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Lizeth Arauz: Fotógrafa documental con conciencia social

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Por: La Gualdra •

La Gualdra 713 / Fotografía / Entrevistas

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Por Mauricio Carrera

Lizeth Arauz estudió artes plásticas en la ENAP. Quería ser diseñadora gráfica; su vida cambió cuando tomó fotografía como materia optativa; revelar le pareció mágico. Se convirtió en fotógrafa. Inició como fotoperiodista en el periódico El Sur, de Acapulco; después vendría El País, Milenio, El Financiero, donde afinó su mirada y se interesó en otras historias. 

Lizeth Arauz, foto documentalista, se ha dedicado a historiar con su cámara desde aspectos de la vida cotidiana hasta las protestas y los movimientos sociales. Su cámara da imagen a quien no la tiene. Destacan sus trabajos sobre la nueva familia mexicana, tan diferente a la tradicional; así como sobre mujeres agredidas con ácido y el universo de quienes son pequeños de estatura. 

 

Mauricio Carrera: ¿Cómo te acercas a la gente pequeña?

Lizeth Arauz: Donde yo vivía tenía un vecino chaparrito. Lo veía pasar todo el tiempo. Su novia, de estatura convencional, vendía tamales en las mañanas, se lo sentaba en el regazo y lo acariciaba como si fuera un muñeco. Esa escena me conmovió mucho. Nunca la fotografié. Primero quise convertirme en su amiga, y cuando lo fuera, pedirles permiso para fotografiarlos. Rompieron y nunca la tomé. Él era torero, cantante, imitador. Le tomé fotos y las publiqué. Me llevó con los enanitos toreros y quise fotografiar su vida. Eran siete chaparritos. Me quedé ocho años. De ahí salió mi proyecto Mirar hacia arriba, que contó con el apoyo de Jóvenes Creadores del FONCA. Empecé a conocer chaparritos cantantes, imitadores y strippers. Me tardé dos años en localizar a estos últimos. Yo estaba embarazada, próxima al noveno mes, cuando me dijeron dónde se iban a presentar. “Tenemos fecha en noviembre en Oaxaca, tirando con Puebla”. Me lancé para allá. Mi movilidad no era buena. A lo largo de mi embarazo nunca dejé de fotografiar, si bien ya me sentía muy pesada, iban a bailar en el escenario y no iba a poder correr para perseguirlos. Les hice unas sesiones de retrato previo al espectáculo. Son imágenes donde ellos están en tanga, y ellas también, con una belleza absoluta. Son strippers en fiestas o en antros. Hoy son de mis grandes amigos, nos hicimos muy entrañables. Fue un proyecto que me marcó de muchas maneras. Ganó el premio Fernando Benítez que otorga la FIL Guadalajara.

 

MC: La transición de lo analógico a lo digital se dio en el año 2000. Fue muy retador. ¿Cambió en algo tu manera de fotografiar con lo digital?

LA: Sí, pero ejerzo mi derecho a no tirar de manera enloquecida; hago muy pocos tiros. Me eduqué con lo análogo, tenías treinta y seis tiros y debías cuidarlos. No debía sobrar ni faltarte nada. Esa mirada foto periodística la mantengo, meter todo el contexto en una sola imagen. Ese resumen visual me ha ayudado mucho. Siempre trato de que cada una de mis imágenes tenga toda la información necesaria desde el primer tiro, para ahorrar.

Lizeth Arauz. Foto de Carlos Gordillo.
Lizeth Arauz. Foto de Carlos Gordillo.

MC: ¿Te consideras más una fotoperiodista que retrata el instante o una artista que monta la escena?

LA: Soy más una fotógrafa documental. Documento lo que miro. Ya no soy una fotoperiodista, en el sentido de trabajar para un periódico, pero sigo documentando historias. Hago fotografía para seguir contándolas.

 

MC: ¿Cuáles son estas historias?

