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Nuevo catecismo para charros remisos

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Por: Víctor Manuel Fernández Andrade •

El charro, de acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española, es “un jinete o caballista que viste traje especial compuesto de chaqueta corta, camisa blanca y sombrero de ala ancha y alta copa cónica”. El argot político mexicano otorga otros usos a esa palabra, la vincula con los liderazgos sindicales sumisos, entreguistas y traidores a las causas colectivas. 

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Lo charro, lo charril, la charreada y otras derivaciones, son expresiones de uso común en el mundo del trabajo, su implantación en el imaginario colectivo es indisociable del modelo corporativo impuesto a los trabajadores mexicanos desde tiempos de “la unidad nacional”; Jesús Díaz de León, mercader de los derechos de los obreros del riel, fue el primer charro sindical oficialmente reconocido en México, pero el charrismo como forma de relación le antecede, también lo trasciende. Hubo prácticas charriles antes del charro Díaz y para desgracia de los trabajadores las sigue habiendo.

El término charrismo es un vocablo de fuerte connotación sociopolítica, es útil cuando se usa como categoría analítica asociada a una tipología específica de pensamientos y formas de relación al interior de los gremios. Charrismo son las prácticas verticales, autoritarias, corrompidas y excluyentes que muchos representantes imponen a las organizaciones sindicales, el uso superficial del término es propio de la vulgata, de lo vacuo, de los discursos que lo despojan de contenido para reducirlo a la ofensa contra objetos de odio. 

En el territorio de la práctica los señalamientos no son suficientes para probar que quienes apuntan los índices flamígeros de sindicaleros pesudo sean realmente charros, por lo demás los neopontífices del dogma democrático no están fuera del peligro de caer en tentaciones charriles. En la vida sindical, como en resto de las relaciones sociales la práctica es el único criterio de verdad, solo por sus obras puede juzgarse a cada dirigente y más allá de que se pretenda encapsular a los charros en un cortijo, en él no están todos los que son ni son todos los que están. 

Charro sindical es quien opera como agente patronal al seno de los agrupamientos de la clase trabajadora, las camarillas charras funcionan como avanzadillas patronales dentro de las organizaciones obreras, son muros de protección de los intereses de de los que mandan, por ejemplo, los charros del magisterio sienten mucha preocupación cuando los profes gritan groserías a los gobernantes 

El charrismo es, en esencia, un estilo autoritario y vertical de dirigir. La comunicación “de arriba abajo”es una práctica propia de los charros, se basa en enunciados imperativos que contienen órdenes que deben acatarse «porque lo dice el jefe». El charro dispone de dispositivos para disciplinar mentes, cuerpos y discursos, la pena máxima para los insumisos en el sindicato de maestros es la exclusión, pero los sindicaleros de cloaca recurren a múltiples dispositivos y artimañas para instaurar su dominio; hay amonestaciones, amenazas, chantajes, cooptación, redes de espionaje, vigilancia policiaca, golpeteos, y procedimientos coercitivos para usar en lugar de argumentos. 

El charro sindical es enemigo de la razón, siempre elude los juicios críticos, es más: los odia. Prefiere las arengas al intelecto, por eso en sus reductos son comunes el aplauso, la porra, las griterías y los silbidos. Los matraqueros estridentes son parte de las escenografías del sindicalismo charro, esos trapaceros se encargan de obstaculizar la expresión libre y de satanizar a los que ubican “por fuera “ de la retórica oficializada. Hacen todo eso debido a que su irracionalidad les impide entender que las provocaciones y soflamas son sintomatologías inequívocas de su decadencia. Todos los autoritarismos llevan inoculado el virus de la derrota estratégica. 

Al charro le fascina el vasallaje, goza de las lisonjas y premia a los que las practican, como es corruptor y corrupto, su consenso se basa en el reparto de prebendas y promesas. 

Ochenta y dos años de historia del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación dejan evidencias de que las dirigencias han desarrollado una enorme expertis para pecar por la paga y pagar por el pecado. A cambio de su papel como consortes de las políticas gubernamentales la casta sindical recibe canonjías, puestos políticos, administrativos, plazas, dinero, poder discrecional, publicidad y sitios de privilegio entre los cortesanos, para eso utilizan las negociaciones públicas y privadas. 

El charro es mendaz, por eso jamás acepta la discusión pública de los asuntos comunes, todo se queda en el círculo cerrado de los cuates, en el petit comité embozado bajo innumerables eufemismos; las formas de lucha, sus razones, las cuestiones tácticas y estratégicas, el repliegue, la retirada o la ofensiva son asuntos de club, los maestros zacatecanos, por miles, han rechazado esas prácticas y han generado espacios de decisión colectiva que todos los que son charros satanizan, impiden y repudian. 

Un charro es adicto del seguidismo, la adulación y la obediencia, rara vez se expone al escrutinio social y cuando lo hace es porque tiene la posibilidad de exponer su mejor faceta a través de videos, telenoticias, tik-toks o fotografías. El charro no rinde cuentas ante ninguna instancia, siempre está convencido de que él es la autoridad. 

Un rasgo común de los charros es la mentalidad narcisista y mesiánica, hay charros en el SNTE que se crearon en el seno de la subalternidad, pero origen no es destino. Ya empoderados, las convicciones de clase, de raza o de género se difuminan y abandonan. El redentor deja de ser uno de los iguales, porque ideológica y cartesianamente se ubica en otro lado, en la oficina VIP, en el edificio faraónico, en los banquetes del «high life»; él se cree “cinco estrellas” y le encanta rodearse de lambiscones que imitan sus formas, acatan sus órdenes, usan sus símbolos y si pueden, copian hasta los modos de andar. El charro rodeado de serviles es feliz, ya no reconoce compañeros de lucha porque los sustituye por lacayos que satisfacen sus deseos. 

El líder charro termina como Napoleón, creyendo que él es la revolución. Las hazañas, los sacrificios, los esfuerzos, las proezas, las conquistas y los triunfos son suyos, de nadie más. En sus negociaciones y cochupos la masa de luchadores de carne y hueso no cuentan, son los nadie, son a lo más sombras útiles para publicidad o para engrosar la galería fotográfica. El charrismo sindical deshumaniza los procesos sociales y a los sujetos que los fraguan; como beneficiario del historicismo burgués el charro está convencido de que los cambios no los hacen las colectividades con sus sacrificios sino los señores como él. Las transformaciones, según el pensamiento charril, son obra de los héroes, el espiritualismo absoluto niega que la historia es producto del movimiento y la acción colectiva, esa es obra de iluminados.

El charrismo sindical se filtra por cualquier resquicio en los estamentos de las organizaciones democráticas y asamblearias, cuando se le expulsa por la puerta entra por la ventana o por donde puede. Las prácticas individualistas, la exclusión, la mezquindad, el egoísmo, las descalificaciones, el autoritarismo, el sectarismo, las negociaciones opacas y la corrupción siempre están allí, son una enfermedad cuyo único remedio está en la organización consciente y clasista de la base trabajadora. 

Como el charrismo es un mal eterno, eterno debe ser su combate. Los profesores con identidad de clase están obligados a enfrentarlo “hasta que el sol deje de brillar”.

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