La Gualdra 724 / Río de Palabras
Por Luis Enrique Cuéllar*
Enzo llegó a tu consultorio con una obstrucción intestinal. Para un fox terrier como él, que no realiza suficiente ejercicio, era cuestión de tiempo antes de que se comiera algo que no era, ni siquiera, natural. Sabías que operar era necesario y no lo dudaste. Preparaste el quirófano e instruiste a Inés para que te asistiera. Situaste la responsabilidad en los hombros de tu talento y tu confianza en la solidez de tu fe.
El procedimiento avanzaba conforme a lo esperado, hasta este momento: acabas de ver el Número Divino dibujado y vivo en las entrañas del animal. El mensaje de la perfección eterna manifestado en la carne efímera. El palpitar omnipotente al unísono con el trepidar de la mortalidad. Sus tonos púrpura y dorado te imponen respeto y sus trazos perfectos te hacen sentir humilde.
Como hombre de fe consideras que el mensaje es claro: debes compartirlo, mostrar el Milagro Divino. Te preguntas: “¿Por qué ahora?, ¿por qué a mí?”. Sudas, mas no por cansancio, al contrario. Tu angustia reside en la decisión que debes tomar: terminar la operación y devolver a Enzo sano y salvo a su hogar o llevarlo ante el altar y declarar el prodigio ante el Ministerio, como lo dicta El libro de los elementos.
—La presión arterial de Enzo comienza a bajar, David —te advierte Inés.
“¡Inés no lo ve! Eso confirma que no es un milagro sacramental, es una prueba de fe”, concluyes. No te has movido, congelado por la incertidumbre. El pulso de Enzo pierde estabilidad. El sonido del monitor cardiaco se convierte en un inquisidor ante tus oídos. Un temblor surge de tu pecho y comienza a bajar por tus brazos. “¡No soy digno!, ¿por qué yo?”, preguntas a pesar de que presientes que la respuesta no te será dada, aún.
—¿David?
El temblor amenaza con llegar a tus manos, a tus dedos privilegiados que jamás han sentido la duda; ni siquiera cuando eras apenas un estudiante. “¡No lo puedo permitir!”, piensas. Como puedes, retienes la energía de tu agonía, la cual no se queda quieta por supuesto. Sube de regreso por tu brazo, tu cuello y al fin llega a tus ojos para manifestarse en forma de lágrimas. Rezas para que el sudor las disfrace.
—Todo bien, reduce el nivel de los gases halogenados— respondes e Inés siente que su alma le regresa en el suspiro que emite.
Has tomado tu decisión. “No soy digno”, te dices.
Terminas la operación como era previsto. Enzo despertará por completo dentro de un rato. De ahí repetirías la conversación de siempre: con todas las recomendaciones, todos los “es una raza activa, necesita más ejercicio”; no faltarán los “sí, doctor” ni los “¡muchas gracias, doctor!”. Al final, en teoría, seguiría un viaje a la tienda por un “capuchino de la victoria”… u otro paciente, en caso de que se presente algún cuadro grave o tengas una agenda llena.
Sin embargo, nada de eso sucede.
—Dame unos cinco minutos. Notifica a los Bonilla que Enzo salió bien de la operación— le dices a una Inés que ya intuye que algo ha cambiado.
—De acuerdo, yo les aviso y también arreglaré todo para la estancia postoperatoria. ¿Necesita algo más, doctor David?
Esa forma de decir doctor que tiene Inés es una prevención amable.
—Siento un poco de cansancio, es todo. Tomaré un poco de aire— contestas evasivo.
Respiras hondo y en silencio mientras subes a la azotea del edificio. Asciendes por las escaleras. Entrar al ascensor te agobiaría tanto como tener de nuevo los dedos dentro de las entrañas de Enzo, sintiendo esos dos pulsos, el suyo y el del Número Divino.
Las preguntas son tantas que se convierten en una densa niebla que rodea tu alma.
Llegas a la azotea. Tu cabeza es una espiral que gira y gira. Miras a tu alrededor mareado por tu agobio. No ves a nadie y entonces gritas de manera desgarradora, con tu garganta quebrándose junto con tu fe. Terminas de rodillas, lloras a mares y aún no has llegado al fondo. Tus lamentos se confunden con gruñidos hasta que te vacías y con un hilo de voz susurras:
—¿¡Por qué!? ¿Qué clase de prueba es ésta, mi Señor?
Escuchas el viento vacío de respuestas. Sientes el frío del atardecer mientras recuperas un poco las fuerzas y con una voz ronca y gastada dices:
—Entiendo cuando hay que escoger entre el bien y el mal, ¡incluso cuando se trata de distinguir entre el menor de dos males! Pero… ¿Elegir entre dos bienes, Señor?, ¿escoger entre la vida y la fe?, ¿por qué?
Y es entonces cuando te contesto:
—Quizás no lo entiendas ahora, pero debo felicitarte: superaste la prueba.
Sin embargo, no me escuchas y quizá el responsable sea yo. Quizá debí contestarte antes, cuando me preguntabas: “por qué yo” y responderte con la razón de tu existir.
*Luis Enrique Cuéllar (Xalapa, México, 1977). Escritor de literatura especulativa. Obtuvo mención honorífica en el XLI Premio Nacional de cuento Fantástico y de Ciencia Ficción 2025, así como en el Concurso Internacional de Cuento Libre “Juan Rulfo” 2025. Ha sido publicado en revistas nacionales como Papeles de la mancuspia, Anapoyesis y Penumbria, y en revistas del extranjero como Weird Review (Panamá), Teoría Ómicron (Ecuador) y Rio Grande Review (Estados Unidos). Su trabajo también aparece en las antologías de terror 1 y 3 de Editorial Lebrí.
Sobre el autor:
Luis Enrique Cuéllar es un escritor que nació y vive en el sureste del país, en Veracruz, menciono este dato para presentarlo por dos razones: fuera del concepto literario de las grandes ciudades, en la periferia, la provincia, fuera de la CDMX, también se escribe y se hace con entusiasmo, dedicación y resistencia. Luis Enrique se suma a ese grupo de escritores contemporáneos originarios de Veracruz que están muy presentes en la vida cultural del país participando en antologías, revistas, ganando premios y menciones, y los más aventajados, con un lugar propio y brillante en el escenario internacional. Por su parte, Cuéllar se dedica al cuento, en particular a esa trinchera compleja de la sci-fi, lo fantástico y el terror, en su universo figuran animales luminosos, entrenadores de robots, cuerpos celestes con consciencia, recuerdos perseguidos y un vasto despliegue imaginativo. 2025 fue un buen año para sus cuentos, obtuvo una mención honorífica en el XLI Premio Nacional de cuento Fantástico y de Ciencia Ficción y en el Concurso Internacional de Cuento Libre “Juan Rulfo”, y ahora comparte con los lectores de La Gualdra este cuento inédito.
Beatriz Pérez Pereda
https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_724



