Quién es quién en las mentiras

Quién es quién en las mentiras

En el gremio periodístico se dice “perro no come perro” para referir que los medios de comunicación y los periodistas no se critican, atacan ni cuestionan entre sí, mucho menos si laboran para la misma empresa informativa.

La conferencia de prensa matutina del presidente López Obrador ha evolucionado hacia un programa con secciones. El miércoles 30 de junio inició con el segmento “Quién es quién en las mentiras de la semana”, conducido por Ana Elizabeth García Vilchis, periodista y partidaria de Morena.

Esa nueva sección semanal se inauguró no para corregir la información falsa o inexacta que se difunde en los medios y las redes sociales, sino para alimentarse de perro, de una raza muy específica, la que es adversaria de las políticas del gobierno de la Cuarta Transformación.

La verificación de hechos ya es toda una especialidad dentro del periodismo ante la proliferación de noticias falsas que son propagadas para engañar, inducir a error, confundir, tergiversar la información, desprestigiar o enaltecer una institución, empresa o personaje.

Pero el objetivo del segmento en el espacio de la mañanera no es combatir la desinformación, sino institucionalizar el descrédito y descalificación a los medios y periodistas que cuestionan al gobierno en turno, incluso con réplicas y desmentidos tan intencionalmente falsos e inexactos como los originales, pero desde la tribuna del poder presidencial.

El sitio Verificado, que se especializa en el llamado fact checking, encontró que en la segunda emisión del 7 de julio, 35% de las explicaciones de Ana Elizabeth fueron datos inexactos o incorrectos. “Quién es quién en las mentiras brindó en su mayoría información verdadera (11 frases comprobables), las seis restantes se dividieron en cuatro engañosas y dos falsas”.

Una de las teorías de los efectos de los medios de comunicación más aceptada y utilizada es la de agenda setting, de Maxwell McCombs. Este académico resumía su teoría en una frase: “Los medios no pueden decir a la gente qué debe pensar, pero sí sobre qué pensar”. Demostró que las personas piensan sobre lo que se les dice, pero en ningún nivel piensan lo que se les dice.

La conferencia de prensa matutina ha sido una estrategia exitosa y un canal directo de comunicación para imponer la agenda del presidente y su gobierno a los medios, los periodistas y la sociedad. AMLO ha logrado imponer su agenda y sobre qué temas pensar, pero ha fallado en lograr lo que la prensa, los medios, los comunicadores y la gente debe pensar –o él desearía que pensara– sobre sus políticas.

Al Ejecutivo federal le irrita que él diga una cosa y los medios retomen otra, muchas veces en un sentido opuesto: claro, porque AMLO impone sobre qué pensar, no cómo pensar. Por eso “Quién es quién en las mentiras” persigue algo peligroso: que la gente piense lo que el gobierno quiere que piense al enmendar la plana a medios y periodistas que critican a la 4T.

La edición 2021 del Digital News Report del Reuters Institute anota que “México es uno de los pocos países donde la confianza (en los medios y las redes sociales) baja y se sitúa en 37%, quizá por los ataques de Andrés Manuel López Obrador”. María Elena Gutiérrez-Rentería, autora del apartado sobre nuestro país, apunta que “además de todos los problemas que afrontan los medios en México (una sociedad polarizada, la contracción económica, el coronavirus), también reciben frecuentes ataques de un presidente populista que los acusa de ser corruptos y hacer un periodismo injusto”.

A ningún gobierno le corresponde ser censor o verificador de lo que publican o transmiten los medios y los periodistas. El ejercicio de “Quién es quién en las mentiras” debiera ser un trabajo cotidiano de los medios de exhibir y verificar las noticias falsas y quiénes se podrían beneficiar de ellas, pero no es una función de la autoridad política.

También hay que ser críticos de un periodismo refractario de comer perro mediático. A nadie nos gusta que nos corrijan o que nos digan que nos equivocamos al informar, mucho menos que esos deslices, errores o intenciones de desinformar se exhiban en público.

Pero pocos saben y reconocen que el periodismo tiene en común con la ciencia que es verificable y falible, que crea sus propios mecanismos de validación y refutación. Por eso existe el derecho de réplica como parte del derecho a la información, que se ejerce sobre hechos –no opiniones– inexactos o falsos, cuya divulgación cause un agravio político, económico, en el honor, vida privada y/o imagen de una persona o institución.

En su librito La ciencia, su método y su filosofía, Mario Bunge dice del método científico algo que perfectamente se puede amoldar al periodismo y al trabajo informativo: “Es esencialmente falible, susceptible de ser parcial o aun totalmente refutado. La falibilidad (…) no es sino el complemento de aquella verificabilidad”. Porque para encontrar la “verdad” de los hechos todo trabajo informativo es falible, pero perfectible. El periodismo es abierto como profesión porque es falible y capaz de progresar.

Al descalificar a los medios y vilipendiar a los periodistas desde el poder, AMLO ha logrado sembrar la simiente de la desconfianza. La Encuesta Nacional de Confianza y Percepción de los Medios de Comunicación, desarrollada por IPSOS para la UNESCO México, encontró que en 61% los medios de comunicación en México dan preferencia a lo que el gobierno y/o políticos quieren comunicar. El estudio revela que seis de cada 10 encuestados están de acuerdo con que los periodistas dicen la verdad y brindan información imparcial, pero la misma proporción los consideran corruptos. Algo en lo cual ha insistido AMLO cuando dirige sus ataques a los medios.

Los gobernantes tienen derecho a solicitar rectificaciones a los medios de datos o hechos imprecisos o falsos para que la población acceda a información veraz y oportuna, y para ello cuentan con infinidad de recursos institucionales a través de las oficinas de comunicación social; pero abrir tribunas para la descalificación de los comunicadores adversarios, como es el propósito de “Quién es quién en las mentiras”, lo único que provoca es atentar contra la libertad de expresión, el derecho a la información y sembrar la cizaña sobre el valor más importante de un profesional de la información: la confianza. ■

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