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Enzia Verduchi, de versos y penínsulas

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Por: LUCÍA RIVADENEYRA* •

La Gualdra 730 / Libros / Poesía

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Enzia Verduchi (Roma, Italia, 1967) publica su antología personal Tu nombre, arde, en la cual vibra en el papel como un común denominador la palabra padre. Esto hace que se tenga la sensación de leer un libro con una estructura circular. La nota introductoria la escribe la poeta María Rivera; estos poemas son una selección de cuatro libros, a los que agrega en el último apartado cinco inéditos. Este material oscila en una producción de 1992 a 2023. El volumen entero brinda estampas en donde, de una o de otra manera, nos encontramos todos. 

El padre es un tema universal en la literatura, incontables autores han hecho obras memorables; a vuelapluma se puede recordar a Franz Kafka y su Carta al padre; Patrimonio: una historia verdadera, de Philip Roth; o a William Shakespeare con Hamlet, entre muchos más; en la narrativa mexicana, Beber un cáliz de Ricardo Garibay o Los años falsos de Josefina Vicens o, por supuesto, Pedro Páramo de Juan Rulfo; en la poesía, Retorno de Electra de Enriqueta Ochoa y Algo sobre la muerte del mayor Sabines de Jaime Sabines.

Ahora, la poeta “italocampechana” inicia su antología con un poema en cuyo primer verso se menciona la palabra padre. Y cierra con uno memorable que lleva por título “No quiero llegar a la edad de mi padre”. Hacía mucho tiempo que un poemario no me tocaba la médula del hueso. La autora va y viene por el mundo, por la familia, por el deseo; vive entre pasaportes y personajes mágicos como Nanof

En Cartas de usurpación (1992) aprehende vivencias de mujer, habla del viaje, de la muerte… temas eternos envueltos en la cotidianidad, en la vida que avanza aunque uno no quiera. Enzia escribe: “La mujer dobla las apariencias como se doblan las sábanas…” o “Es inevitable que la noche surja poblada de preguntas”. Y el lector entiende y siente, siente y entiende. 

En El bosque de la hormiga (2002), nuevamente el viaje, la migración, el tiempo, la pareja, los silencios y lo irrealizable. En el bosque del día a día nos reproducimos en los versos de la poeta. Ella hace recordar lo que creemos saber: que “La familia sólo coincide en bodas o entierros” o que “Nos hemos convertido en una tribu aburrida / que se escandaliza cuando alguno / decide ser alpinista o bailarina de cabaret”. Aquí hasta el lexotán tiene cabida y, a pesar de todo, la poeta nos convence de que es posible bailar la alegría de un pasodoble o, como el abuelo, partir “plaza dando palos de ciego”. 

Al llegar a Groenlandia (2018), es decir a la tercera parte de este volumen, uno se acerca al hielo del deseo, el que a veces es tan frío que quema. Una serie de poemas de erotismo sutil y ni tan sutil. Si hay una “palmera escarchada”, hay una campechana en Groenlandia. Poemas y versos de contrastes: “Muero en el ardor de tu abrazo, en el deseo helado de tu caricia. / Muero de ti / sin ti”.

Y después, Nanof (2019). Aquí, la escritora levanta imágenes a partir de una serie de vivencias de un interno en el manicomio, las cuales él deja plasmadas con graffitis sobre un muro; son historias químicas, astronómicas y geográficas. Se refieren a lo que se considera Art brut o arte marginal. Entonces, Enzia ofrece palabras hechas versos entre pabellones y voces de auxilio: “Tu nombre es una fisura en la garganta” o “No soy el vidente, pero vislumbro mi caída”. Nanof es acrónimo de Oreste Fernando Nannetti.

En la parte final del libro, “Nuevos cantares de Dzitbalché”, la poeta brinda poemas inéditos que estremecen: Nuevamente, la escritora aprehende sus raíces que vuelan entre Chicago y Nueva York o que van entre trenes, niños Dios y la Biblia. Y cierra con el poema mencionado líneas arriba: “No quiero llegar a la edad de mi padre”; en el cual se mezcla el olvido y la confusión que, a veces, se dan en la vejez; asimismo, habla de particularidades y diferencias según la ancianidad de cada persona. Este es un poema desolador, hecho con versos que golpean y duelen y otros que, por doler, reconfortan. Cómo no pensar en quien amamos o quizá en nosotros mismos cuando leemos: “Subir cada peldaño de la escalera / con el esfuerzo de quien sube una montaña”. 

Tu nombre, arde es un poemario imprescindible que puede traspasar a todas y a todos porque sus palabras en algunos o en muchos de sus versos son ecos de nosotros mismos. Además, vislumbramos en él vivencias de familia, de viajes, de intensidades. Y cómo no, si quien los escribe es una mujer de penínsulas, de la itálica por nacimiento y de la yucateca por vivencia desde muy temprana edad. Repito, una poeta de penínsulas, es decir, para mí su lectoraaunque ella vuele, nade o arda está atada a la tierra. Enzia Verduchi tiene los cuatro elementos a su favor. Y yo le agradezco que los haya aprehendido y los brinde de muy diversas maneras en esta antología. 

 

*

Verduchi, Enzia. Tu nombre, arde. (2026). UNAM México. 112 pp. 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_730

 

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