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La derrota de los días [Fragmento de la novela]

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Por: La Gualdra •

La Gualdra 690 / Adelanto editorial / Novela

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La derrota de los días
[Fragmento de la novela] (1)
Por Mauricio Carrera

La derrota de los días combina ficción y realidad, a la manera de una bildungsroman. Es la novela más ambiciosa de Mauricio Carrera. Busca acercarse a La montaña mágica o Doctor Zhivago y alejarse de las modas impuestas por las grandes editoriales. Narra el crecimiento vital de su protagonista, Joaquín Ríos, desde sus años de adolescente en la filmación de la película El mexicano hasta sus aventuras en la guerra del Pacífico, como hobo en los caminos de hierro estadunidenses, como soldado en la helada Corea, hasta el encuentro con el amor y la injusticia en Tijuana. Jack London y José Revueltas atestiguan ese periplo, lo mismo como personajes que como figuras tutelares que marcan el rumbo de la conciencia social y de la existencia al garete de sus infortunios y alegrías. Publicada por el Fondo de Cultura Económica en su Colección Popular, en esta novela su protagonista coexiste con personajes surgidos de la imaginación de Norman Mailer, Truman Capote y Ernest Hemingway, en un muy bien logrado accionar de la literatura referencial que practica su autor.

La derrota de los días, de Mauricio Carrera
La derrota de los días, de Mauricio Carrera

***

El mismo día que John Barleycorn se embarcó en el Dharma, el muchacho se dirigió al Red Drum, con una carta y cien dólares en la bolsa.

Le dijo:

—Ve con Paddy Cordavan. Él te ayudará.

Lo encontró en la barra. Un tipo alto y corpulento, rubio, con aire lo mismo de mecánico que de vaquero. Era el dueño de aquel sitio, un maloliente bar de música de jazz.

Abrió la carta con recelo. Una vez que la leyó, le mostró su contenido. Sólo una palabra. La palabra HOBO, escrita con mayúsculas. Dijo:

—Me parece que al que buscas es a mi padre.

Lo condujo ante él, en un oscuro y húmedo departamento en los altos del bar.

Un viejo gordo, apoltronado en un sillón junto a la ventana, desde donde contemplaba la bahía.

—¿Quién te manda? —preguntó de mala gana cuando su hijo le dio la carta.

—John Barleycorn.

—No lo conozco —su voz sonó agresiva.

—Jack London —respondió entonces.

—¡El lobo! ¿Qué hace, dónde está, a dónde se ha metido el miserable después de su muerte? —esbozó una ligera sonrisa.

—El barco levó anclas ayer alrededor del mediodía —informó el muchacho.

Le contó también de México, Anopopei, San Francisco, Guatemala.

—El lobo, al fin y al cabo —suspiró con nostalgia—. “Hemos mendigado y surcamos las aguas del mar”. Kipling, De él lo aprendí. Estaba recién desembarcado del Sophie Sutherland. Un muchacho como tú. Bronceado, lleno de vida. Y de literatura —dijo.

Bajaron al bar y tomaron unos tragos.

—Conque hobo, ¿eh?

