Desde su nacimiento, Morena ha sido un movimiento de convergencia. En sus filas conviven dirigentes provenientes de la izquierda socialista, exmilitantes del nacionalismo revolucionario, antiguos priistas, panistas desencantados, académicos, activistas sociales, empresarios y ciudadanos sin militancia previa. Esa amplitud permitió construir una mayoría política capaz de desplazar al viejo régimen.
Pero esa misma diversidad hoy plantea un desafío más complejo: ¿quién conducirá la transformación en Zacatecas y desde qué visión política?
La discusión cobra especial relevancia en Zacatecas, donde la eventual candidatura de Ulises Mejía Haro ha abierto un debate que trasciende los nombres y obliga a revisar el contenido ideológico del proyecto que Morena pretende ofrecer a la ciudadanía.
Durante décadas, la izquierda mexicana construyó una crítica al modelo neoliberal precisamente porque colocó al mercado por encima del Estado y convirtió el éxito empresarial en la principal medida del desarrollo. La Cuarta Transformación intentó modificar esa lógica al recuperar la rectoría estatal, fortalecer los programas sociales, elevar el salario mínimo, impulsar la soberanía energética y reivindicar la idea de que primero están los pobres.
No basta, por tanto, con administrar eficientemente un gobierno. Gobernar desde la izquierda implica asumir una concepción distinta del desarrollo, del poder y de la economía. Ahí es donde aparecen las dudas respecto a Ulises Mejía Haro.
Su trayectoria académica está claramente orientada hacia la administración de empresas, los negocios, la gestión y una visión claramente neoliberal. Su experiencia profesional también se desarrolla en el ámbito empresarial. Nada de ello constituye una falta. Sin embargo, tampoco existe una obra política, una producción intelectual o una práctica pública que permita identificar con claridad una construcción ideológica propia vinculada a la izquierda mexicana o latinoamericana.
Las dudas tampoco desaparecen cuando se revisa su paso por la presidencia municipal de Zacatecas. Sería mezquino negar que fue un alcalde cercano a la ciudadanía. Gobernó en medio de la pandemia, recorrió colonias, supervisó personalmente los servicios públicos, atendió las demandas vecinales y construyó una imagen de funcionario accesible. Buena parte de su capital político proviene justamente de esa forma de gobernar.
Pero una administración eficiente no necesariamente es una administración transformadora. Cuando se revisan las políticas públicas que marcaron su gobierno, resulta difícil encontrar decisiones que modificaran las condiciones estructurales de desigualdad en la capital. No hubo una agenda redistributiva particularmente ambiciosa; tampoco una política de fortalecimiento de la economía popular o una estrategia que redefiniera la relación entre el municipio y los grupos económicos locales.
Quizá el ejemplo más visible de su perfil progresista fue la creación de la Secretaría de la Inclusión y el acompañamiento institucional a las causas de la diversidad sexual. Son acciones importantes y necesarias, pero precisamente aquí aparece una reflexión que Andrés Manuel López Obrador planteó en numerosas ocasiones. El entonces presidente advertía sobre la existencia de los “progre buena ondita”: gobiernos que asumían con facilidad las agendas culturales o identitarias, pero evitaban tocar los intereses económicos que generan desigualdad.
El problema nunca fue pintar un paso peatonal con los colores del arcoíris. El problema era creer que con ello bastaba para transformar una sociedad profundamente desigual. Ese es el debate de fondo que hoy atraviesan las aspiraciones de Ulises.
Quienes nos asumimos como de izquierda no preguntamos si Ulises Mejía es una buena persona ni si sabe gobernar. Lo que pregunta es algo mucho más profundo: ¿qué tipo de gobierno construiría cuando tenga que decidir entre los intereses del empresariado y los de los trabajadores? ¿Qué ocurrirá cuando las presiones económicas choquen con las demandas de justicia social? ¿Desde qué visión resolverá esos conflictos?
Las respuestas aún no aparecen y a ello se suma otro elemento que genera preocupación: los grupos políticos que lo acompañan. En su entorno inmediato abundan personajes vinculados al antiguo amalismo y a una forma de hacer política que muchos militantes de Morena consideran precisamente aquello que la Cuarta Transformación prometió superar. No se trata únicamente de trayectorias personales, sino de una cultura política basada en las cuotas, los grupos, las relaciones de poder y la administración patrimonial de los espacios públicos.
Los equipos también gobiernan y, cuando un aspirante se rodea de figuras cuya principal carta de presentación es haber sobrevivido a distintos gobiernos sin importar el proyecto político, resulta inevitable preguntarse si el cambio será realmente de fondo o simplemente de administradores.
Existe además un asunto que ninguna fuerza política puede minimizar: el poder familiar. La incorporación de su padre, Antonio Mejía Haro, como suplente en la fórmula para llegar a la Cámara de Diputados fue jurídicamente impecable, pero políticamente y moralmente discutible. Más aún cuando la familia ya había ocupado posiciones de representación proporcional mediante el fallido PES en el pasado.
La Cuarta Transformación ha construido buena parte de su legitimidad combatiendo el nepotismo, el influyentismo y las redes familiares de poder. Por ello, cualquier decisión que parezca caminar en sentido contrario inevitablemente provoca cuestionamientos éticos.
La gran paradoja es que, pese a todas estas dudas, numerosos sectores de izquierda reconocen que Ulises Mejía continúa siendo uno de los perfiles más competitivos dentro del morenismo zacatecano. No porque represente con claridad el pensamiento de la izquierda, sino porque, frente a otros aspirantes, aparece como una opción con mayor capacidad administrativa, menor desgaste político y mejores condiciones para sumar a otros sectores.
Pero esa conclusión está lejos de resolver el debate principal; Morena tendrá que decidir si en Zacatecas basta con postular a un administrador eficiente o si la siguiente etapa de la transformación exige un liderazgo capaz de expresar con mayor nitidez el proyecto político que dio origen al movimiento.
Ulises Mejía aún está a tiempo de despejar esas dudas y conseguirá mediante sus discursos, definiendo con claridad de qué lado se colocará cuando los intereses económicos entren en tensión con las demandas de justicia social; integrando un equipo que represente una auténtica renovación política y demostrando, con hechos, que la transformación no será únicamente un lema de campaña.
Mientras eso ocurre, un sector de la izquierda seguirá observando con cautela porque entiende que administrar bien puede ganar elecciones, pero sólo una convicción política sólida puede sostener un proyecto de transformación que realmente trastoque para bien las condiciones materiales de las y los zacatecanos.



