La Gualdra 730 / Arte
Por Álvaro López-Limón
“La vaga y distante imagen de este paisaje, […] que ningún mortal había contemplado, me emocionó […]. ¡El sueño está lleno de milagros! Por un singular capricho de aquel espectáculo que se desplegaba, había desterrado toda hoja informe, un pintor orgulloso de [su] arte, saboreé en [el] cuadro la encantadora monotonía […]”, revelaba Baudelaire en El sueño parisino. Sabemos que todas las imágenes, más allá de una valoración estética, tienen relevancia histórica y una razón de ser que debe ser buscada en el contexto histórico-social en el que fueron producidas.
En esta línea, El Sueño, una pintura de Pierre Cécile Puvis de Chavannes (1824-1898), ha motivado la oportunidad de indagar en la profusión estética y las manifestaciones del simbolismo en la pintura. El simbolismo es una reacción crítica, en oposición a la banalidad de la vida cotidiana, apunta al menos en tres direcciones: primera, contra la ciencia y la razón, en tanto que expresión fundante del materialismo de la sociedad industrial; segunda, una decidida oposición estética al realismo academicista en pintura, al naturalismo y al impresionismo, obsesionados con la apariencia de las cosas, esto es, atendiendo exclusivamente la representación visible de la realidad y la experiencia sensible; tercera, el simbolismo reconoce y explora el mundo de los sueños, la imaginación, el subconsciente, la fantasía, la espiritualidad, la experiencia emocional individual, el dolor, lo siniestro y la desolación como manifestaciones humanas, los llevan a indagar en la historia, el misticismo y la mitología entre otras fuentes que hacen posible la búsqueda y explicación de la vida interior.
Hay una sentencia de Caspar David Friedrich que dice que el pintor, “no sólo tiene que pintar lo que ve delante de sí, sino también lo que ve dentro de sí. Si no ve nada dentro de sí, debe dejar también de pintar lo que ve delante de sí”; en El Sueño de Chavannes, estamos frente a un admirable claro de luna, es un sitio desolado; pero al pie de un árbol descansa un hombre joven, tal vez un caminante, como lo deja suponer la manta que le cubre, al parecer se ha dormido. Tres mujeres jóvenes afloran en su sueño, surcando el cielo estrellado esparcen sobre él sus dones: la primera, con rosas en la mano evoca el amor; la segunda, levantando la corona de laurel, a la gloria; la última, esparce las piezas de la fortuna. Una cierta serenidad, le otorga a la escena un carácter místico; advertimos que las formas del paisaje han sido simplificadas, coloreadas en emplastes mediante el uso magistral de una paleta reducida a tonos mates y fríos, creando una atmósfera silenciosa y atemporal, una sensación de quietud onírica iluminada tan solo por la media luna. Aquí, el caminante sabe que está soñando mientras el sueño ocurre, Chavannes sueña al igual que él, disfruta del don de las mujeres jóvenes que volando surcan el cielo estrellado propagando sus dones, ambos, al igual que nosotros, hemos conjurado los sueños.
* UAEH-UAPSIC.
Charles Baudelaire, Las flores del mal.
Wolf, N. Simbolismo, Madrid, Taschen, 2009.
https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_730
El sueño. Obra de Pierre Cécile Puvis de Chavannes 1883.
Museo d´Orsay, París.



