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Huerto de ceniza

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Por: La Gualdra •

La Gualdra 731 / Río de palabras

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Por Daniel García Adame

 

Para ojos azules.

No te atreves a pestañear, temes perder algún rasgo de su rostro. Te empeñas en emular una cámara de video y recordarla. Su cabeza yace ladeada sobre la almohada marrón desteñida, donde tantos años han dormido juntos y ahora cada estertor llena la habitación de realidad, con una brisa que roza tu piel y te susurra al oído: “Morirá”.

 Ella, la única compañera que se quedó durante tus noches en vela, cuando tenías que memorizar doscientos seis huesos e infinidad de venas humanas. Acariciando tu mano y diciéndote con esos ojos azules “No te preocupes, lo lograrás”, mientras te caías de sueño.

Ésa, a la que no le importaba que tartamudearas o no supieras siquiera las tablas de multiplicar. “Así, tarado, me gustas”, creías oír al volver a casa después de un mal día. Pero siempre ahí, esperándote, sentada en la sala, con garbo, vestida de rosa y blanco.

El aire de la habitación está estancado de olor a muerte. Abres de par en par las ventanas, crees que así desaparecerá. Te tumbas sobre la cama, apoyas la cara en su pecho y le murmuras a modo de caricia:

—No te vayas, Lili.

Pero ella no escucha. La mirada se le vuela lejos, donde no puedes atraparla, por más que lo intentas. Sus dedos se crispan en un espasmo y un hilo de gemido sale por su boca.

Tus lágrimas riegan su pelo cenizo. Un huerto sin fruto, salvo la muerte. No hay ambulancias, ni parientes lejanos que finjan llorar. Sólo tú, que sientes cómo el corazón cae por tu estómago.

Lili, la que no entendía la vida, la enfermedad o lo que aquel señor de lentes les dijo cuando mencionó que le quedaban un par de días. Nunca comprendió qué era vivir, pero lo hizo por ti.

La garganta te arde por tanto gritar y maldecir ahogado contra su pecho. Te quedas parado, sin saber qué hacer, como cuando muere un amigo. Pasas con ternura tus manos y la levantas del lecho, pensando que es un ángel, un ángel terrenal. La colocas sobre el cajón de roble, pequeño, hecho a la medida y acercas tu cara. Sientes la suavidad de sus vellos nevados y con un beso, terminas por cerrar el firmamento azul de sus ojos.

Caminas con el cajón en tus brazos. Aunque es madera pulida, en tus dedos sientes la rugosidad que te astilla a cada segundo. Sales al patio y parece que algunos se han enterado de la noticia. Cuatro invitados están esperando el velorio. No saludas. Tomas una pala y comienzas a cavar. Agradeces los nubarrones que empiezan a inundarse y te protegen del sol mientras sigues escarbando entre llanto y sudor.

Arrojas la pala contra la pared y te arrodillas por última vez frente a Lili. Quieres despedirte, pero las palabras se estancan en tu laringe. Colocas su cuerpo con delicadeza, pasas la mano por sus orejas, alisas su pelo blanco, acomodas sus patas rosadas de forma que no toquen los bordes y pones su cola sobre su pecho. Cierras la caja. La depositas en el fondo y la cubres con el rostro humedecido.

Por fin ha terminado. Te diriges al interior de la casa. Antes de entrar volteas hacia la sepultura y contemplas a los invitados. Están acostados alrededor de la tumba recién cubierta de tierra, despidiéndose a su manera de Lili.

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_731



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