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Repensar la praxis docente: Elogio de la educación, de Ezequiel Carlos Campos

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Por: La Gualdra •

La Gualdra 730 / Libros / Educación

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Por Alondra R. Gómez

Desconozco cómo es en otras profesiones, pero se piensa y se reflexiona mucho alrededor de la docencia. Se me ocurre que es porque en el fondo los docentes sabemos que contribuimos en gran medida al mejoramiento o empeoramiento de la vida de alguien más y porque sabemos que lo que hacemos en las aulas de educación básica y media superior enseña mucho más que los conocimientos que ofrecemos. Elogio de la educación (Taberna Libraria, 2026), de Ezequiel Carlos Campos (Fresnillo, 1994), es eso, una forma de repensar la praxis docente enfocada a la enseñanza de lengua y literatura. 

Una de las preguntas que arrojó la lectura de esta colección de apuntes fue ¿qué tanto de nuestras vidas se ve absorbido por ser docente? La respuesta es mucho, si no es que todo. La lógica de la relación docente-alumno va trasminándose en los resquicios de las demás, el cambio de nombre nos vuelve eso, maestros con todos y para todo recurrimos a la praxis docente; el cambio de nombre nos cambia la forma de vivir. Las relaciones interpersonales se van haciendo secundarias, ya no vemos a la familia ni a los amigos si tenemos que irnos a otra ciudad o a otro municipio porque nos mandaron a dar clases para allá y resulta llamativo cómo, a cambio de ejercer la docencia, somos capaces de renunciar a todo, ¿a cambio de qué? Como docentes debemos ser conscientes de que no vamos a cambiar el mundo, ¿o sí? Apunta Carlos Campos: “Yo era una planta deforme, cabizbaja, sin color, sin forma. Mi cultivo fue la educación”.

Antes de ser maestros, fuimos alumnos y nos vimos transformados por la educación, pero la realidad es que nunca dejamos de aprender ni de aprehender el mundo, y en este sentido es muy similar enseñar a leer. Se genera una relación igual de íntima con un texto que con un estudiante, que nos devuelve las preguntas, nos confronta y nos permite habitar el mundo desde una óptica única, ahora vivimos, leemos nuevas experiencias personalmente y vamos cambiando junto con ambos, libros y estudiantes, al ser docentes y lectores.

Cambian nuestras rutinas y nuestros afectos; el tiempo que destinábamos a leer por placer ahora lo destinamos para ver qué textos le podemos presentar a nuestros alumnos. Dejamos de escribir y lo intercambiamos por planear clases, revisar tareas, crear instrumentos de evaluación. Como docente que acaba de empezar su carrera magisterial, comparto muchas de las inquietudes que se ven esbozadas en este libro, como el apunte 39: “Queremos ser docentes distintos, actuales, tecnológicos. Pero, ¿cuánto dura ese anhelo por el cambio?”, nos aterra quedarnos obsoletos, que nuestro interés pase de largo y nos deje atrás, porque seguramente todo docente se sintió como el apunte 9: “mi alumnado no quiere aprender por desinterés hacia el mundo. ¿Qué es el mundo en la actualidad?”.

De manera somera puedo responder esa pregunta: hoy todo es fugaz pues vivimos en la aceleración: los videos en redes sociales son cada vez más cortos, perdemos capacidad de atención, nos ahogamos en el mar de datos que cada vez es más difícil de clasificar en información verdadera o falsa, no parecemos tener escapatoria del sistema de consumo y productividad en el que estamos inmersos pues la culpabilidad de detenernos un momento a respirar es inmensa. Los algoritmos cerrados no nos permiten ver qué hay afuera de nosotros mismos, el uso desmedido de la inteligencia artificial y la necesidad patológica de estímulos nos han llevado a ser consumistas irreflexivos y en el ruido ensordecedor de la corriente que nos arrastra, es necesario el silencio. 

Silencio que es posible propiciar en el aula, por eso me parece importante la actividad que el autor comparte en el apunte 78: “Todos los lunes, al principio de clase, leemos poesía, […] Es importante la poesía en el aula, sí. Su poder radica en el extrañamiento del mundo. La poesía es un lunes cuando nadie tiene ánimos de escuchar un texto, pero al final ponen atención. La poesía es el esfuerzo de los docentes por enseñar a comprender el mundo a través de la literatura. La poesía es un buen amigo para quien enseña lengua y literatura” y concuerdo, porque, como dice el apunte 7, se espera del docente de literatura que guíe a los estudiantes hacia entender lo que dice un texto, pero la poesía se escapa de esa lógica, se requiere sensibilidad y valentía para admitir que quizá no haya nada detrás del poema más que los segundos de silencio que nos permiten sopesar las palabras e integrarlas para seguir adelante.

La docencia es buena amiga para quien todavía cree en la lengua y en la literatura como agentes de cambio, pues el ejercicio docente se parece más a una amistad íntima que a una relación profesional con los estudiantes. Una doctora, aunque tenga pacientes recurrentes, los ve cada cierto tiempo, lo mismo con el prestador de un servicio y sus clientes. La diferencia radica en la cercanía; el maestro ve a sus alumnos todos los días y el vínculo que se crea es íntimo y movido por el amor, así como la lectura y escritura se ven movidas por el goce de hacerlo. Amor por la materia que se enseña, por las formas en que se enseña, por la persona que enseña y por quien aprende, pero mientras más aprendo a enseñar, más consciente soy de que la docencia, además de ser un acto de amor, es un acto de profunda esperanza. 

Esperanza por ver un mundo más amable, más empático, menos hostil, menos violento, esperanza porque la lengua y la literatura nos acerquen más los unos a los otros. Tal vez nunca dejemos de reflexionar sobre la práctica docente porque la esperanza nos moverá a seguir actualizándonos y aprendiendo porque, como dice el autor, “sólo una cosa importa: aprender a ser mejores docentes”.

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_730



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