La Gualdra 708 / Cine
El año es 1977. Armando (Wagner Moura), es un investigador universitario quien, tiempo atrás, por diferentes circunstancias y problemas, tuvo que abandonar la ciudad de Recife, en Brasil. El joven protagonista se verá obligado a volver a dicho lugar en plena época de Carnaval, con la intención de reencontrarse con su pequeño hijo Fernando, quien está bajo el cuidado de su abuelo (Seu Alexandre), proyeccionista de un cine local.
Tiempo después, Armando, quien se presenta con el seudónimo de “Marcelo”, conseguirá trabajo en una agencia gubernamental que está dedicada a la identificación de personas. La razón por la que elige dicho puesto es para buscar algún documento o registro que pruebe la existencia de su madre. Al poco tiempo de haber llegado ahí, será informado de que está siendo perseguido por un par de asesinos, contratados por un empresario conectado con el régimen militar, que anteriormente amenazó con recortar los fondos de la universidad a la que pertenecía.
Su único refugio se volverá una red de contraespionaje, así como un grupo de resistencia que lo ayudará a salir del país en compañía de su hijo. Lo único que le queda a Armando es esperar unos cuantos días, mientras la organización que lo acoge consigue la documentación que le permitirá irse de Brasil. Mientras tanto, deberá cuidarse las espaldas en cada lugar que recorra, siempre mirando detrás de su hombro, con una amenaza latente acechándolo en cada esquina.

En el panorama cinematográfico internacional de la actualidad, una de las voces más destacadas y originales es la del brasileño Kleber Mendonça Filho (Aquarius, 2016; Bacurau, 2020). Dentro de su estilo personal se deja entrever un interés particular por jugar con las formas y los tropos del cine de género y las producciones serie b, a la vez que integra dentro de sus argumentos puntuales comentarios sobre problemáticas sociales que siguen afectando a su país de origen; en el caso de El agente secreto (2025), dichos elementos también se encuentran presentes.
Bajo las múltiples capas que conforman a la propuesta del brasileño, se encuentran: una clara cinefilia y amor por las historias clásicas de crimen e intriga, ubicando su relato a medio camino entre el cine de Jean Pierre Melville (Army of shadows, 1969), el de William Friedkin (The french connection, 1971), de las novelas de espionaje de John Le Carré y, en su lado más desaforado, hasta del cine más absurdo y disruptivo de John Carpenter (They live, 1988).
Lo genuinamente singular, en esta ocasión, es la forma tan innovadora y desconcertante en la que el realizador juega con todos los tonos, los guiños y las influencias dentro de una película que se empeña en ser cine sobre el cine mismo y cine como un manifiesto de la memoria.
Lo que dentro de su premisa inicial parece ser una cinta sobre perseguidos políticos un tanto más convencional, poco a poco va mutando hasta volverse un cúmulo de ideas, relacionadas, por un lado, con los espacios que habitamos en el pasado, durante nuestra infancia, los cambios que sufren con el paso del tiempo y los secretos y recuerdos que guardan, casi como si de personas se trataran. Así, en el centro de esos espacios, las imágenes del cine mismo, de títulos como Tiburón (1975) o La Profecía (1976), inmutables e imperecederas, insertadas para siempre en el inconsciente colectivo.
Por otra parte, la propia autoconsciencia del filme de Mendonça Filho funge como un relato de ficción e historia de un héroe anónimo, una persona común, quien, por una serie de infortunios, se ve envuelta en una red de intriga y peligro que lo sobrepasa por completo.
La cinta es una obra con claros tintes personales, el director retrata la importancia de recuperar y reapropiarse de dichas historias, que tal vez fueron arrebatadas por no adecuarse a ciertos intereses pero que, al final del día, son inherentes e identitarias a los lugares donde ocurrieron.
En su fascinante e hipnótica reivindicación a la nostalgia, El agente secreto invita a nunca olvidar, ya que es el equivalente a rendirse o a dejar una herida abierta, y mucho menos a perdonar. Sea una simple fotografía, una grabación de audio, o una serie de imágenes en movimiento (24 por segundo, para ser exactos), estos relatos son reflejos de personas que, tanto en la realidad como en el artífice, viven, respiran y merecen ser conocidas y escuchadas.
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