LA: Ahora estoy con el proyecto de las mujeres agredidas con ácido. Son sobrevivientes de ese tipo de violencia. Mi idea es fotografiarlas con toda esa belleza, con todo ese erotismo que aún tienen y que perdieron cuando fueron agredidas. En una parte de su vida no se reconocen en el espejo. Algunas de ellas rompieron sus fotos de antes. No querían saber cómo eran debido a su nueva presencia. Se sienten, por supuesto, desfiguradas, con muchas cicatrices. Han tenido que pasar de la que yo era a la que soy ahora. Por eso soy más documentalista. Pienso como una creadora, una creadora de contenido. Si alguien ve mi foto y tiene un segundo de reflexión en torno a lo que mira, y su mirada en torno a ese tema cambia después de verla, esa imagen fotográfica ha cumplido su misión: compartir las circunstancias de otra persona. Cuando hice Mirar hacia arriba, cumplí mi servicio social en la Sierra de Guerrero y viví un año en una comunidad sin luz, agua, escusados. Nada. Me volví tan amiga de la gente de allá que hoy en día aún los visito. Ahí conocí a una adolescente de trece años, vio mis fotos de la gente pequeña y le daban miedo. Sucedía que había un chaparrito que, de seguro, por sentirse agredido de manera cotidiana, se había vuelto muy agresivo con los demás. Ella pensaba que todos los chaparritos eran así, agresivos y groseros. Al ver las fotos de mi proyecto su perspectiva cambió. “Ahora les tengo mucho respeto”, me dijo. Eso es lo que vale la pena, generar una reflexión distinta en alguien, sólo a partir de mis imágenes.

Manuel Díaz Pérez y familia. Transición de Manu. Proyecto Nuevas familias. Real del Monte, Hidalgo. Agosto 2019. Foto: Lizeth Arauz /Xquendafoto.
Manuel Díaz Pérez y familia. Transición de Manu. Proyecto Nuevas familias. Real del Monte, Hidalgo. Agosto 2019. Foto: Lizeth Arauz /Xquendafoto.

MC: ¿Cómo le haces para acercarte a los chaparritos como les llamas? ¿Hay reticencia al principio?

LA: Sucede que me digan que no muy seguido. Tres de los siete chaparritos no querían que les tomara fotos en su casa. Aceptaban en el ruedo, sí, porque eran enanos toreros. Me fui de gira con ellos por toda la República y también en Texas. Los fotografié por varias semanas. Pero esos tres, nunca en sus casas. Les entendía. Vivían en situación muy vulnerable, en pobreza. Uno de esos chaparritos, años después, cuando terminé el proyecto, me dijo: «Te quiero pedir una disculpa. Me avergonzaba y me sigue avergonzando donde vivo. Por eso fui tan poco cordial contigo. No quería que entraras a mi casa, no quería que fotografiaras la situación en la que vivo”. Yo respeté sus decisiones. Me acuerdo de que le tomé fotos con su mamá, que también era chaparrita, pero nunca en su casa. Igual sucede con las mujeres que han sido agredidas con ácido. Hay dos de ellas que no han dejado que las fotografíe. Respeto su decisión. Sé que no están listas para ser fotografiadas. Cuando ellas decidan que sí lo van a hacer, voy a ser la más feliz. Pero es su decisión y debo ser absolutamente respetuosa. Eso lo aprendí de Elsa Medina, hay que ser respetuosos y cordiales.

Alan Alacántara, Daniel Vela y Emi. Primer familia homoparental en conseguir adopción en León Guanajuato. Foto: Lizeth Arauz / XquendaFoto
Alan Alacántara, Daniel Vela y Emi. Primer familia homoparental en conseguir adopción en León Guanajuato. Foto: Lizeth Arauz / XquendaFoto

MC: ¿Les dices de antemano que es para tal o cual proyecto?

