Septiembre es un mes de celebración para Zacatecas. La ciudad conmemora un aniversario más de su fundación, el país vive su tradicional mes patrio y, como cada año, la Feria Nacional de Zacatecas vuelve a ocupar un lugar importante en la vida de los zacatecanos. Pero este año hay una pregunta que resulta inevitable: ¿podemos hablar de una fiesta de esta magnitud sin hablar también de seguridad?
No se trata de sembrar miedo ni de cuestionar la realización de una fiesta que forma parte de la identidad de los zacatecanos. Se trata, simplemente, de reconocer que una Feria también es una economía temporal. Durante varios días circulan importantes cantidades de dinero alrededor del comercio, los alimentos, las bebidas, los espectáculos, los proveedores y una amplia cadena de servicios que hacen posible su funcionamiento. Precisamente por esa dimensión económica, los mecanismos de supervisión y control deben ser particularmente rigurosos. La experiencia nacional ha mostrado que las organizaciones criminales no solamente buscan recursos a través de actividades tradicionalmente asociadas con el delito; también intentan penetrar o controlar actividades económicas legales o de alta circulación de efectivo. Por eso, prevenir significa también cerrar cualquier posibilidad de que esos intereses encuentren espacios dentro de una celebración pública.
Zacatecas, además, tiene un antecedente que no deberíamos olvidar. En la edición de 2024 ocurrió un incidente con un artefacto explosivo que dejó personas lesionadas y que generó una profunda preocupación entre quienes acudían a la Feria. Más allá de las circunstancias y de las investigaciones realizadas en torno a aquel hecho, el episodio dejó una enseñanza que no podemos ignorar: los espacios de concentración masiva también pueden convertirse en escenarios de vulnerabilidad. Hoy, con el contexto de seguridad que vive el estado, la pregunta no debería ser si debemos tener miedo de acudir a la Feria, sino si las autoridades están revisando cada uno de los factores que podrían representar un riesgo antes, durante y después de la celebración.
Pero la seguridad tampoco termina en los accesos de la Feria. También tiene una dimensión social y cultural. En los últimos años hemos visto cómo determinados productos culturales han contribuido a normalizar símbolos, comportamientos y formas de entender el poder vinculadas con la violencia y el crimen. La llamada narcocultura no se limita a una canción o a un artista; se vuelve preocupante cuando determinados imaginarios comienzan a presentarse como aspiraciones legítimas entre jóvenes que todavía están construyendo su identidad y su proyecto de vida. No se trata de censurar expresiones artísticas ni de convertir la Feria en un espacio de prohibiciones. Se trata de preguntarnos qué tipo de cultura queremos promover desde los espacios públicos y qué responsabilidad tienen las instituciones cuando organizan eventos dirigidos, en buena medida, a las nuevas generaciones.
La Feria debe ser una celebración y Zacatecas merece vivirla con tranquilidad. Pero precisamente por eso debemos exigir que la seguridad no sea entendida únicamente como la presencia de policías, patrullas y operativos. También implica saber quiénes participan en la economía de la Feria, bajo qué reglas, con qué controles y con qué responsabilidades. Y esta reflexión no tendría que limitarse a la capital del estado. El mismo principio debería aplicarse, con sus propias dimensiones y circunstancias, a las fiestas patronales, ferias regionales y celebraciones que se realizan a lo largo de los municipios zacatecanos.
La pacificación no puede construirse solamente con policías, patrullas y operativos. También se construye regulando los espacios sociales, económicos y culturales donde la violencia puede encontrar terreno fértil. Porque si no somos capaces de mirar esos espacios, corremos el riesgo de combatir solamente las consecuencias mientras dejamos intactas algunas de las condiciones que permiten que la violencia se reproduzca.
Jaime Enrique Cortés Acuña



