El río de la conciencia

El río de la conciencia

Me gusta leer a Oliver Sacks como si leyera la mejor selección de textos de un niño inquieto. Uno de esos que entre juegos y juegos se dan la tarea de investigar aquello que más les llama la atención del mundo. De su mundo inmediato. Seguramente imparables. De esos niños que hacen preguntas de todo. Muchos de ellos llegan fastidiar a los pobres padres. Me gusta creer que Oliver Sacks fue un niño así. Es mi historia.

Sobre todo la naturaleza. Un tema que permea buena parte de esta muy buena novedad editorial de Anagrama: en “El río de la conciencia” (Anagrama 2019) son indispensables las lecturas que hace acerca, por ejemplo, de ese otro Charles Darwin que muchos desconocen. De la pasión por las flores que el autor de “El origen de las especies” tiene.

El niño Sacks nos proporciona una bella imagen: Darwin ya ha publicado lo que es su libro más representativo y ahora lo vemos, nos advierte el niño Sacks, “en los veintipico de años que le quedan, entreteniéndose en sus jardines de Down House sin ningún plan ni propósito concreto”. A mí me parece una imagen de esas que te llevas, que de alguna manera consigues extraer del libro y traerla contigo para compartirla cuando sea necesario. Más que imagen una pintura: piensen en algún impresionista: Darwin en medio de sus jardines. Mejor aún: imaginen cómo eran. Cuántos tipos de flores tenían. Oliver nos cuenta que Darwin tenía una consentida: la orquídea.

E inmediatamente, párrafos más adelante, el niño Sacks cita a Darwin en una de esas citas que convendría escribir en un papelito y pegarlo en la puerta del refrigerador. Está bien: no va a servirnos de nada, pero al menos disminuirá nuestra dosis de ego cuando creamos que el mundo gira a nuestro maldito alrededor: “Siempre me ha gustado elevar las plantas a la categoría de seres organizados”, escribió Charles Darwin en su biografía. Una apasionante historia. Nada mal para el niño Sacks. Seres organizados ha escrito Darwin. Aquí mismo ya tenemos el andamiaje para otra historia. Gracias niño Sacks.

Primero unas cuantas notas de su biografía: Oliver Sacks fue un neurólogo. Pero también fue un escritor con una prosa realmente sorprendente, que atrapa, que sabe llevar, bien escrita, mejor respaldada, son textos de una sola pieza los que componen este libro y todos ellos se disfrutan. Autor de varios libros cuya lectura es indispensable para entender más al niño Sacks: Alucinaciones (Anagrama 2013) es uno de sus últimos libros donde nos aclara que “las alucinaciones no pertenecen en su totalidad a la locura. Mucho más comúnmente están vinculadas con la privación sensorial, la intoxicación, la enfermedad o” (vale la pena hacer una pausa aquí para reconocer el trabajo literario de Sacks, quien fue duramente criticado por muchos científicos de esos cuadrados que creen que la ciencia no debe salir de los laboratorios, de los hospitales y de las panzas de las ratas o los conejos), “el prejuicio”, es lo que nos advierte el niño Oliver Sacks.

Y al decir “pero también fue un escritor” no quiero decir que sea el único hombre que se dedica a la ciencia y a la escritura. No se confundan. Sin embargo, si analizamos la prosa con que se desempeña en ocasiones la ciencia o la academia admiraremos los desastres de toda índole que Sacks supo sortear: ellos mismos se tropiezan. Ponen puntos donde no deben ir puntos. Comas donde no deben ir comas. Yo no dudo de su inteligencia, y hasta la creo necesaria e indispensable para beneficio del mundo. Pero si Oliver Sacks destaca en sus primeros pasos es porque no se tropieza; al contrario: corre como un niño por el parque, se sube a los columpios, nos entrega una prosa con muy buena carta de presentación. Por cierto, la curiosidad puede ser una muy buena carta de presentación.

“El Río de la conciencia” es, en una primera instancia, un libro que el niño Oliver estuvo preparando durante varios años y el cual lamentablemente ya no alcanzó a ver publicado; en este libro, en segunda instancia, nos vuelve a hablar de una de sus tantas inquietudes como hombre de ciencia, pero también (insisto en ello) como el niño curioso que era: los efectos de las drogas, por lo que en ‘Movimiento’ nos habla de William James (este autor, junto con Freud, son como dos huesos de la columna vertebral que atraviesa “Río de la conciencia”) y nos advierte lo que dice James respecto a esa ralentización de algunos “viajes”: “las desviaciones más sorprendentes del tiempo ‘normal’ las proporcionaba el efecto de ciertas drogas”.

Es un niño. Así es como nos podemos explicar la curiosidad de Oliver Sacks. Ya sé que a estas alturas están pensando: “se olvida de algo, se olvida de algo”. Está bien. Volvamos a ello aunque a mí ya me parece un cinematográfico lugar común: “Despertares”: 1990. Un tremendo Robert De Niro. Un magistral Robin Williams (la vida de Robin nos da por sí sola para otras tantas cuartillas) que hace el papel del niño Sacks. No tengo que contar la trama. Sé que la mayoría la ha visto. Sólo agregar algunos datos: la película está basada en el libro homónimo de Oliver Sacks: “Awakenings”, publicada en 1973. Por lo que si no la han visto al menos tómense la molestia de investigar antes de que aseguren que la película fue primero o que el libro de Sacks ni siquiera existe.

Otro dato. Como buen niño, Oliver Sacks era muy tímido. En una de las tantas entrevistas que le hacen incluso llega a describir su “timidez” como una enfermedad. A mí esta historia se me hace una historia triste. La parte buena de la infancia: llegan los años universitarios en UCLA y el niño Sacks consuela su timidez recurriendo distintas drogas. Ya señale antes viajes, ¿verdad? “El río de la conciencia” se lee como un gran viaje donde ustedes pueden llegar al destino que se les venga en gana luego de consultar el índice. Los textos funcionan de manera independiente y cada uno es una gran historia de esas que el niño Sacks no se quiso llevar a la tumba. Qué bueno para nosotros. Todavía podemos navegar en el río, Sacks, si estás en el cielo seguro que algo celebras junto con Darwin.

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