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jueves, 2 febrero, 2023
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Edmund Halley

■ Su acertada predicción del regreso de un cometa en 1758 (hoy conocido como el cometa Halley), refrendó su teoría de que los cometas son cuerpos celestes que forman parte del sistema solar.

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Por: Juan Manuel Rivera Juárez • Elva Cabrera Muruato •

Edmund Halley vivió entre 1656 y 1742, fue un famoso astrónomo inglés cuyo nombre es recordado cada tres cuartos de siglo gracias al retorno del cometa más conocido por la humanidad, el cometa Halley. Independientemente de los altibajos de su vida, su existencia estuvo marcada por dos grandes frustraciones: la primera, la observación del regreso del cometa que lleva su nombre y cuya predicción se le adjudica; y la segunda, la observación del tránsito de Venus que según él serviría para conocer las dimensiones reales del Sistema Solar. 

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En 1679, cuando Edmund Halley tenía 23 años de edad, fue a visitar al anciano Johannes Hevelius (considerado por aquel entonces la máxima autoridad en cometas), las enseñanzas del astrónomo alemán incitaron la curiosidad del joven inglés por aquellos portentosos astros de deslumbrante cola a los que la superstición relacionaba con la desgracia. Con infinita paciencia, Halley empezó a recopilar datos sobre todo tipo de cometas, desde los más antiguos, hasta los de más reciente aparición. Todas las noches exploraba los cielos a la espera de algún hallazgo inesperado hasta que en 1682 su constancia obtuvo merecida recompensa: descubrió una estrella de insólito brillo con esplendida cola y cuya belleza eclipsaba a todas las demás. Pero lo que más llamó la atención del joven astrónomo era la inexplicable similitud entre el itinerario de aquel astro y el de otros cometas no menos majestuosos que habían cruzado el firmamento en otros momentos de la historia.

Durante el descubrimiento, Halley no conseguía salir del asombro, empezó a comparar datos y encontró que era obvio que aquella coincidencia no podía deberse solo a los antojos del azar, observó que el cometa que apareció en 1682 había seguido una trayectoria muy similar a los de 1456, 1531 y 1607. Ante ello solo cabía una posibilidad, que se tratara del mismo cuerpo celeste, de un cometa que surgía con una periodicidad de 75 o 76 años, con una órbita muy alargada alrededor del Sol, de tal manera que sólo se hacía visible cuando se aproximaba a la Tierra. Convencido de su hipótesis, se aventuró a pronosticar que el cometa volvería a dejarse ver con todo su esplendor en 1758. Pensó que para su desgracia ya no estaría vivo para comprobarlo, pues dudaba mucho que los dioses –a los que les había suplicado– le concedieran la gracia de vivir hasta los 102 años de edad. 

Halley desde pequeño fue curioso y afortunado de tener un padre que animó y nutrió su deseo de conocer al comprarle los mejores instrumentos científicos. Supo desde niño que deseaba dedicarse a la astronomía y antes incluso de iniciar la carrera era ya un asiduo visitante del Real Observatorio de Greenwich, ahí entabló amistad con el director, quien por aquel entonces estaba realizando un minucioso catálogo de todas las estrellas del hemisferio norte. Al joven Halley se le ocurrió que él podía hacer lo mismo con las estrellas casi desconocidas que alumbraban los cielos al sur del Ecuador, lo cual realizó gracias a la ayuda económica de su padre (un rico fabricante de jabones). Se embarcó a los 20 años rumbo a la Isla de Santa Elena, situada bajo la línea del Ecuador cercana a la costa occidental de África, lugar en donde estableció el primer observatorio astronómico del hemisferio sur con la finalidad de elaborar el primer mapa estelar preciso.

Nadie le informó a Halley que el clima en Santa Elena era generalmente terrible, tardó 12 frustrantes meses en observar suficientes estrellas australes para hacer un mapa completo. A los dioses y los héroes de la antigua Grecia se les unieron las figuras míticas de un nuevo mundo y de una nueva era, –un tucán, una brújula, un ave del paraíso, etc.– Las continuas tormentas dificultaban mucho las observaciones de Halley, solo anotó en su catálogo 341 estrellas, sin embargo, fue una aportación valiosa para el nuevo mapa estelar y la comunidad científica. Cuando Halley regresó a casa con la otra mitad del cielo, su mapa causó sensación, ahora mercaderes y exploradores podían navegar apoyándose en las estrellas desde cualquier lugar. Tras la publicación de aquel catálogo se le abrieron todas las puertas; la primera fue la de la Royal Society, a donde ingresó con tan solo 22 años de edad, institución en la que conoció a los investigadores más celebres de la época. Guardó de casi todos gratos recuerdos, pero nadie, absolutamente nadie, lo  impactó como Sir Isaac Newton, un hombre que pasó a la historia como la mente más privilegiada de todos los tiempos. 