LA: Sí, siempre soy muy clara, y cuando hay esa claridad, la gente decide si le entra o no. Por eso genero muchos vínculos con la gente. La verdad, a quienes he fotografiado han terminado por convertirse en mi familia, en mis amigos. Al fotografiarlos paso mucho tiempo con ellos. Es algo que celebro. Celebro poder conocer a esas personas. Celebro compartir sus historias y que se vuelvan entrañables en mi vida.

Lizeth Arauz. Del ensayo documental Mirar hacia arriba.
Lizeth Arauz. Del ensayo documental Mirar hacia arriba.

MC: ¿A cuántas mujeres agredidas con ácido has fotografiado?

LA: A cuatro. Por lo pronto, a cuatro. El proyecto que tengo ahora en el Sistema Nacional de Creadores es poder llegar a fotografiar a por lo menos diez de ellas. Este proyecto lo inicié con una reportera y queremos publicar sus historias, compartirlas. A la primera que contacté fue a Carmen Sánchez. Tiene una fundación que lleva su nombre, donde acompaña a mujeres que han sido agredidas con ácido, que se acercan a ella. No son sólo mujeres las agredidas con ácido. El año pasado se le acercó un hombre que fue agredido de esa manera. Carmen no sabía qué hacer, si incluirlo o no en la fundación. La idea original era que fueran puras mujeres. Al final sí lo incluyó. Un chavo muy joven agredido por su chava. Por lo pronto, entre las mujeres que están en mi proyecto se encuentran la ya mencionada Carmen Sánchez, así como Yasmín Hernández, María López y Elisa Xolalpa. A una de ellas su marido le echó químicos usados para fertilizantes, y no contento con eso, la aventó en uno de los canales de Xochimilco, donde la balaceó. Se salvó por nadar hacia lo profundo. Nomás escuchaba cómo entraban las balas al agua. No podía abrir los ojos por el ácido.

Lizeth Arauz. Del ensayo documental Mirar hacia arriba.
Lizeth Arauz. Del ensayo documental Mirar hacia arriba.

MC: Las fotografías como víctimas sí, pero con belleza, con dignidad.

LA: Sí, mi idea al fotografiarlas es que empiecen a sentirse sensuales, que empiecen a tener contacto de nuevo con su cuerpo, a reconocerse. Algunas no quieren. Les digo: «No te preocupes, lo que tú me permitas está perfecto”. Eso pasó con la de Xochimilco; sólo le hice otros retratos muy bellos con plantas. La de Puebla tampoco ha querido. Tampoco insisto demasiado. En cuanto tengan posibilidad de ver las imágenes de las otras, tal vez se les antoje fotografiarse como ellas o, tal vez no. No quiero forzar a nadie porque la idea es ayudarlas, no joderlas, tampoco obligarlas.

Lizeth Arauz. Del ensayo documental Mujeres de Acero.
Lizeth Arauz. Del ensayo documental Mujeres de Acero.

MC: ¿Tienes un plan B?

LA: De hecho, mi proyecto para el SNCA es hacer un libro de fotografías intervenido con acuarelas y bordado. Yo soy muy mala para coser y bordar. Soy muy desesperada. Pero es una gran herramienta. Mi idea es fotografiarlas y que sean ellas quienes borden sus cicatrices. Mi proyecto final es tener diez retratos grandes con bordado en sus cicatrices. Imprimiré en tela las fotografías. Eso mismo hice con los chaparritos. A ellos, para una exposición, los imprimí gigantes, en una tela transparente. Eran chaparros gigantes, para que el público sintiera la sensación que sienten ellos cuando caminan al lado de gente con estatura convencional.

Lizeth Arauz. Del ensayo documental Mujeres de Acero.
Lizeth Arauz. Del ensayo documental Mujeres de Acero.

MC: ¿Son mucho más comunes de lo que uno piensa las agresiones con ácido?