Paddy Cordovan y John Barleycorn se conocieron en 1894, durante el viaje a través de Estados Unidos del Ejército Industrial. Los dos tenían dieciocho años. El país atravesaba por una grave crisis económica. No había empleo y tampoco dinero. A Jacob Coxey, un abogado de Ohio, se le ocurrió la idea de organizar una marcha proletaria de protesta hasta el Capitolio. Se formaron diecisiete brigadas de inspiración paramilitar. Una de ellas, comandada por un impresor de nombre Charles Kelly, alias El General, partió de Oakland con rumbo al este. Fue un viaje a pie, a caballo algunos y la mayoría montados en vagones de trenes, claro que de polizontes, bajo el constante asedio de la policía. Un ejército de desempleados en busca de trabajo. Gritaban consignas como “Viva Jesús y abajo los banqueros”. Barleycorn inició la marcha el 6 de abril. Era primavera. Llevaba un diario, The Tramp Diary, que Cordovan conservaba. “Él me lo dio cuando nos despedimos. Es un tesoro, es otra vida, sin duda más feliz, mira”, mostró una libreta de direcciones garrapateada de principio a fin con anotaciones de viaje. El lenguaje era escueto, casi telegráfico. “Despierto 3:30 medio muerto de frío”. No había narrativa, sólo información de viaje, horarios, tipos de trenes, esbozos de personajes. “El chico irlandés de Dublín. Sus buenos consejos y malignas tendencias”. “La gran preponderancia de suecos y alemanes”. “La honestidad de los hobos, y su buen corazón. La mayoría voluntariosos y ansiosos por trabajar”. También, sensaciones, sucesos varios, desde las golpizas de los guardias de las compañías ferroviarias hasta los pies deshechos y las ampollas, para pasar por un abrigo quemado por una chispa, el helado transitar por Reno, la tormenta eléctrica en Van Meter y la inclemencia del sol. Apuntó: “Yo estaba bronceado tras ocho meses en el mar. Pero eso era nada. En el tren se me peló la piel de mi cara como si hubiera caído al fuego”. En Des Moines, tanto él como Cordovan y un hombre mayor que ellos, Frank Davis, decidieron desertar. Lo hicieron, en parte, porque las condiciones de la marcha eran en general desastrosas —¡encontrar comida para ciento cincuenta mil hombres!—; y en parte, porque “en Des Moines vivían las chicas más guapas del mundo”, Cordovan lo dijo, saboreándose, como si se acordara de una en particular. A lo largo de todo ese año vagabundearon por diversos estados. Su hogar fue la jungla, como le llamaban al lugar donde acampaban, y su modo de transporte los trenes de carga. Bebieron alki y trabajaron lo mismo en la construcción de caminos, que como peones, albañiles y jornaleros. Aprendieron a vivir a la intemperie, a cocinar frijoles de distintas formas, a evadir los pitos (los dicks, el nombre que le daban a los detectives), a los toros (los vigilantes de los vagones), a subir y bajar del tren en movimiento, a entender las señales dejadas en el camino. Un gato dibujado en la tierra, frente a un rancho o una casa, era indicación de una buena mujer, dispuesta a darles algo de comida. Un cuadro con un punto en medio, señalaba peligro. O precaución. Un mero círculo, un sitio de poco interés. “Ninguna razón para estar aquí”. Había toda clase de señales, algunas dibujadas y otras simples expresiones no verbales de los propios hobos. Una vez, por dar un ejemplo, se encontraron en el camino con el Seco, un hobo huraño y de aspecto desagradable. “De recia y colosal osamenta, alto, consumido rostro de muerto y demacración cadaverina”, lo definió Cordovan. “Desdentado y con una nariz larga y curva, como garra de buitre. Sus ojos, apagados, parecían inmunes a la piedad y sordos a la misericordia”. Lo encontraron en las inmediaciones de Hannibal, Missouri. Era de noche. Finales del otoño. Barleycorn y Cordovan, con hambre y frío, se acercaron a la fogata. El Seco, apenas se percató de su presencia, tomó una barra de fierro y la mostró desafiante. Acto seguido, encendió un fósforo y se los arrojó. No necesitaban saber más: era la señal de no ser bienvenidos.

