La Gualdra 694 / Literatura / Ensayo
Por Mauricio Carrera
1.- Si concursas, cree con firmeza que puedes ser el ganador. Si dudas, si no estás seguro, si tu obra te parece chiquita, si te da miedo el qué dirán, si aún te falta mucho por aprender como escritor/escritora, si se te nota mucho lo primerizo, si crees que la trama no es tan buena, que te faltó algo para llevarla a buen término, si te cuestionas demasiado tu valía, mejor no lo hagas. Hay mucha mediocridad en los concursos. Por eso se inscriben 400, 500 obras. Demasiada paja.
2.- Si redactas mejor de lo que escribes, aprende a escribir, después concursa. Una cosa es tener habilidades de redacción y otra narrar de una manera atractiva, poderosa, convincente. Dice Amparo Dávila: “Hay textos técnicamente bien escritos, pero que nacen muertos: no quedan en la memoria de quien los lee”. No sustituyas habilidades técnicas de redacción por el duro oficio de escritor, que va más allá de un texto impecable y se sumerge en las profundidades de la condición humana.
3.- Si no redactas bien, si tu ortografía es pésima, si no sabes construir frases bellas, escuetas y sin mácula en cuanto a su sintaxis, su fuerza narrativa, no concurses. Es cierto, Joseph Conrad escribía con faltas de ortografía y es uno de los grandes escritores de todos los tiempos, pero su lengua materna no era la inglesa y sus editores suplían esos errores. En los concursos, las faltas de ortografía, las carencias sintácticas —cuando no lleven una intención narrativa— son señales de alerta, pues denotan un autor descuidado, una autora a la que le faltan habilidades, y son trabajos que se descartan con facilidad.
4.- No te pongas sentimental ni cursi a la hora de poner tus dedicatorias. Si pones “Gracias a mis padres que me dieron la vida y por ellos soy todo lo que soy”, o “Este libro está dedicado a quienes creyeron en mí y me han impulsado en mi carrera como escritor, que inicia con este libro que ahora ofrezco a los cultos lectores”, empezamos mal. De seguro, todo el libro —novela, cuento, poesía o ensayo— está escrito en el mismo tenor, grandilocuente y pusilánime, y no augura una buena lectura. Mejor no se lo dediques a nadie. Conserva tus dedicatorias para la eventual publicación de tu libro.
5.- No insertes fotografías, dibujitos, ni entregues el libro escrito en hojas amartilladas. Despójate de esos vicios escolares. No se trata de sacar diez o de obtener una estrellita en la frente. Nada de eso ayuda a hacer más atractivo lo que sometas a un concurso. Al contrario, lo demerita. Lo importante es lo que está escrito, no si hay pajaritos, venaditos, colores, fotografías. La ternura y la ingenuidad no ganan concursos. Las buenas causas (hay tantas malas novelas con intenciones ecológicas) no son suficientes si no hay calidad acompañada de una buena historia con matices, no sólo lo que es bueno o lo correcto. Malicia literaria, más que bondades personales o ideológicas.
6.- No concurses con trabajos que copien el estilo de otros, otras. García Márquez sólo puede haber uno. Cortázar sólo puede haber uno. Clarice Lispector sólo puede haber una. ¡Y lo hicieron mejor! Dice Óscar Wilde: “No quieras ser otro, porque los demás ya están ocupados”. No remedes, no copies. Crea tu propio estilo. Los concursos están llenos de libros con ecos garciamarquianos, rulfianos, woolfianos, salingerianos, a lo Bolaño, etc. Ya chole.
7.- Si vas a concursar, cree que el concurso es de buena ley, que no hay recomendados ni consignas de quién ha de ganar, que los jurados son honestos y dictaminarán al ganador o ganadora conforme a su leal saber y entender, sin mano negra ni ayudaditas a los cuates o cuatas. Confía. Si crees que los concursos están amañados (y más cuando te enteras de que no ganaste, ¡ah, resentido/resentida), no participes.
8.- No ganarás, hazte a esa idea. Desear ganar, desearlo con toda el alma, no ayuda. En los concursos no hay ley de la atracción, decretos de sueños convertidos en realidades o pensamientos mágicos que harán de ti el seguro ganador. No sirve prender velas o hacer rituales. Para ganar intervienen muchos factores: quiénes son los jurados, cuántas obras se presentaron, qué tanta calidad o no haya en los otros trabajos. Ganar es tener talento acompañado de un golpe de suerte.
