La Gualdra 687 / Libros
Por Gustavo Vázquez Lozano
I.
Desde niño, me han gustado particularmente los veranos, sobre las demás estaciones hermanas del año. Fue en noches lluviosas que leí Las aventuras de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe, y su grandiosa secuela La esfinge de los hielos, escrita por Julio Verne. Recuerdo especialmente Grandes Esperanzas, de Dickens.
También Vals para lobos y pastor llegó a mis manos a la mitad del verano. Vals es ficción literaria y novela histórica, novela de aventuras y hasta un poco western, y al igual que aquellas grandes obras me hizo viajar por mar, por las montañas de California en busca de oro, y finalmente por las calurosas sierras del occidente de México.
II.
Se trata de la historia de John Stephens, un niño de Gales del siglo XIX cuyo padre, marino, muere en una tormenta. La primera frase por sí sola es micro-ficción de calidad, una virtud rara en las novelas: “Derrotado en el Atlántico por una tormenta filibustera, mi padre desapareció de nuestras vidas, huelga decir con humor de velorio, intempestivamente”.
Su madre, de apenas 21 años, cede sus encantos a uno de esos “vejetes barrigones de nariz colorada y verrugosa” que ansiaban comérsela, y consigue dos pasajes a Nueva Orleans en un barco de esclavos, uno para ella y otro para su hijo.
Al quinto día de navegación “conocí el terror en el mar, el cementerio de mi padre”. Pero no es esta tormenta el primer gran momento de transformación, sino el encuentro con un esclavo que lo salva de morir, y el inicio de su relación con un viejo crucifijo, un Cristo de marfil que, de diferentes formas, lo acompañará hasta la última página del libro.
En Nueva Orleans, Fiona trabaja como recamarera y se casa con un buen hombre, el señor Lipton, que es titiritero y enseña a Jack el arte de manejar las poleas y los hilos. En Nueva Orleans nuestro héroe conoce a los mexicanos, esos hombres raros, bravucones y sentimentales que comen chile, que para todo sacan a la dadora de vida, sobre todo cuando quieren ofender a alguien, y que tendrán un papel importantísimo en la historia.
III.
En el segundo cuarto de la novela comienza la fiebre del oro en California. El joven, ahora ya largo y estirado, ha pasado de ser un niño sensible y bueno, a “un muchacho cada vez más solitario, inquisidor y lunático”. A los 14 años se marcha a San Luis Misuri y comienza dos nuevos viajes: el geográfico y la adolescencia, de la que Lumbreras nos ofrece una sorprendente descripción:
“Estaba en las aguas turbulentas y en los espejos rotos. Para dar conmigo, lo intuía de cierta forma, primero tenía que aniquilarme. Sacar de mi espíritu la impostura y el amor propio. Domesticar la tristeza de los pantanos que me habitaban y la alegría del que corre por un campo de lavanda”.
IV.
A la mitad del libro llega la gran caída. Nuestro personaje plácido, amable y romántico, desciende a un abismo y se transforma en un monstruo, un hombre que entra “en un país de nieblas y de tolvaneras recurrentes”.
A partir de este momento nada falta —ni sufrimiento y codicia, ni epifanías, ni sexo ilícito, ni pasiones elevadas y oscuras, valentía, riñas, callejones, es decir, lo más profundo del pecado y lo más elevado de la gracia. John se gradúa, él mismo lo dice, “con honores en la escuela del terror”.
Su camino a Damasco en reversa comienza cuando conoce a un tal Ted Pickering, un buscador de oro, con quien emprende el largo viaje hasta California. Aquí no sólo se amplían los horizontes de la novela, sino el casting de personajes, para incluir bandidos, buscadores de oro, mexicanos, pordioseros, músicos, indios nativos americanos, entre ellos la portentosa figura de Wakendi, una muchacha cheyenne, que es, no cabe duda, el mejor personaje secundario de la obra.
En una de mis escenas favoritas, un John ya adulto, desanimado y corrompido, se encuentra de frente con la música, que ese tiempo, si no era dentro de la Iglesia, se trataba de un bien escaso.
Lumbreras no nos dice de qué música se trata, pero el músico de «cabellera negra de patillas entrecanas» lleva la vestimenta formal de maestro de capilla (traje negro, corbatín blanco), descripción que encaja perfectamente con el organista eclesiástico de la época. Su función era acompañar a la congregación y elevar el espíritu de los fieles. ¿Estaría tocando Amazing Grace? ¿Estaría tocando un arreglo popular, ya sonando a gospel, de una melodía de Bach o Mendelssohn? La descripción que Lumbreras hace de este encuentro es, también, un poema en sí mismo.
V.
La contraportada del libro anuncia que se trata de una historia de persecución religiosa en el México del presidente Lerdo de Tejada. Pero este episodio, la etapa misionera de John Stephens en México, es casi un epílogo. No es un spoiler revelar que John morirá en nuestro país como víctima de una turba furiosa de fanáticos católicos, un hecho histórico.
El rescate histórico de este vergonzoso linchamiento por la intolerancia de la época es otra de las contribuciones que hace esta novela y debería alertarnos sobre las nuevas ortodoxias y puritanismos de nuestros días.
VI.
John Stepehens recuerda mucho a Pip, el personaje de Grandes Esperanzas, con su viaje de vida en forma de “U”, de la tierna infancia a la corrupción y el caos, y finalmente a la redención y el luminoso y bien logrado final. John Stepehens representa, como Pip, la obsesión, el deseo, la ambición de riquezas, la culpa, la codicia, el mal y el bien.
Al final de Grandes Esperanzas vemos a Pip, ya en su madurez, mirando la puesta del sol sobre las ruinas de su casa, una imagen tan bella como triste. En la conclusión de esta historia también hay luz. El final de Vals para lobos y pastor es igual de grandioso y transformador.
https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_687



