La Gualdra 736 / Poesía
Por Mauricio Carrera
La revolución no se hace con rosas, tampoco la poesía. Estamos acostumbrados —es otra forma de ser manipulados por el gran capital, por los ordenamientos del mercado financiero y editorial— a los poemas edulcorados, a los poemas cursis, a los poemas donde la luna se come a cucharadas. Se nos ha hecho un gusto a la medida del antojo de lo inmediato maquillado, de una realidad que por difícil y complicada mejor diluirla en versos optimistas, en variantes de la autoayuda hecha versos cuestionables en su literatura. ¡Tantos ejemplos que podrían darse y que ahora abundan sin descaro en las redes sociales, tan faltos de verdadera poesía, de calidad! No es el caso de Geovani de la Rosa Peña. A él no le interesa la poesía como adorno. No es de los que los lectores del pueblo dizque culto leen por encontrarlo sencillo, a modo, recomendable, cómodo. Sus palabras no están hechas para agradar, para ser leídas en los festivales del día de las madres, de encomio hacia la eterna patria, de regalo para los enamorados o en las fiestas cívicas de los pueblos. Aun así, su poesía es real, verdadera. No está hecha de estrellas inalcanzables o de alabanzas porque la vida es bella, sino que su poesía adquiere la forma de lágrimas de negro, de currículums en el inodoro, de bofetadas con la mano del éxito, de utopías envenenadas, de los diputados costeros que prohíben el encabalgamiento en la poesía, del desuello que sufrimos por la bestia cosmocapitalista, del morirnos y no dolerle a nadie, del estar tullidos de la imaginación y del falo, y de la justicia como una cantaleta burguesa.
Eso y más es Trópico. Un libro donde hay belleza, mucha belleza, no la belleza facilona o a modo para ser bonita, sino la belleza de una poesía con ritmo, con metáforas distintas y contundentes, alejadas del lugar común, y con la sinceridad del que sufre porque sabe la realidad de las cosas. Es la complejidad de la vida hecha poesía desde la óptica de quien sufre el racismo, la marginación, la desilusión personal por un mundo de privilegios sólo para unos cuantos.
En uno de sus poemas se lee: “Soy al que miran diferente, al que le incriminan su falta de ciudad, su falta de empleo asalariado. Soy el que duerme bajo la parota al arrullo de los chivos y los alacranes. Soy el feo de pies descalzos, al que le pudrieron su manantial de agua”.
Hay una queja aquí, un lamento colectivo y añejo. Geovani de la Rosa lo recoge como el poeta que es, con lo descarnado, lo sombrío, lo terrible de la condición humana cuando se es desposeído, descastado, castrado, violado, marginado, mudo, olvidado, pero con la lucidez del sabio, el llanto de quien sufre, la verdad dicha cual es, la desilusión de las utopías, y con la indiscutible alegría de quien se solaza en el erotismo, las bondades y el baile. Es una poesía convulsiva, hecha de horribles verdades y de la belleza que da la palabra justa, bien dicha, bien acomodada en versos siempre llenos de asombro por su capacidad metafórica y sabia. No hay rosas aquí, tampoco espinas, sólo la condición humana tal cual, con sus tristezas, injusticias y credos. Esto se lee en otro poema: “Creo que las tragedias colectivas no surgen por generación espontánea. Creo en la lengua de mis ancestros borrada por la historia del gobierno. Cero en las caderas de la mujer compañera y en las canas de quienes me criaron”.
Trópico es Frantz Fanon y sus condenados de la tierra junto con poetas que van desde Rimbaud hasta Roque Dalton y Allan Ginsberg o Mario Santiago Papasquiaro, y Marx y los modos de producción sin realismo socialista. Aquí hay poesía, no consignas económicas o políticas. Es la vida tal cual, no la del libro donde se habla de represión sino la vida de quienes la han sufrido, junto con las arbitrariedades y los despojos, “como cuando a mi padre le extirparon su pecaminosa vida de izquierda”. O, como se lee en el poema “Amancebamiento”, cuando “con tal delicia Ellos nos pisotean la cara y se apropian de la mitad de nuestro salario en impuesto, en seguridad social que es incertidumbre fresca, en fondo bancario para comprar la casa que jamás habitaremos. Con tal delicia Ellos nos alimentan de fertilizante y cremas antiarrugas, nos escupen el plato, nos firman el cheque sin paraíso ni rendimiento a largo plazo, nos convencen de que podemos resucitar a nuestra primavera apocalipsis con agua en botella y ciudadanía sumisa ante la circulación de la riqueza hurtada”.
Trópico, es cierto, es un festejo del verso distinto, del que bebe de otras raíces, menos atractivas para el vulgo, más exactas en su modo de construir una visión nada superficial de la vida. No es un libro triste, no es un libro pesimista. No es un libro para desfalados —ése es el adjetivo que aquí leemos: los sin falo, los castrados— sino muy viril en su lucha por la buena literatura. Su autor, aunque le guste pensar en naufragios, en imposibilidades de victoria, en derrotas a la vuelta de la esquina por el enemigo inmenso al que nos enfrentamos, deja resquicios para el baile, para la ternura, para la cachondería, para darle en la torre a ese enemigo inmenso, así sea a través de la lucidez de la mente y la palabra. No nos engañas, parecen decir estos versos; sabemos quién eres y de qué lado mascas, se lee en sus líneas. Trópico es un libro de un artífice grande de la buena literatura. Cuando dice: “Mi lengua es un montoncito de arena/ que el viento derribó antes de que aprendiera a hablarla. / Lengua de la que no hallo rastro, érase un continente sin nombre. Lengua de cuando la lluvia”, no deja de ser una figura retórica que demuestra, más que una humildad y un fracaso, sus cumbres y sus direcciones tectónicas y telúricas.
Geovani de la Rosa, poeta, narrador, es uno de nuestros mejores escritores. A ratos, muy a ratos —de eso muchos lo sabemos—, el reconocimiento es elusivo. Distingue a varios, varias, que no lo merecen, y elude a quienes están mejor dotados para la fuerza del lenguaje. La marginación también se da en el terreno de lo literario. Ese racismo editorial. Esa pigmentocracia de nuestro pequeño mundo cultural. No importa. Nuestra lucha es escribir siempre de la mejor manera. Auguro, sin embargo, que Geovani de la Rosa, más pronto que tarde, por él mismo, no por cataclismos o mafias, encontrará ese lugar de gran escritor que sin duda le corresponde. Trópico es uno de esos escalones, y el otro, el premio Gilberto Owen que recién ganó por otra obra que de seguro tiene fuerza, lucidez, oficio del que ha hecho de su vida una pasión por la palabra en lucha por ser bella, verdadera, profunda, sabia, más de la tierra que de los inútiles dioses o de las ilusiones fabricadas por los grandes capitales y sus múltiples disfraces.

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