9.- Si el premio es para ti, lo obtendrás, no importa si llueve o truene, si te pones o te quitas. Tú preocúpate por escribir mejor, por escribir un buen libro, el más grande de todos. Nos hemos olvidado de las obras maestras, que llevan tiempo, a cambio del aplauso inmediato, de las obras que siguen las modas editoriales. Además de concursos, también hay que buscar ganar (aunque te sonrojes y te apene decirlo) la inmortalidad.
10.- Cuando ganes un premio literario, acéptalo. No eres Sartre ni Woody Allen. Tampoco saques el rebozo o la bandera del síndrome del impostor. Ganaste. Goza ese momento, emborráchate, créete chingón o chingona, sé feliz porque entre muchísimos textos eligieron el tuyo, gasta el dinero que te den como te plazca y cacarea tu triunfo a los cuatro vientos (hoy llamados redes sociales). Sólo recuerda: siempre habrá resentidos y resentidas que cuestionen tu triunfo, esa fauna que se cree merecedora sin más de premios y reconocimientos, que es, por supuesto, mejor que tú. Los escritores (y escritoras) somos especialistas en creer que escribimos con mayor calidad que los otros (y otras). Y recuerda, también: el dinero se va rápido, toda gloria es efímera y debes mantenerte en la escritura de una nueva obra. Un solo libro (un solo concurso) no hace verano.
Pilón 1: Si eres jurado (hombre o mujer), no premies porque sí o por una dizque reivindicación literaria a miembros de tu cofradía, mafia, grupo, clan, generación, o como se autonombren (o como se nieguen a declarar que existen). Tampoco a los egresados de tu misma escuelita o escuelota de escritura creativa. Tampoco distingas géneros, que es otra manera del sexismo. Premia lo mejor, siempre lo mejor, aquello que tu sapiencia te dicte. Si eres jurado y sólo tienes una plaquette o un libro publicado (como ahora se acostumbra), te costará más trabajo. Hay que actuar con ética impecable y búsqueda de la mejor calidad posible (eso sólo lo da la intuición, las lecturas o la experiencia). Se premia lo mejor escrito, no al amiguismo, no a lo políticamente correcto. Que por ti no se abra la duda del sospechosismo que rodea a los premios literarios. Si juegas chueco, abres la puerta para que los demás jueguen chueco (lo que antiguamente se conocía como Mano Negra). No caigas en el chanchullo disfrazado de contribución a la causa. Como jurados no hay que perpetuar el artificio vano del Melés y Teleo (esos antihéroes griegos) ni del Tepremio, Mepremias (esos antihéroes que tienen mucho de corruptos y ladrones).
Pilón 2: Si eres escritor(a) o jurado (otra vez, hombre o mujer), no escribas ni premies por un afán moralista, de lo que es o no correcto en las sociedades actuales. Recuerda: la buena literatura no da mensajes ni se enarbola como apostolado de nada, a no ser la calidad literaria. No seamos inquisidores ni caigamos en la cultura de la cancelación. Escribe sobre lo que se te hinche tu gana, sin importar si es políticamente correcto. Premia lo mejor, no aquello que se ve bien en términos de las ideologías en boga. Escribir es de demonios, no de ángeles. No hay buenas novelas sobre la vida de los santos o de las vírgenes. Lo woke es un moralismo disfrazado de buenas intenciones. Si lees y dices: qué asqueroso, tu juicio es moral, no literario. Hay buenas y malas obras, que ni qué. Reconocerlo en hombres y mujeres hace bien, pues es el juicio literario lo que importa, no el prejuicio o la opinión social. Que prevalezca siempre lo estético sobre lo ético. La única ética del escritor(a) es escribir bien; la única ética del jurado (ídem) es premiar a quien mejor escribe.
Pilón 3: Si usas la Inteligencia Artificial para escribir tus obras y mandarlas a concursos, allá tú, tal vez sea chicle y pega. Pero no eres escritor sino un simple escribano, un copista, un fraude. Que los verdaderos escritores te echen en cara tu falta de talento.
* Este decálogo (y tres pilones) es un fragmento que pertenece al ensayo “De premios y otras vanidades”, de Mauricio Carrera. Aparece en el libro Cómo perder un concurso literario (contado por los que lo han ganado). Publicado recientemente por la UACM, cuenta con textos de autores como Antolina Ortiz Moore, Karla Montalvo, Dan Lee, Ricardo Guzmán Wolffer y Efraím Blanco, entre otras y otros, en una compilación hecha por Enrique Adonis. Este texto y los demás que conforman este volumen, contribuyen desde diferentes perspectivas a la polémica actual que existe en redes sociales a propósito de los premios literarios.
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