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Manual de Resurrección para vagabundos y profetas

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Por: La Gualdra •

La Gualdra 690 / Libros

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Por Guillermo Serrano Sosa

Leeré desde la errancia no sólo de quienes vagan, quienes dan pasos y pareciera que no tienen destino, sino también de quienes colectan de los no errantes sus rarezas, sus costumbres, sus hábitos, de quienes aciertan en el sentido de ser lo más perturbador a la conciencia y vista de quienes los miran, como reza el muerto Gordo Mayo como “vagabundo esperando ser reconocido como Ulises”. 

Desde este punto, la forma de la novela Manual de resurrección para vagabundos y profetas (Ediciones del Lirio/Cariátide, 2025) de Daniel Rodríguez Barrón, es fiel a su autor, es una historia conteniendo más historias, narraciones compitiendo por ser las más desalmadas y sanguinarias, personajes rivalizando por ser los más anómalos y sedicioso, escenas desafiándose unas a otras para ser las más escrupulosas y estremecedoras; una historia que recurre al pasado sólo para orientar la interpretación e intención de su presente, un presente que en cada paso conduce y vuelve al lector curioso detective y crítico de un arte intentando justificarse a sí mismo a través del tiempo: 100 años de historia del arte que le siguen dando pretextos para existir.

Y esas historias por sí mismas tienen la cualidad de mostrarnos múltiples asunciones, de vidas en diversas existencias, enternecedoras, viles, codiciosas, pobres; de unos personajes que se asientan en lugares tan distintos como una iglesia, una ermita, un hotel, una vecindad, un palacio; de un mural oficiando para convencernos de que nos antecede la virtud y las decisiones de una revolución que nunca termina y se traviste para seguir respirando; de unos amigos artistas mafiosos, que saben que no se lee impunemente, de eso va este libro.

¿Cuál itinerario seguir para conversar con este Manual de resurrección para vagabundos y profetas? Cual vago sin preocupación ni oficio, les propongo guiarnos por los señuelos que nos arroja, sus estratagemas, ganchos que lanza sin compasión Daniel Rodríguez Barrón para no dejarnos escapar inmunemente. Ésta es una historia de policías, asesinatos, perseguidos, interrogatorios, observación aguda y sagaz centrada en la vida de Meche Pastrana, una investigadora que tan solo por su propia fisonomía parece inquebrantable, experta y apta para resolver uno o cualquier caso, pero que en esencia asiste a los rituales que justifican y se disponen para que ella siga viviendo, desde su pasado de amores hasta los tormentos de su fatalidad presente, vida involucrada en los vericuetos de una desesperada pérdida que fue y una pérdida en proceso que no sucede tan rápido. 

Y de pronto se abre un laberinto. Al avanzar se vislumbra un escenario con su propia historia: una ermita situada y sitiada bajo una feligresía, en un lugar lodoso, lluvioso, empinado, dispuesto para entrampar a sus personajes que por más diversos que podamos asimilarlos no pierden sus hilos, comparten intenciones, aficiones, fetiches: Franciscanos que se montaron sobre las ruinas de los dioses antiguos, matanzas colectivas e individuales permitidas por la convicción de la no obediencia, de creyentes sin género o de flexible orientación que en ese momento se alejan de la sociedad para encerrarse en una sociedad más breve, y en medio de una confusión anarquista con 100 años de pretextos: “Hay que organizarse al margen de los poderes en el plano puramente individual”. 

Y nuevamente, unos pasos más y la trampa de Manual de resurrección para vagabundos y profetas se esconde más eficientemente. Avanza uno ingenuamente, sin mirar los lindes de unos ojos que parecen burlarnos y después tira unos tremendos aguijones: Sólo ves lo que eres; entonces se vuelve la historia desde las imágenes, cuadros de unos canes remachados en paredes; de un cuerpo sin forma, sólo lodo y sangre; de unos poderosos hombres haciendo de un juego un destino vigente, de un cuerpo yaciendo en una cama como cristo sin cruz, pero igualmente atormentado, pues dice Elsa que “las imágenes son un oráculo que aúlla toda la noche con colores formas e historias… actúan sobre los sentidos y la mente, dejan impresiones, evocan presagios”.