Uno de los problemas que más se debatían por la comunidad científica y que nadie hasta entonces había logrado resolver, se trataba del ¿por qué los planetas se mueven cómo lo hacen?, el astrónomo Johannes Kepler había demostrado 80 años antes que las órbitas de los planetas alrededor del Sol no eran círculos perfectos, sino elipses, y que mientras más cerca estaba un planeta del Sol más rápidamente se movía, ¿por qué?, ¿podría alguna fuerza invisible del Sol ser responsable de este cambio en el movimiento? De ser así, ¿cómo funcionaba?, ¿existía una ley matemática sencilla que la describiera?, eran varias de las interrogantes que se planteaban Halley y otras mentes brillantes de la época. Tal vez algo como la Ley de la Elasticidad de Hooke sería la respuesta, por más que lo intentaba Christopher Green no lograba deducirla; en una reunión entre Halley, Green y Hooke (el cual aseguró tener los cálculos, pero pasaron los meses y no logró presentarlos), no lograron hacer los cálculos para resolver la incógnita. Halley pensaba que tenía que existir alguien a la altura del desafío en algún lugar.

Pensó en el matemático de Cambridge, un hombre inteligente que había resuelto cuestiones centrales sobre la naturaleza de la luz cuando contaba con 22 años de edad, el que inventó el telescopio reflector, el tipo raro que se había perdido de vista desde tiempo atrás por una riña con Robert Hooke. Halley se preguntó si este extraño, y según se decía, excesivamente difícil, podría triunfar en donde Hooke y otros habían fracasado. Lo que nunca pensó, lo que nadie posiblemente imaginó en esa época, fueron las diversas formas en que el mundo cambiaría después de esa reunión de un día de agosto de 1964. Cuando Halley y Newton se reunieron, el matemático vivía prácticamente como un recluso. Newton se había ocultado 13 años atrás, después de que Hooke lo acusara públicamente de haber robado su trabajo innovador sobre la luz y el color; de hecho, fue Isaac Newton quien resolvió el misterio del espectro del color y no Robert Hooke. Cuando Halley le comentó sobre el asunto que se estaba debatiendo relacionado con el movimiento desconcertante de los planetas, Newton, sin inmutarse, le respondió que seguían una órbita elíptica y acto seguido le mostró los cálculos que había realizado años atrás para llegar a esa conclusión. Cuando Halley vio aquellas cuartillas se quedó de una pieza, supo que tenía en sus manos la biblia de la ciencia e incapaz de contener su entusiasmo le rogó que publicara la teoría, no fue fácil persuadirlo porque Newton era excesivamente reservado e incluso huraño, pero finalmente lo convenció (cuando se ofreció a correr con todos los gastos de edición). Halley escribió el prólogo y fue entonces cuando, por primera vez en su vida, hizo alarde de poeta, sabía que no podía añadir nada a las palabras de aquel libro, así que redactó una extensa oda en latín para honrar a su autor.

Algunos años después Edmund Halley publicó su propia obra (1705), una sinopsis de la astronomía de cometas, en la que se describen las órbitas parabólicas de 24 cometas observados entre 1337 y 1698, en ese libro demuestra que estos astros están tan sujetos al Sol como lo está la Tierra y que si sus movimientos parecen erráticos es solo porque sus trayectorias son inusualmente alargadas, tanto que algunos aparecen solo en intervalos de miles de años y apenas nos dejan ver una mínima porción de su órbita total. Fue Halley quien también advirtió que las estrellas no eran fijas e hizo notar que al menos tres de ellas: Sirio, Procyon y Arturo, habían cambiado claramente de posición desde los tiempos de los griegos. A él se debe también la elaboración de la primera carta meteorológica y curiosamente el primer estudio serio sobre el índice de mortalidad en una población, hoy, sin embargo, a Halley se le recuerda fundamentalmente por su profecía sobre la periódica aparición del más espectacular de los cometas. Tal como había predicho, el astro reapareció a finales de 1758 y él desgraciadamente no vivió para verlo, los dioses le negaron el capricho, pero de alguna manera lo hicieron inmortal; el cometa nuevamente cruzó los cielos en 1835, 1910 y 1986 y regresará hacia el año 2061 y lo seguirá haciendo cada 75 o 76 años para que el nombre de Halley sea recordado por todos los hombres hasta la última noche del final de los tiempos.

Sé parte de la Unidad Académica de Ciencia y Tecnología de la Luz y la Materia (LUMAT). Informes: http://lumat.uaz.edu.mx/; https://www.facebook.com/LUMAT.UAZ; https://twitter.com/LumatUaz.

*Docente Investigador de la Unidad Académica 

de Ciencia y Tecnología de la Luz y la Materia. LUMAT.

*Docente Investigadora de la Unidad Académica Preparatoria.

[email protected]

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