Despertar vudú. Zombi Child, de Bertrand Bonello

Despertar vudú. Zombi Child, de Bertrand Bonello
Fotograma de la película Zombi Child ■ FOTO: CORTESÍA DEL FESTIVAL DE CANNES

■ La cinta fue presentada en el marco de la Quinzaine des réalisateurs

 

En Zombi Child, la última película de Bertrand Bonello, presentada en el marco de la Quinzaine des réalisateurs, el director francés elabora una barroca -por la profusión y la complejidad de distintas capas que se entrelazan- aproximación a la noción de libertad y de emancipación. Espacios, tiempos, personajes y géneros se van cruzando hasta acabar estallando en una última y frenética secuencia.

1962. Haití. Con un montaje de cirujano, la película se abre con una elíptica descripción de la transformación en zombi de Clairvius Narcisse, un joven padre de familia haitiano. Una ceremonia vudú, un hombre que se desmorona embrujado, el rito funerario y la exhumación del cadáver, devuelto a la vida. Hasta aquí, Bonello cumple con el imaginario al que remite el título de su película, volviendo a los orígenes del muerto viviente haitiano, reminiscencia de I walked with a zombie de Jacques Tourneur. Luego, imágenes de los zombis deambulando por una plantación de caña de azúcar, o, mejor dicho, cortando la caña. El zombi, figura de alto contenido político en la historia del cine, como última encarnación de la mano de obra barata, remedo del esclavo. Se abre otra lectura.

Hoy. Francia. En una escuela para señoritas, unas jóvenes asisten a una clase de historia sobre la revolución francesa y su legado. Para el profesor, interpretado por el historiador francés Patrick Boucheron, la historia no supone una continuidad del progreso ni de la libertad. Esta emerge y se manifiesta, en momentos muy concretos de la historia, y luego desaparece. Dos de las chicas empiezan a trabar amistad, a pesar de ser muy distintas. Fanny es francesa, de buena familia, como casi todas las chicas de este instituto, fundado por Napoleón en 1804 para recibir a las descendientes de ciudadanos decorados con la Legión de honor, y está viviendo su primera historia de amor. Melissa es haitiana, huérfana, superviviente del seísmo de 2010, su identidad vacila entre la cultura adolescente francesa que la rodea y sus raíces caribeñas.

1962. Haití. Clairvius Narcisse despierta de su muerte en vida y consigue escapar, recobrando su libertad y su conciencia, y se refugia en la selva, al margen de los humanos. Hoy. Francia. Las chicas se enfrentarán a las profundas dificultades adolescentes que las embargan. El vudú, “energía positiva que reúne la vida y la muerte”, pero que entraña una amenaza latente, será la fuerza que las ayude a enfrentarse a las dolorosas iniciaciones juveniles y afrontar su emancipación.

Bonello describe con gracia y delicadeza la complejidad de la adolescencia, la fragilidad de las emociones y de las relaciones, a través de una puesta en escena que inicia con la sobriedad estilística de su anterior película, Nocturama, pero que se va volviendo más compleja, con los saltos entre espacios, tiempos y personajes, oscilando entre el realismo y el onirismo, hasta dar un giro final hacia lo fantástico en una vorágine que figura la intensidad del florecer adolescente. Difuminado tras este retrato intimista, surge también una interrogación política sobre la relación entre dos mundos, el de la antigua metrópoli y el de la colonia, y sobre el estado crítico actual sus relaciones, todavía marcada por los estigmas del pasado.

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