La Gualdra 719 / XV Aniversario de La Gualdra
Por Antonio Cienfuegos
La poesía chilena nunca ha sido un cementerio de antologías. Hoy arde en lenguas que no pidieron permiso. Olvidemos espectros consagrados: esta es otra constelación, encarnada, rebelde, hecha de territorios heridos y disidencias vivas.

Elvira Hernández, la iluminada del margen, escribe desde la lucidez del exilio interior. Carlos Cociña, tierno y forense, desarma el lenguaje hasta mostrar sus vísceras. Rosabetty Muñoz, desde el extremo austral, teje memoria y cuerpo con hilos de agua y duelo. Soledad Fariña, umbral en vilo, hace de la palabra una ceremonia. Bruno Vidal se mete en la piel del opresor y del victimario, escarba la culpa sin redimirla y nos obliga a mirar el horror desde adentro. Yanko González filtra la oralidad popular hasta volverla bronce. Alejandra del Río incendia la intimidad política con una cerilla calma. Octavio Gallardo evoca las palabras como acantilados que niegan el olvido, subliman la memoria y destierran con lucidez quirúrgica el abandono. Nadia Prado desgrana los días como una resistencia mínima hecha de migas. Daniela Catrileo, desde el mapuzugun y la ciudad, abre mundos que el canon racista ignoró. Gladys González susurra como quien talla un durazno: con filo y delicadeza. Verónica Zondek recorre el paisaje como una herida sagrada que florece en vertientes. Juan Cristóbal Romero afila la performance y la sátira como un bisturí de carnaval. Finalmente, Felipe Cussen, poeta experimental, equilibrista que anda por la cuerda floja entre el pop, la mística y el meme digital.

Ese filo, esa brasa que no se apaga, es lo que llamo y nombro pirófano afecto: amar el fuego sin domesticarlo. Porque estos quince poetas no escriben para la ceniza del canon, sino para la chispa que salta en una lectura a las tres de la mañana, para la fogata donde la memoria herida encuentra otra lengua posible. Sus versos queman las fronteras entre lo íntimo y lo colectivo, entre el cuerpo y el territorio, entre el mapuzugun y el español de la culpa.
Léanlos como se lee un volcán, con el temblor adentro. Porque Chile sigue siendo un largo poema que aún no termina de escribirse donde la pira diáfana siempre se renueva.
* Antonio Cienfuegos, salvadoreño-mexicano, poeta que habita la ceniza como quien vuelve a prender una brasa que otros dieron por muerta, escribe desde la herida que no cicatriza porque elige seguir ardiendo en lugar de curarse.



