Director general de la Asociación Nacional de Procuradoras, Procuradores, ex Procuradoras y ex Procuradores de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes
Decía mi abuela que uno sabe dónde nace, pero nunca dónde muere y, en la travesía de mi vida, tuve la fortuna de vivir algunos años de mi infancia en Valle de Santiago, Gto. Allí cursé los primeros años de mi educación primaria en la famosa escuela Club de Leones en la Colonia Miravalle; todo transcurrió normalmente y llegué a vivir en frente de mi querida escuela.
Por las tardes, el futbol era mi pasión y las calles de tierra eran una gran cancha en la que toda la palomilla disfrutaba bajo los intensos rayos del sol, mientras que las consolas musicales eran mostradas con orgullo por las amas de casa que abrían las puertas de sus hogares de par en par; en ese tiempo, las composiciones de Rigo Tovar amenizaban nuestras andanzas infantiles.
Así, los goles y las patadas hacían mancuerna entre los acordes de dos tardes de mi vida, no que no, y mi Matamoros querido. Al poco tiempo, supe que vivíamos a las faldas de La Alberca, un volcán apagado al que me hice fiel visitante por las tardes; siempre me acompañaba mi fiel piñón, un perro que había hurtado siendo cachorro de un establo donde lo criaba su madre junto con más integrantes de su familia perruna y con el que tuve muchas aventuras que hasta hoy recuerdo con mucho cariño.
El agua de La Alberca era verde turquesa y, a la vez que me impresionaba, me generaba temor, ya que a mis escasos 8 años, el escenario no me era del todo común. Allá por 1977, en cada celebración del día de La Alberca, se hacían competencias para cruzarla nadando, lo cual era una proeza, pues decían que los que llegaban a ahogarse nunca salían a la superficie, por lo que se creía que el citado volcán no tenía fondo.
Había en ese entonces paseos en lancha y, desde arriba del cerro, existía una especie de riel por donde las familias de dinero bajaban sus lanchas de motor para darle la vuelta a una de las siete luminarias de Valle. También recuerdo los días de campo cuando mi padre nos llevaba a la Hoya Blanca, otro volcán inactivo en donde predominaba la vegetación y una paz enorme que hacía que los frijoles y las tortillas calientes supieran a gloria.
Todo esto hizo que amara a la naturaleza y supiera apreciar toda la belleza que construye el Gran Arquitecto del Universo; los volcanes hicieron que me sintiera tan pequeño en esa inmensidad de agua y de vegetación; recuerdo con mucho aprecio la gran alfombra verde de aquella región donde todavía se siembra maíz, sorgo, trigo, cebada y otros granos.
Todo eso me llenó de vida y me dio muchas satisfacciones personales pese a lo precario de la situación económica familiar, lo cual no me privó de disfrutar la vida a mi modo, trepado en aquella bicicleta Vagabundo color verde a la cual amarraba un radio de pilas con un mecate para disfrutar la música de los Bee Gees mientras realizaba mis recorridos por calles y cerros.
Valle de Santiago, Gto., está compuesto por 7 volcanes alineados en forma similar a la Osa Mayor y coinciden en ubicación cada año por los días 10 al 15 de mayo, según lo descubrió una investigadora de la UNAM y mi amigo Óscar Arredondo, cronista del lugar, y que ahora forman parte de un área natural protegida que he querido compartir con mis alumnos de la Licenciatura en Derecho de la UAZ; así lo hemos hecho con viajes de prácticas en los que hemos acampado en el interior del volcán Rincón de Parangueo y, conjuntamente con las autoridades municipales, visitamos otros cráteres como la Hoya de Álvarez y, finalmente, terminamos el recorrido en la Laguna de Yuríria.
Estoy convencido de que muchos de mis alumnos y alumnas, después de nuestros viajes, apreciaron mejor lo magnífico que es nuestra riqueza natural y, a sabiendas de que formamos en las aulas a las futuras generaciones de profesionistas, dentro de los cuales se encontrarán los próximos tomadores de decisiones, es impostergable impregnar en ellos la sensibilidad por proteger la naturaleza, la necesidad de sentirse parte de este universo, la urgencia de volver a saberse humanos, lejos de tablets, celulares, campañas políticas y demás distractores. Sin duda, cumplimos nuestro cometido y, por un par de días, todos fuimos parte de la nave Tierra, tocamos la vegetación y levantaremos la mirada hacia el cielo en busca de una estrella fugaz para pedir un deseo.



