Cada 21 de septiembre, las Naciones Unidas nos invitan a pensar en la paz. La costumbre, casi siempre, es pensarla como una ausencia: que no haya balazos, que no haya guerra, que no haya víctimas en la nota roja. Es una idea comprensible, sobre todo en un país y en un estado que han aprendido a contar la violencia en cifras. Pero es una idea corta.
Hace más de medio siglo, el sociólogo noruego Johan Galtung propuso distinguir entre dos formas de paz. A la primera la llamó paz negativa: la ausencia de violencia directa, de guerra, de agresión física. A la segunda, paz positiva: la presencia de las condiciones que hacen posible una vida digna y una convivencia justa. La primera apaga el incendio. La segunda se ocupa de por qué había tanto material inflamable.
La aportación más incómoda de Galtung fue el concepto de violencia estructural, aquella que no tiene un rostro ni un arma visible, pero mata igual: la pobreza que se hereda, la falta de servicios de salud, la escuela que no llega, el salario que no alcanza, el pueblo que se vacía porque no hay futuro en él. Nadie dispara, y sin embargo hay víctimas. Por eso una sociedad puede tener calles tranquilas y seguir siendo profundamente violenta, y por eso una tregua armada, por necesaria que sea, no es todavía la paz.
Esto importa en Zacatecas. Aquí conocemos bien la paz negativa que se pierde: las familias que buscan a sus desaparecidos, las comunidades que dejaron de salir de noche, los caminos que ya no se recorren sin miedo. Exigir que la violencia directa cese es una demanda legítima y urgente, y ningún concepto teórico debería servir para postergarla. Pero también conocemos la otra cara: los municipios que expulsan a sus jóvenes hacia el norte, el campo que se resiste a morir sin apoyos suficientes, el agua que se vuelve motivo de conflicto, las comunidades que conviven con la actividad extractiva sin que la riqueza se traduzca en bienestar. Son violencias lentas, y por lentas se normalizan.
La paz positiva propone mirar ahí. Organismos internacionales que estudian el tema la asocian con instituciones que funcionan, justicia accesible, distribución equitativa de los recursos, libre circulación de la información, buenas relaciones entre vecinos y respeto a los derechos de los demás. Dicho en cristiano: una paz que se construye con escuelas, clínicas, empleo, justicia que responde y gobiernos que rinden cuentas. No es una utopía; es una lista de tareas.
Y de esa lista no se encarga solo el Estado. La paz positiva también se cultiva en lo pequeño: en la manera en que resolvemos un conflicto vecinal, en cómo tratamos a quien piensa distinto, en si aceptamos o no el desprecio como forma de hacer política, en sí cuidamos o abandonamos a quienes buscan a los suyos. Una comunidad que sabe escucharse y organizarse tiene mejores defensas contra la violencia que cualquier discurso oficial.
Hay que cuidarse, eso sí, de dos trampas. La primera es usar la paz positiva como coartada para no atender la urgencia: no se puede pedir a las víctimas que esperen a que el desarrollo resuelva lo que hoy exige justicia. La segunda es la contraria: creer que la paz llegará únicamente con más patrullas y más operativos, sin tocar las causas de fondo. Sin seguridad no hay paz, pero solo con seguridad tampoco.
Mañana habrá mensajes, actos y fotografías con palomas blancas. Está bien. Pero quizá la mejor manera de honrar la fecha sea hacernos una pregunta más exigente que la de si hoy hubo balaceras: ¿vive todo el mundo aquí con dignidad, con oportunidades y con la certeza de que la justicia existe? Mientras la respuesta sea no, lo que tenemos es una calma frágil, no la paz.
La paz no es el silencio. Es la presencia de todo aquello que hace que nadie tenga que gritar para ser escuchado.
@armandogn_zac



