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La ciudad como geografía de la memoria [Vicente Quirarte y la biografía literaria de la Ciudad de México]

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Por: MIGUEL CANSINO ASSENS •

La Gualdra 728 / Literatura / In Memoriam/ Vicente Quirarte

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Es una noticia muy triste para las letras mexicanas la muerte de Vicente Quirarte (1954-2026), voz indispensable de la poesía y el ensayo contemporáneos, y un enamorado riguroso de la Ciudad de México: de sus calles, sus fantasmas y sus poetas. En particular, Elogio de la calle. Biografía literaria de la Ciudad de México (2001) adquiere una vigencia exacta. Con esta obra celebramos a un autor a través de lo que deja intacto en la memoria de sus lectores. En momentos como éste, la literatura cumple la verdadera promesa de permanencia. Quirarte ofrece una revisión atenta y culta de la ciudad donde su nombre y su obra habrán de quedarse. Nos toca despedir al maestro volviendo a su palabra viva y a esa cadencia inconfundible con la que supo cantar al deseo y a la ciudad.

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En esta obra, Quirarte traza un mapa literario que es también el principio de una biografía de la urbe, vigente en sus exploraciones por un legado tan ejemplar como el que definió Guillermo Prieto al hablar de la ciudad y su cotidianidad: “fuente de empleos y favores, manantial de negocios, lugar de diversiones y de modas, punto de cita de los ricos de todas partes y repertorio en que la civilización exponía sus adentros y tesoros”. Esta visión cobra fuerza al resonar con la intuición de Louis I. Kahn: “La calle es el primer estar de la ciudad, ofrenda de los vecinos cuyas fachadas son su rostro y tienen por techo el cielo”, logrando engarzar esas maravillas con el propio espíritu del autor: unir la crónica histórica con la arquitectura que es la escritura del deseo y la memoria urbana inmortalizada en verso.

Ante la noticia de su muerte, cuesta tomar la pluma fuente para escribir que esta pérdida es dolorosísima. Se ha ido físicamente Vicente Quirarte y nos deja su obra para deleite de las generaciones presentes y futuras. El legado de su estudio sobre la Ciudad de México es equiparable al que construyeron Salvador Novo, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco. Quirarte, desde su vida universitaria y como cronista de una aventura literaria, fue un hombre de letras que transitó con la fugacidad del tiempo entre amigos; jamás soltó al poeta de grandes dimensiones líricas ni al apasionado explorador de la vida cotidiana.

Ya sea por el rigor de su investigación o por el deslumbramiento de su mirada, Quirarte convierte a la Ciudad de México en un personaje vivo y palpitante al explorarla desde la segunda mitad del siglo XIX. La travesía inicia con la evocación de Francisco “el Memorioso” y se interna por esa crónica concebida como litografía y laboratorio social, donde la urbe se analiza como una de las bellas artes para abrir y cerrar un ciclo histórico. El itinerario cobra un dinamismo épico en el apartado dedicado a la musa militante: una ciudad convulsa de casacas y sotanas, habitada por hombres de palabra empeñados en la utopía imperial y la guerrilla de la pluma, cuya tensión desemboca en el triunfo definitivo de la chinaca y la guerra de Reforma.

Es en la sección consagrada al testamento de la ciudad romántica donde la prosa alcanza su temperatura más alta, ese fuego primordial de la gloria donde convergen las razones del corazón, la lección de anatomía, el arcángel vestido de harapos y la Belle Dame sans merci. Ahí, el romanticismo mexicano deja de ser una simple escuela literaria para transformarse en una postura vital frente al dolor, la belleza y la muerte. De ahí, el estudio da el salto hacia los pintores de la vida moderna, clausurando el siglo XIX con una sensibilidad distinta. Son los capítulos que abordan la musa callejera: al frente, Guillermo Prieto —con una de las páginas biográficas más memorables logradas por Quirarte—, para continuar la trama inacabable de los misterios de Manuel Payno, la radiografía de costumbres en Tomás de Cuéllar, la prosa elegante en la novela del Duque Job y, finalmente, la pauta casi cinematográfica de un día en la vida de la ciudad porfiriana. Nos demuestra Quirarte que la urbe no es únicamente el escenario donde ocurre la literatura, sino el texto mismo que los escritores decimonónicos leyeron, padecieron y soñaron para heredárnoslo intacto. Quirarte fue, junto con José Emilio Pacheco, asesor de la serie Viajes al siglo XIX de la Biblioteca Americana (proyectada por Pedro Henríquez Ureña y publicada en su memoria). Esta empresa editorial de la UNAM nos recuerda que la cultura mexicana decimonónica contó con defensores tan eruditos como vehementes; entre ellos, Enrique Fernández Ledesma, autor de la obra emblemática Viaje al siglo XIX.

Son, en última instancia, los escritores y sus poetas quienes construyen y sostienen la biografía literaria de la Ciudad de México. Esta premisa la condensa Quirarte al adentrarse en la vertiginosa cartografía del siglo XX, donde no faltan las referencias esenciales a Ramón López Velarde. El recorrido despega con el capítulo Dos centenarios y una revolución, donde la urbe convulsa atestigua las fracturas de la modernidad. Allí cobran vida las estampas de Adán y Eva en los paraísos artificiales, la tensión de la historia vivida como dos ciudades simultáneas y la revelación de un sentido ético y poético plantado en el corazón de la vida cotidiana. La travesía continúa en la sección Estridentópolis y contemporánea, un cruce de caminos donde se confrontan y complementan la vanguardia estridentista con su ruidosa fe tecnológica y la elegancia del “grupo sin grupo” de Los Contemporáneos. Quirarte explora aquí el paréntesis del héroe y la búsqueda de un homónimo sentido de identidad, haciendo dialogar la velocidad de la máquina con la intimidad abismal de la memoria. Finalmente, el itinerario desemboca en el apartado de La muchacha ebria a la Ojerosa y pintada, como evocación entrañable a la metáfora indeleble de Efraín Huerta y extendida hacia otros poetas como Rubén Bonifaz Nuño. Surgen entonces los hombres del alba, el honor del peligro y los afanes del caballero andante, donde la noche, el erotismo y el desencanto urbano se alían para consagrar a la ciudad como un cuerpo deseado, herido y luminoso.

Con esta exploración, concentrada en Elogio de la calle. Biografía literaria de la Ciudad de México, Vicente Quirarte no sólo inventaría una tradición: refrenda con su ensayo y crónica que habitar la Ciudad de México ha sido siempre una forma de la pasión y un acto de fe poética.

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/lagualdra728



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