Los recientes procesos electorales y las tensiones políticas que recorren América Latina dejan una lección cada vez más evidente: para los gobiernos y movimientos progresistas ya no basta con gobernar bien, mejorar indicadores económicos, disminuir la pobreza o ampliar derechos sociales. La disputa política contemporánea se libra también en el terreno de la comunicación, la geopolítica y la construcción de narrativas, espacios donde las fuerzas conservadoras han demostrado una enorme capacidad de articulación.
En distintos países del continente se observa, recientemente en Colombia, el fortalecimiento de liderazgos de derecha que encuentran respaldo en poderosos intereses económicos, financieros y mediáticos. La victoria de Javier Milei en Argentina, de José Antonio Kast en Chile, la consolidación de Daniel Noboa en Ecuador y la creciente conflictividad política en Bolivia forman parte de un escenario regional que merece un análisis profundo y sin ingenuidades.
No se trata de desconocer errores, contradicciones o limitaciones de los gobiernos progresistas. Ningún proyecto político está exento de ellos. Sin embargo, resulta imposible ignorar el papel que desempeñan grandes conglomerados mediáticos, las redes sociales, los grupos empresariales y actores internacionales en la configuración de un clima político adverso para las fuerzas que buscan fortalecer la conducción de la economía por parte del Estado, redistribuir la riqueza o ampliar derechos sociales.
La influencia política y cultural del trumpismo ha trascendido las fronteras de Estados Unidos. Su vil intervencionismo, el discurso de confrontación y la desinformación se replica en diversos países latinoamericanos. A ello se suma una compleja red de intereses geopolíticos, incluyendo a Israel, que buscan mantener alineamientos favorables a determinados centros de poder económico global.
La experiencia reciente de gobiernos como los de México, Colombia o Brasil demuestra que incluso cuando existen avances en reducción de pobreza, ampliación de programas sociales o fortalecimiento de la inversión pública, estos logros no necesariamente se traducen en respaldo político automático. La batalla por la opinión pública se ha convertido en un factor decisivo.
Por ello, el progresismo latinoamericano y el mexicano enfrenta un desafío histórico: además de gobernar con eficacia, debe construir mayorías culturales capaces de defender los avances democráticos frente a campañas permanentes de desinformación, desgaste que encabeza Donald Trump.
Quien crea que las elecciones se ganan únicamente con resultados de gobierno está leyendo un continente que ya no existe. La disputa por el futuro de América Latina se libra hoy, simultáneamente, en las urnas, en las calles y en las pantallas.