LA: Así es. El tema es que muchas desconocen que hay otras mujeres agredidas de esa manera. María, por ejemplo, una mujer muy valiente, estuvo treinta años sin saber que había otra mujer en México agredida con ácido. La agredieron a ella, se metió en su casa y ya no salió, ya no trabajó, ya no quiso hacer mucho por ella, como estudiar o trabajar, porque se sentía muy avergonzada. María es un claro ejemplo de cómo el ácido marcó su vida de manera terrible. Una tragedia. Algo que ha cambiado. Ahora termina la prepa gracias a la Fundación Carmen Sánchez y busca empleo. Empieza a salir, ¿no? La agredieron de adolescente y ahora, a sus cuarenta y cinco años, empieza una nueva vida. Fue gracias a que vio en la tele una entrevista con Carmen y la buscó. Las mujeres se acercan a ella porque la ven.

 

MC: Hay una ley que está a punto de pasar para pedir penas más severas a los agresores o agresoras con ácido, ¿no?

LA: Sí, aunque hay un dilema. Una famosa saxofonista agredida con ácido, María Elena Ríos, quiere que la ley lleve su nombre, Ley Malena. Existe oposición al respecto. Hay una mayoría que quiere que se llame Ley Ácido. Tendría que llamarse así, porque son muchas las mujeres, no sólo una, quienes han sido agredidas.

 

MC: ¿Has pasado tú misma por peligros al ejercer tu profesión?

LA: En mis tiempos de fotoperiodista me ponía muy en riesgo. Como no era mamá y estaba joven, siempre decía: que me peguen a mí, no a mi equipo, a mi cámara. ¡Me ha costado mucho! Me tocaron enfrentamientos con granaderos, y esos reparten parejo. De toletazos me dieron muchas veces. Una vez un granadero cargó contra mí, me levantó y me azotó contra el piso; me salvé de no ser pateada porque vio mi cámara, que me colgaba del cuello. En otra ocasión que cubría una marcha de profesores fui agredida por uno a quien no le gustó que lo fotografiara; en las marchas es difícil pedir permiso, uno lo hace con la mirada. Mis papás son profesores, siempre he sido de izquierda y yo apoyaba esa marcha; que un profe me hubiera pegado, me dolió en muchos sentidos. Manifiéstate, es tu derecho, no le pegues a nadie. Me hizo sentir muy vulnerable. Por eso, por ahí de 2004, abandoné el fotoperiodismo. Yo aguantaba. Una vez me pegaron los guaruras de Salinas de Gortari. Les regresé el golpe, porque siempre he sido brava. Unos guaruras grandotes que no dejaban pasar a nadie ni a nada. A mí me mandaban a hacer fotografías y debía hacerlas, ni modo. En otra ocasión, cuando Cárdenas tomó posesión como jefe de gobierno de la CDMX, busqué acercarme lo más posible. Me tiré al piso y me escabullí por entre las piernas de las personas. ¡Cómo me patearon ese día! Pero lo logré y lo fotografié de cerca. Así soy yo. Claro, llegó un momento en que me sentí muy vulnerable, una vulnerabilidad que no había sentido antes. Decidí que ya no quería un golpe más, que ya no, que me resistía a sentirme violentada. Por eso mi decisión de salirme del fotoperiodismo.

 

MC: ¿Y qué hiciste?

LA: Empecé a colaborar para revistas, que fue una maravilla. Playboy, Marie Claire, Rolling Stone. Iba a una sesión y ganaba lo mismo que en toda una semana de meterme una joda horrible en el fotoperiodismo. Además, empecé a hacer retrato. Me encanta el retrato. También el ensayo documental, que es contar historias con imágenes. A eso me dedicaba. Yo, loca de felicidad. Por ese tiempo gané el premio de periodismo que otorga la FIL Guadalajara. Fue con mi ensayo documental Mirar hacia arriba. Estaba tan contenta, la verdad muy satisfecha, que me dije, ya puedo ser mamá. Me casé a los quince días y al mes ya estaba embarazada. Soy feliz con mi hija. Ser mamá y ser fotógrafa son mis pasiones.

