Cada 1 de septiembre, México se detiene un instante para reconocer a quienes convierten un escenario de tragedia en una fuente de verdad: las y los peritos. En Zacatecas, esa labor silenciosa —lejos de los reflectores que sí alcanzan a fiscales y jueces— es la que sostiene, en los hechos, la rapidez con la que la Fiscalía General de Justicia del Estado resuelve buena parte de sus investigaciones.
Conviene explicar por qué. La respuesta no está en un golpe de suerte ni en una ocurrencia mediática, sino en algo mucho menos vistoso: metodología y evidencia científica. Cuando ocurre un hecho presuntamente delictivo, lo primero que llega no es la conclusión, sino el indicio. Y ese indicio solo se convierte en prueba si se procesa con rigor desde el primer minuto. Ahí entra la criminalística de campo, encargada de examinar cada escena con un método sistemático que además garantiza algo indispensable para cualquier proceso penal: la cadena de custodia. Sin ese primer eslabón bien sujeto, ninguna verdad resiste después el escrutinio de un juicio.
Pero la ciencia forense zacatecana no se agota en la escena del crimen. Detrás de cada caso hay una arquitectura de especialidades que pocas veces se nombra en su conjunto: balística forense, que confronta armas y trayectorias; hechos de tránsito terrestre, que reconstruye accidentes con leyes de la física; informática forense, que rastrea evidencia digital en dispositivos y redes; identificación vehicular, lofoscopía, arqueología y antropología forense, medicina legal, química forense y genética forense. Cada laboratorio responde una pregunta distinta, pero todos convergen en el mismo propósito: que la verdad histórica de los hechos no dependa de suposiciones, sino de evidencia verificable.
Hay, además, una dimensión que suele pasar inadvertida en la discusión pública sobre procuración de justicia: la humana. La psicología forense no es un trámite adicional; es la que responde cómo se sienten las víctimas, qué secuelas dejó el hecho y cómo debe orientarse su acompañamiento. Y la genética forense, en un estado que —como tantos otros en el país— enfrenta la deuda pendiente de las personas desaparecidas, cumple una función que trasciende lo técnico: dar nombre a quien no lo tiene y, con ello, cerrar heridas familiares que a veces llevan años abiertas.
Vale la pena decirlo sin adornos: la celeridad procesal que hoy exhibe la Fiscalía zacatecana no es un eslogan de comunicación social. Es el resultado medible de que la recolección en campo, el análisis de laboratorio y la atención a víctimas operan como un solo engranaje, bajo protocolos estandarizados y con trazabilidad documental —desde la Oficialía de Partes hasta la Bodega de Indicios— que hace posible sostener cualquier dictamen ante un tribunal.
Este Día del Perito es, entonces, ocasión para algo más que una felicitación protocolaria. Es momento de reconocer a quienes trabajan con guantes, reactivos y microscopios para que la justicia no dependa de versiones, sino de hechos comprobables. Su trabajo rara vez aparece en primera plana, pero es, con frecuencia, la diferencia entre una investigación que se sostiene y una que se derrumba en el camino. Zacatecas tiene, en sus laboratorios forenses, una fortaleza institucional que merece más visibilidad de la que hoy recibe.
Feliz Día del Perito a quienes, desde el anonimato técnico, construyen todos los días la verdad que la justicia necesita.