—Jack quiso enfrentarlo. Tomó una piedra, dispuesto a pelearse y hacernos un lugar como hombres del camino que éramos, alrededor del fuego. Se lo impedí, no sin algunos empellones. El Seco era de temerse. “Gay-cats”, nos llamó. “Aprendices”. Aún recuerdo su voz de desprecio, fuerte, alcohólica, rotunda. Era un profesh, un hobo de muchos kilómetros recorridos, de larga cabellera y reticente a cualquier clase de compañía que no fuera su olor a caño destapado, con varias cabezas rotas y tal vez algunas muertes en su haber. Me costó trabajo llevarme a Jack, quien no dejaba de proferir amenazas y maldiciones. Buen tipo, Jack. Se liaba a golpes, a ratos por mero desplante deportivo, las más de las veces por algo que bien podría definirse como un alto sentido de la justicia. Lo vi pelearse veinte, veinticinco ocasiones. Una vez tumbó de un solo puñetazo a un policía en los depósitos de ferrocarril de Yonkers. Era bravo, agreste, si se quiere. Se hacía llamar Frisco Kid. Y, cielos, su inglés era pésimo. Yer see it wuz dis way. Las’ year ‘bout dis time, me’en and my pal, Paddy Cordovan, come down to Sacramento to do de fair —se sonrió al recordarlo—. Cómo se convirtió en escritor, un misterio. En su caso fue el hambre, supongo. O su cansancio de trabajar como obrero. Se la pasaba recuerde y recuerde esos tiempos. La fábrica de cristal, la almidonadora, el telar. Los carretes que ovilló, las botellas que hizo. Dividía su maldita existencia entre el antes y después de la llegada de una máquina nueva, lo que suponía un cambio mínimo en su hastío. “Hubieras visto esa Olimpia”, decía. “Era magnífica”. O la manera como ponía su cordelito a las botellas. Presumía de ser condenadamente bueno, el mejor. También se quejaba: “Toda la maldita vida de trabajo sin parar”. Un día decidió dejarlo todo. Habló con su madre. “¿Y qué será de mí y de tus hermanos?”. “¿De eso se trata?”, preguntó. Ella no entendió la ironía. Agregó: “Desde que recuerdo, me he ocupado de ustedes. Ahora se trata de mí. Mis hermanos ya están grandes para ponerse a trabajar”. Se despidió. Se tumbó por horas en el pasto de un parque. Luego tomó el camino. Vagabundearlandia, le decíamos. Así nos encontramos.

Mauricio Carrera. Foto tomada de su muro de FB.
Mauricio Carrera. Foto tomada de su muro de FB.

—Fuimos hobos —recordaba Cordovan, no sin orgullo.

La palabra le gustaba al muchacho. Le atraían sus resonancias, su misterio, sus posibilidades de aventura. Provenía, acaso, del latín homo bonus, buen hombre, o más probablemente de hoe boy, el término utilizado para describir al que hace trabajos de jardinería. El hobo es el vagabundo. El que deambula. Tiene su origen tras la guerra de secesión. Miles de hombres desmovilizados, yendo de un lado para otro, mutilados algunos, huérfanos otros, vagabundeando, en busca de trabajo. Para 1894 la cifra se elevaba a más de un millón. Viajaban escondidos en trenes. Era Vagabundearlandia, como le llamaba Cordovan. Éste, sonriente y sonrojado, bebía cerveza en un tarro. Al hacerlo, eructaba de cuando en cuando. Parecía entusiasmado al recordar sus vagabundeos. En su caso, permaneció más tiempo en el camino que Barleycorn. Llegó a ser muy conocido. Lo apodaban Oakland Skinny, pues era delgado como una espina de pescado. “No hay nombres en Vagabundearlandia, sólo apodos”, dijo. “Por supuesto, hoy estoy más gordo que una ballena y el apodo persiste no importa qué. Oakland Skinny soy y seré hasta el día que me muera”. Cordovan quedó pensativo, tal vez porque imaginó la proximidad de ese momento. Le dio un nuevo trago a su cerveza y puntualizó con firmeza: “No todos somos hobos, muchacho. Así como hay pobres y ricos, buenos y malos, tontos y listos, los hombres del camino nos dividimos en tres clases: los hobos, los vagabundos y los vagos. No es difícil distinguir al uno del otro: el hobo vaga y trabaja, el vagabundo vaga y sueña y el vago vaga y se emborracha. Jack y yo vagamos y trabajamos. Recorrimos las Dakotas para trabajar los sembradíos, Michigan, donde recolectamos moras, California, la vendimia, Idaho, las papas. Lo que fuera. No éramos ladrones, no mendigábamos, pedíamos trabajo. Una semana, dos como máximo, y de nuevo emprendíamos el camino, no importaba dónde. Una vez, en Nebraska, nos encontramos a dos hobos jóvenes, optimistas y entusiastas como nosotros. Viajaban a bordo de un tren de carga, guarecidos en un vagón que hedía a mierda de caballo. Les preguntamos: “¡Eh! ¿A dónde se dirige esta chatarra?”. Se alzaron de hombros y dijeron que lo ignoraban en absoluto. “¿Importa?”, preguntaron al unísono.

*Comprar en la página del Fondo de Cultura Económica: https://www.fondodeculturaeconomica.com/Ficha/9786071689092/F


(1)  Carrera, Mauricio. México: Fondo de Cultura Económica. Colección Popular, 1001. 479 pp., 2025.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_690

 

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