El profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, Diego S. Garrocho, publicó el año pasado un ensayo titulado Moderaditos, en el que expone las virtudes de la moderación, no como un acto de tibieza, sino, por el contrario, como uno de suma valentía en un contexto en el que lo sencillo es radicalizarse en el ambiente de polarización extrema del que se ufanan tirios y troyanos: ultras de la izquierda, de la derecha, liberales, conservadores, neoliberales y neoconservadores.
Como lo demuestran los resultados de encuestas y elecciones, la moderación no está de moda. En los últimos años, cada que se cuentan los votos, lo que tenemos son noticias del arrebato que, en un péndulo veloz y precipitado, ocurre en el poder, entre una ideología y la antítesis que sus rivales pretenden encarnar a través de la bravuconería. Al final, esa antítesis lo es solo en el mensaje, pues, en las formas, como reza el dicho popular, los extremos suelen tocarse.
Coinciden en los cambios rápidos, efectistas y prematuros. Los impactos en el corto y mediano plazo a menudo son el retorno, con la misma velocidad y empuje, haciendo de la cosa pública uno de los asuntos más inciertos e inestables que acompañan al espíritu de estos tiempos líquidos.
Como bien señala Garrocho, hay también contextos en los que no cabe la tibieza: “hay circunstancias que exigen posiciones vehementes y radicales, y es innegable que bajo la coartada de la moderación se intentan esconder, a menudo, posiciones equidistantes ante dilemas que requerirían asumir actitudes mucho más decididas. La tibieza, la prudencia o la conciliación pueden ser aliadas de las peores prácticas si se disponen de forma sesgada u oportunista”.
Cierto es que algún grado de indignación conlleva, en la propia expresión, la dignidad de no conceder permiso para lo peor, pero no queda fuera de esa misma dignidad la elegante expresión que implica la decencia, a la que tampoco deberíamos renunciar.
La diversidad y pluralidad no caben en la polarización, porque si algo nos demuestra el presente, y nuestro contexto, es que la complejidad es la característica patente de nuestros problemas. Por tanto, no es la simplificación el camino hacia su solución. La polarización, en cambio, pretende simplificar esa complejidad, provocando respuestas que, por ignorar dicha complejidad, resultan pobres e incompletas, cuando no contraproducentes. A la mayoría de nuestros más serios desafíos se contraponen alternativas que, de ignorarse entre sí, resultan necias y obsoletas.
Lo anterior viene a cuento porque moderarse, ser moderado, implica, en el debate público actual, darse la oportunidad de atender la desesperación del progresista por la inercia que sostiene al statu quo inmutable; pero también entender la desconfianza del conservador en el cambio abrupto, en la sustitución de valores, instituciones y costumbres. Ambas expresiones son necesarias en toda transformación sólida y duradera.
A pesar de lo dicho, descarto la ingenuidad: es comprensible para el candidato que busque popularidad más allá de la moderación, que hoy no parece cosechar muchos votos o no los suficientes, cuando menos.
Suponer, pues, que los políticos, a la hora de hacer campaña, se moderen, es quizá no solo ingenuo, sino romántico, dado el contexto. Ello no implica, sin embargo, una renuncia total a la prudencia, pues, para que el gobernante supere su anterior forma, y más aún, para dar paso a la metamorfosis más anhelada para un político, que es no quedarse en la faceta de gobernante y alcanzar la de estadista, es preciso, lo demuestra la historia, gozar del coraje suficiente para moderarse. Las revoluciones se desvanecen; son sus reformas las que permanecen.
Empero, en una época en la que predominan las emociones políticas como combustible de campañas y gobiernos, nos corresponde a los ciudadanos contar con la suficiente valentía para evitar caer en la tentación de la destemplanza y, con ello, sumarse a la tribu que alimenta la peor faceta del líder. Como bien señala Garrocho, se usa el término “moderadito” “para intentar desacreditar cualquier posición política que decepcione, en su mesura, a quien profiere el insulto”.
Permitámonos, pues, ser “bravitos”: usemos ese coraje que Hemingway definió como “gracia bajo presión” para sostenernos en la prudencia y la templanza, porque, si aceptamos que en política todo se vale, estamos consintiendo que la política no valga.
@CarlosETorres_