Y al avanzar, nos quiere convertir, se vuelve en algo religioso, no sólo es lo del púlpito dominical y santiguados desde Roma, sino los que crearon una propia religión para no tener religión, diría Sartre: “creer es no creer”. Aún más diría Meche Pastrana de la condena que nos lanza a este lugar: “Nosotros no somos sino un campo de resonancia, un vacío donde los dioses, los ángeles, los demonios luchan”; y nuestras opciones son también múltiples, pero condicionadas, ser eremitas (vivir alejado de la sociedad), cenobitas (habilidades sobrenaturales, forma grotesca, gusto por el sufrimiento), anacoretas (persona entregada a la contemplación y a la penitencia).

Y avanzamos sobre aquello que no quisiéramos que existiera porque nos anula: la religión en la política, y en la política, como diría Octavio Paz la “religión como una visión del mundo que propone una interpretación total de la vida y de la muerte”, que nos lanza a transitar los momentos de cada persona viva y muerta que conoce los secretos de una historia nacional quebrada, pero que logra resucitar siempre que encuentra personajes dispuestos a volver a pelear por una verdad radical, vuelta a lo que parece que somos, que en eso moriremos, en la tragedia de que no logramos hacer borrar la presencia de quienes se miraron e inmortalizaron porque desde sus tumbas nos miran volver a lo mismo, al abismo de los elegidos y quienes, con otros apellidos, otras voces, asumen que el dominio les fue otorgado para volvernos a un pasado irreal y parece ahora irrevocable.

Y, de regreso lo humano, e imagino una conversación entre Rodríguez Barrón y Fernando del Paso: Palinuro gritando el reto de “Un hombre que descubrió un día que estaba encerrado en su cuerpo y desde ese entonces se pasa los días elaborando un plan que le permita escapar con vida” y Meche Pastrana, respirando hondo respondiendo: “Aquello que llamamos persona no es sino una sucesión permanente de realidades superpuestas o desdobladas en su multiplicidad que nunca se anulan unas a las otras y que tampoco se acumulan, sino que conviven sin necesidad de explicaciones ni casualidades”. Y cualquier posición o respuesta se vuelven nuestros pretextos para sumergirnos en una “Revolución Permanente”, desde la cual tejemos los argumentos, las excusas para no rendirnos o ¿será que esto es sólo un inicio de algo más? o ¿será una búsqueda inútil o lo único útil que nos queda?

Me decanto por esas obras en que el único respiro que nos queda es nuestra necedad de estar aquí, mirar el horror, lo insólito, las realidades que pueden alcanzarse desde un existir vagabundo sorteando profecías, desertando de nuestros destinos sellados; escapando de una cierta autoridad que se permite a sí misma, tomada de la mano de pocos, cada vez menos, para decirnos que la vida es tal cual la imaginan y no tal cual hemos soñado para nuestra propia vida. Y como es habitual, la circunstancia, los humores, las elásticas intenciones se ponen sobre todos y nos dicen nuevamente que esto será de otra manera, será porque hemos decidido que sus vidas se sujetarán a la religión y a la política, a la obediencia, o a la resignación o sumisión. Pero siempre llegan unos cuantos locos que se tatúan en el cuerpo Non Serviam y con eso es suficiente pretexto para atarnos a este mundo y no dejarlo, como necios que piensan que la idea de que la libertad tiene una oportunidad y es allí desde donde es posible seguir respirando, aún mirando cómo liberan sus últimos suspiros los enfermos, los estudiantes, los sabios, los poderosos. Mi propio vago me dicta: Manual de resurrección es un libro fascinante, literatura de invitación a no sorprendernos ni espantarnos por estéticas que algunos creen actuales, pero que siempre han estado allí: el horror como cultura de claridad.

 

* Manual de resurrección para vagabundos y profetas (Ediciones del Lirio / Cariátide. Colección Cuadernos del Lago, México 2025).

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