A veces, el problema no es lo que pasa, sino lo que creemos que está pasando. Y cuando esa diferencia -entre la realidad y nuestras creencias- crece demasiado, la convivencia social, la política y hasta la economía empiezan a resentirlo.
Bobby Duffy lo explica bien en su libro “Los peligros de la percepción”. Las sociedades suelen tener creencias muy alejadas de lo que en realidad está pasando. Sobreestimamos la cantidad de migrantes en nuestros países, creemos que el crimen va en aumento cuando en realidad disminuye, exageramos la concentración de la riqueza o el deterioro social y nos aferramos a ideas falsas sobre el mundo que nos rodea.
En su estudio global de 2024, la la empresa de investigación y análisis de mercados Ipsos nos confirma lo mismo: el 25% de las personas en 30 países cree que sus élites planean reemplazar a la población local con inmigrantes de otras culturas o se sobreestima sistemáticamente la proporción de migrantes dentro de los países: en México, por ejemplo, creemos que el 20% de la población es inmigrante, cuando el dato real no llega ni al 1%.
¿Por qué ocurre esto? Hay varias razones. Primero, que los medios de comunicación priorizan las noticias alarmantes, porque son las que venden más clics, más vistas y más atención. También, en ocasiones existen interes políticos que fomentan narrativas distorsionadas para ganar poder o controlar la agenda pública. Otra razón es que no existe mucha educación estadística, por lo que no sabemos leer datos ni distinguir tendencias de anécdotas. Pero principalmente, esto sucede porque somos humanos, y los humanos tenemos sesgos cognitivos.
Un caso muy claro es el que vivimos en Zacatecas. Aunque los datos oficiales muestran un descenso en los homicidios intencionales en los últimos tres años, la percepción general sigue atrapada en la idea de que estamos peor que nunca.
La explicación no es simple, pero sí conocida: los años de crisis y violencia extrema dejaron una huella emocional muy profunda. La memoria colectiva se saturó de imágenes de miedo, de noticias rojas, de relatos de tragedia. Los medios tradicionales, pero sobre todo las redes sociales, amplifican cada hecho violento hasta convertirlo en una sensación permanente de riesgo. La narrativa del “Zacatecas violento” se vuelve inamovible, aunque la realidad esté cambiando.
Este fenómeno es un ejemplo clásico del Teorema de Thomas: “Si las personas definen las situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias”. La percepción de inseguridad en Zacatecas, aunque no se sostenga completamente en los datos, genera efectos reales: baja la inversión, cae el turismo, crece la migración forzada y se deteriora la confianza en las instituciones.
El caso de Zacatecas y la percepción de inseguridad es un claro ejemplo de los sesgos cognitivos que tenemos los seres humanos. Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, lo explica con mucha claridad. Cuando queremos saber qué tan probable es que ocurra un evento, usamos un atajo mental llamado sesgo de disponibilidad, según el cual, si algo se nos viene fácil a la mente, creemos que es más común o más grave de lo que realmente es.
Si en los últimos días vimos alguna nota sobre crimen o violencia, pensamos que la violencia está fuera de control, aunque los números no lo confirmen. Si escuchamos sobre fraudes o corrupción, asumimos que todo el sistema es corrupto, aunque sean casos aislados. Un ejemplo sencillo es el miedo irracional que sienten algunas personas a volar en un avión, cuando estadísticamente las probabilidades de que ocurra un accidente son ínfimas.
Se trata de un mecanismo cerebral que responde al llamado “Sistema 1”, al sistema rapido, intuitivo y emocional que nos protege de peligros inmediatos, pero también nos lleva a errores de juicio. Ese componente emocional agrava todo, pues las imágenes impactantes, las historias cercanas y los relatos mediáticos no sólo se quedan en la memoria, sino que generan angustia y la angustia pide soluciones inmediatas.
Kahneman también nos advierte sobre eso: a veces un evento menor ocasiona una cascada de miedo social y atención mediática que amplifica la preocupación pública. Esto lleva a que gobiernos reordenen prioridades públicas por presión emocional, no por evidencia objetiva. Así puede explicarse el éxito de la política de ultraderecha en el mundo, que apela a las emociones y a los miedos generados por esa mala percepción social.
Pero ¿qué podemos hacer? Primero, entender que la percepción importa tanto como la realidad. Segundo, mejorar la comunicación pública y promover el pensamiento crítico, educar a la ciudadanía para distinguir datos de anécdotas, tendencias de excepciones. Tercero, no subestimar el papel de las emociones en la política: el miedo, la indignación y la ansiedad son fuerzas sociales que necesitan atención, pero también deben encauzarse con responsabilidad, de lo contrario, seguiremos atrapados en la trampa de la percepción.