 

MC: ¿A qué fotógrafos o fotógrafas admiras?

LA: A mi maestra Elsa Medina, también a la maestra Lourdes Grobet. Ellas han sido mis pilares fotográficos, muy amorosas conmigo. Dos mujeres independientes, inteligentes y congruentes con sus emociones y su ideología. Celebro mucho que ellas hayan sido tan firmes. Elsa Medina, por ejemplo, de su generación es de las fotógrafas menos conocidas, pero la más talentosa. Todo el mundo lo sabe. A ella no le importa el reflector, le vale madres que la gente la reconozca. Ella, de lo que se preocupa y se ocupa, es de trabajar y de documentar, de seguir fotografiando y de divertirse en el proceso. Es mi maestra y me considero su amiga. Igual con Lourdes Grobet. Una maestraza. En un documental sobre fotoperiodistas que hizo para el Canal 14 de televisión, habló sobre mí de una manera generosa y bella. Lourdes, también, mamá y fotógrafa. Ellas dos son mi inspiración. Por eso continúo maternando en la vida y con la cámara.

 

MC: Defínete como fotógrafa.

LA: Fotógrafa documental con conciencia social. Me gusta pensar que tengo esa congruencia con mi trabajo y las personas, mi comunidad. Si no hay esa comunicación, no lo hago bien. Trato de pensar que mañana va a haber algo mejor, un mejor lugar para que viva Maya, mi hija. Deseo que Maya se sienta representada en mi trabajo, que se sienta orgullosa de mí, que sepa que hago todo lo posible para que avancemos como comunidad.

 

MC: ¿Artista? ¿Qué más has fotografiado?

LA: No, la palabra artista no me gusta; creadora, mejor. Creadora de contenido, de historias; eso me gusta mucho, la posibilidad de poder contarle a alguien una historia con imágenes. El proyecto previo a las mujeres agredidas con ácido se llama Amor sin etiquetas, el nuevo álbum de familia. Es hablar de mí como madre autónoma con mi hija, de cómo somos ahora, en realidad, como comunidad. Ya no esa comunidad de papá, mamá y dos hijitos. Esa comunidad ya no existe. Hoy, en México, el cuarenta y cinco por ciento de las familias están lideradas por una mujer. Hay un porcentaje muy importante de papás solteros. Un porcentaje importantísimo de mujeres y hombres que han decidido no tener hijos y que viven con sus perros y sus libros. Esa nueva comunidad así constituida es la que fotografié. Las fotografías aparecen en un libro con ese nombre, que acaba de salir, publicado por el INBAL. Hay una historia del poliamor, un vínculo que a mí de verdad me generó un respeto impresionante. Esa posibilidad de decirnos de frente: se me antoja alguien más y quiero estar con otras personas, quiero que tú lo sepas y que no estés incómodo o incómoda con la idea de que pueda tener otras novias, otros novios; que estés consciente de que te respeto, te amo, pero necesito estar con alguien más… Esa diversidad, este nuevo álbum de familia. ¿Qué otra historia voy a fotografiar después? No lo sé. Será algo que me encuentre en el camino y que en ese momento me preocupe como mujer, como madre, como compañera, como parte de una comunidad. Algo que socialmente pueda construir un pedacito de algo. Algo para los demás.

 

MC: ¿Qué hizo en verdad que te dedicaras a la fotografía? ¿La magia del revelado?

LA: Le atinaste. Siempre recordaré el momento en que metí la hoja en el revelador y apareció la imagen. Sentí, al quedar fija esa imagen, que yo iba a poder hablar de algo a través de eso, de la fotografía. Hay una magia ahí. Por eso me enamoré de lo que hago.

Ver más del trabajo de Lizeth Arauz en:
@lizetharauz
@xquendafoto en IG

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