Sinofobia en México: una historia rescatada

Sinofobia en México: una historia rescatada
Libro de Julián Herbert. Foto de Alejandro Ortega Neri

Mientras en las aulas se continúa discutiendo la manera en cómo se debe escribir la historia, mientras se sigue citando a Hayden White, Paul Ricoeur o Michel de Certeau, mientras se sigue criticando a Enrique Krauze o Paco Ignacio Taibo II, afuera, en el mundo real, escritores y periodistas están haciendo lo que los historiadores no han logrado: que la gente lea historia.

Siempre me ha interesado la historia narrativa con todos sus “asegunes” como dicen. Se debe entender, claro está, que no consiste solamente en escribir “bonito” una investigación del pasado, sino que implica la argumentación y demás rigores de la investigación científica, pero recordemos que sin narración no hay producción historiográfica y mucho menos diálogo con el lector.

En el recién terminado 2015 llegó a las librerías la última obra del escritor y músico acapulqueño Julián Herbert titulado La casa del dolor ajeno (Literatura Random House 2015), un texto que rompió con lo que nos tiene acostumbrados este talentoso narrador mexicano, pues no se trata de poesía, mucho menos de cuentos para cocainómanos y nada que ver con la demoledora Canción de tumba, sino que esta vez sorprendió con una investigación histórica de uno de los pasajes soterrados y oscuros de la Revolución Mexicana y de la historia oficial del país: la matanza de 303 chinos acaecida en Torreón en mayo de 1911.

Los ensayos de historia son poco atractivos a los lectores. Incluso es raro ver alguno en la mesa de novedades a pesar de que haya producción ingente de temas producidos por los clíonautas. Seguro estoy que los mismos lectores de Herbert al conocer sobre lo que versaba su nuevo libro se sintieron poco atraídos, pero el talento del autor de Álbum Iscariote es tan grande que su libro puede leerse como una investigación histórica, como una crónica e incluso como una novela histórica.

“El resultado –escribe el propio Herbert en las primeras páginas- es un libro medieval: una denuncia barnizada de crónica militar y financiera salpicada de pequeñas semblanzas geográficas que imita con igual (mala) fortuna a Stefan Zweig que Marcel Schowb. Una antología de textos ajenos glosados y/o plagiados en un lenguaje que rehúye la escritura narrativa. Una antinovela histórica: sobreescritura: un caldo de prefijos como huesos para dar sabor a un grueso campo literario donde la carne se acabó”.

Si se lee como una novela histórica el ejercicio resulta, pues Herbert se convierte en el personaje principal que nos cuenta las peripecias por las que atravesó para hacer la investigación y que acompaña con saltos en el tiempo para situarnos en el Torreón revolucionario. Si decide enfrentarlo como una crónica, ésta rica en detalles y logra quizá el principal objetivo del género, trasladar al lector a cada una de las geografías que pisa. Yo preferí, por mi formación, leerlo como una investigación histórica y salí encantado.

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El historiador

Escribía John Lewis Gaddis que el historiador oprime el pasado aún y cuando lo está liberando. Es decir, reduce la escala, lo modela a su idea, lo representa, pero al investigar ciertos rasgos lo hace legible en el presente, lo libera de la perspectiva de ser olvidado. El historiador es quien se encarga, como dijera el orientalista Bernard Lewis, de producir la historia rescatada.

Un rescate es precisamente lo que hace en La casa del dolor ajeno Julián Herbert, quien sin ser un historiador de formación se somete a la metodología de la investigación, leyendo tesis, archivos históricos y hemerográficos, recopilando testimonios y refutando tesis de profesionales de la historia que han tratado el tema.

Quizá sin quererlo, Herbert, al momento de narrar sus avatares de historiador, está poniendo en práctica una de las características comunes del modelo de la microhistoria a la italiana, ese modelo nacido de la crisis paradigmática de los 70 que se preocupó por la comunicación entre el historiador y el lector. Es decir, Julián Herbert incorpora a su texto los procedimientos de la misma investigación, las limitaciones documentales y las construcciones interpretativas. Logra que el lector sea parte de la construcción de la historia, que la viva, que la interprete, y lo hace tan bien porque recordemos que es un excelente novelista. Herbert con su técnica narrativa rompe las formas de escribir la historia.

Mediante su investigación, el acapulqueño trata de remar a contracorriente de las hipótesis imperantes en el tema, ésas que dicen que: “fue una tragedia espontánea: la reacción de una masa popular que desahogó su frustración sobre un grupo particular de inmigrantes por considerarlos demasiado diferentes. Poco o nada tiene que ver lo que pasó con un acto de xenofobia de los laguneros”, a lo que él responde que es una tesis muy conveniente para la idiosincrasia de Torreón, la burguesía y los anales de la patria. Aunque para él queda claro que fue un genocidio por sinofobia.

Herbert, a la manera de historiador, hace un recorrido por los orígenes de la migración de los hijos del imperio celeste a México, de sus asentamientos en el norte del país hasta llegar a los aciagos días del 13 al 15 de mayo, cuando fuerzas maderistas sin miramientos atacaron a los chinos asentados en Torreón, dejando a algunos irreconocibles de tanta tortura, detalles que rescata el autor a través de fotografías.

“Pretender que la matanza de los chinos es completamente ajena al chauvinismo local sería tanto como afirmar que es imposible conseguir papas fritas en un establecimiento donde venden hamburguesas”, escribe con ironía Julián.

Herbert rescata del olvido de la historia a esos 303 chinos masacrados en Torreón en 1911 al más puro estilo de la “historia desde abajo”, permite con su narración que una audiencia más amplia, más allá de la academia, pueda acceder a esta información. Y sin perder oportunidad hace una comparación con lo acontece en la actualidad en México, donde el racismo continúa entre los propios mexicanos y el ejército y policía federal masacra a campesinos. “La persistencia del racismo es una de las señas de la sociedad mexicana”, decía Carlos Monsiváis y Julián Herbert a través de esta historia de larga duración da cuenta de ello.

Mientras los historiadores, repito, siguen discutiendo si la historia debe ser narrativa, escritores talentosos como Herbert están poniendo a la gente a leer historia. La casa del dolor ajeno es un libro tremendo, una investigación rigurosa y escrita de manera tan amable que se le agradece a Herbert no ser historiador profesional, pues de haber sido así, seguramente jamás hubiera terminado de leerlo de tan tedioso que sería.

 

http://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra-231

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