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Las marchas en tiempos del algoritmo

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Por: Jaime Enrique Cortés Acuña •

Esta semana Zacatecas volvió a marchar. El domingo pasado miles de personas salieron a las calles para expresar su respaldo a la presidenta de la República. Un día después lo hicieron los trabajadores de la educación como parte de una movilización nacional. Días antes habían sido los agricultores. Distintas causas, distintos liderazgos y distintas demandas recorrieron las mismas avenidas, confirmando que la movilización social continúa siendo una herramienta vigente para expresar inconformidades, respaldos y aspiraciones colectivas.

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Sin embargo, detrás de esa sucesión de marchas surge una pregunta que merece ser planteada: ¿siguen teniendo las manifestaciones en las calles la misma capacidad de influir en la opinión pública que tuvieron durante gran parte del siglo XX? La interrogante resulta pertinente porque, aunque las formas de protesta permanecen, el contexto en el que operan ha cambiado de manera profunda.

Durante décadas, la movilización social fue una de las herramientas políticas más eficaces para romper el silencio y atraer la atención pública. Una multitud ocupando una plaza obligaba a los medios de comunicación a mirar, a los gobiernos a reaccionar y a la sociedad a discutir determinados temas. La calle era el espacio privilegiado de la política porque representaba el lugar donde se encontraban ciudadanos, organizaciones, autoridades y opinión pública.

Hoy esa realidad se ha transformado. Una protesta local ya no compite únicamente con otros acontecimientos de su entorno inmediato, sino con una cantidad prácticamente infinita de contenidos que circulan de manera simultánea por teléfonos móviles, plataformas digitales y redes sociales. La misma persona que observa una marcha en Zacatecas puede estar viendo, minutos después, una protesta en otro continente, una crisis internacional, una campaña electoral o cualquier tendencia global que capture temporalmente su interés.

La paradoja de nuestra época consiste en que nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil captar la atención colectiva. La visibilidad dejó de ser un recurso escaso. Todos buscan ser vistos al mismo tiempo y, por ello, aquello que antes tenía la capacidad de interrumpir la normalidad corre ahora el riesgo de diluirse entre miles de mensajes que compiten por unos cuantos segundos de interés público.

La conversación política tampoco se desarrolla ya exclusivamente en plazas, auditorios o avenidas. Una parte cada vez más importante de la vida pública ocurre en espacios digitales donde algoritmos, plataformas y redes de comunicación determinan qué temas se vuelven visibles y cuáles desaparecen rápidamente de la conversación. En este nuevo escenario, una movilización sin una narrativa clara, sin objetivos comprensibles o sin liderazgos capaces de comunicar eficazmente puede perder impacto incluso antes de que concluya.

El filósofo Byung-Chul Han ha sostenido que la sociedad digital ha transformado las formas tradicionales de acción colectiva. Las viejas masas organizadas han dado paso a individuos hiperconectados que reaccionan con rapidez, comparten contenidos de manera permanente y trasladan su atención de un tema a otro con extraordinaria velocidad. La indignación sigue existiendo, pero rara vez permanece durante mucho tiempo concentrada en una sola causa.

Por su parte, Manuel Castells advirtió desde hace años que el poder contemporáneo depende cada vez más de la capacidad para influir en los flujos de información. Su planteamiento resulta particularmente útil para comprender el presente. Una movilización que no logra proyectarse más allá de la calle y convertirse en una narrativa capaz de circular, reproducirse y generar conversación corre el riesgo de desaparecer del debate público tan rápido como apareció.

Quizá por ello resulta difícil imaginar que las nuevas generaciones experimenten fenómenos de movilización social con el impacto simbólico que tuvieron algunos movimientos del siglo pasado. No porque hayan desaparecido las injusticias, las demandas o los conflictos, sino porque el terreno donde se construye la influencia política se ha desplazado de manera significativa hacia otros espacios.

Las marchas siguen siendo necesarias. La protesta continúa siendo un derecho fundamental y una expresión legítima de la democracia. Sin embargo, pensar que la disputa por la opinión pública termina cuando concluye el recorrido de una manifestación puede ser un error de diagnóstico. En la actualidad, las luchas sociales también se desarrollan en redes de comunicación, plataformas digitales, campañas de información y entornos tecnológicos donde se construyen percepciones, consensos y narrativas.

Las avenidas continúan llenándose de manifestantes y las plazas siguen siendo espacios indispensables para la participación ciudadana. Pero si el siglo XX convirtió a la calle en el gran escenario de la política, el siglo XXI ha trasladado una parte importante de esa disputa a territorios menos visibles. Comprender esa transformación es indispensable para cualquier movimiento social, organización o gobierno que aspire a influir en la sociedad de nuestro tiempo. Porque las marchas siguen recorriendo nuestras ciudades, pero la batalla por la atención y por la construcción del sentido colectivo se libra cada vez más en los dominios invisibles del algoritmo.

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