrupción e impunidad, y las de los grupos y culturas del “hampa”, marcadas (ambas) por su obsesión por el éxito a cualquier precio, basta pensar en algunos de los oligarcas mexicanos, o en las figuras más visibles de los cárteles (empresarios paralegales).

Así, de ser efectiva, la idea de que  nuestro imaginario social es intervenido y “trabajado” a partir de la metáfora de la guerra, estaríamos viviendo, en consecuencia, en un mundo donde el combate a la delincuencia organizada, para decirlo con Edgardo Buscaglia, estaría basado (no sólo en México; sino en la región) en un error de “especialistas”, error “conceptual”, lo que concomitantemente, produciría….“Políticas torpes”; en la medida en que la delincuencia organizada, “no es un fenómeno ni militar, ni de seguridad pública, ni menos aún, solamente  de violencia organizada”.

Necesitamos de manera urgente, según Buscaglia, un  replanteamiento  estratégico. Considerando que fracasaríamos si únicamente cambiamos una parte del sistema, la situación nos estaría “exigiendo” un cambio del conjunto de los eslabones del sistema de aplicación de justicia (prevención, procuración, impartición de justicia y readaptación social), y más allá. Especialmente, sí, cómo sostiene, el “efecto piraña” causado por la  delincuencia organizada, estaría avanzando como un cáncer, contribuyendo  al “colapso del sistema judicial”. Finalmente,  agradecemos al procurador, la información proporcionada. Volveré analizándola, junto al libro Vacios de Poder en México. ■

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