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Las remesas, una forma de subsistencia

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Por: Verónica Díaz Robles •

Cada mes, en las casas de cambio y en las ventanillas de las tiendas de barrio de Zacatecas, se repite una escena que el país entero debería mirar de frente. Una señora entrega una identificación, recibe unos billetes que su hijo envió desde Los Ángeles, de Chicago o de Dallas, y regresa a terminar el cuarto que lleva tres años construyendo. Ese dinero no es una estadística macroeconómica, es una barda que se levanta, una consulta médica que se paga, un semestre en la escuela que se cubre.

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En junio, las remesas hacia México sumaron 5 mil 472 millones de dólares y el envío promedio alcanzó los 422 dólares, el más alto desde 1995.

Detrás de cada uno de esos envíos hay una jornada larga en una obra, en un empaque, en una cocina, en un campo agrícola ajeno, y hay algo más, hay una decisión de no olvidar el pueblo que se dejó atrás.

Zacatecas es de los estados que mejor conocen esa historia. Aquí casi no hay familia sin alguien del otro lado; nuestra economía se sostiene, en una parte que ningún gobierno puede ignorar, del esfuerzo de zacatecanas y zacatecanos que se fueron porque el modelo anterior no les dejó opción, y que aun así siguen sosteniendo la tierra que los vio nacer.

Ese es el punto que conviene decir con todas sus letras: la migración masiva de finales del siglo pasado no fue una elección, fue la consecuencia de un modelo económico que abandonó el campo, cerró las fábricas y le dijo a la juventud que su futuro estaba en otra parte. Quienes se fueron no traicionaron a México; el México de antes los dejó ir.

Hoy, cuando en el país vecino se persigue a nuestros paisanos con redadas y con un discurso que los deshumaniza, la respuesta del gobierno que encabeza nuestra querida presidenta de México, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, ha sido la contraria: acompañarlos.

La estrategia México te abraza, la defensa consular, la denuncia formal ante instancias internacionales por la violación de sus derechos humanos y el reconocimiento público de su aportación son parte de una misma idea: ninguna persona mexicana está sola por vivir fuera.

Lo he visto al caminar las comunidades; en muchos hogares zacatecanos, la fotografía del hijo ausente está junto a la de los abuelos, con la misma dignidad. Nadie en esas casas habla de remesas, hablan de “lo que manda mi muchacho”, y cuando se les pregunta qué necesitan, casi nunca piden más envíos: piden que aquí haya trabajo para que la siguiente generación no tenga que irse.

Sostengo que esa es la deuda que nos corresponde saldar: recibir bien a quien regresa, honrar a quien envía y, sobre todo, construir aquí las condiciones para que irse deje de ser la única salida. La soberanía también se mide en cuántos de nuestros jóvenes pueden quedarse.

Nuestros migrantes sostienen dos países al mismo tiempo: aquel donde trabajan y este donde su corazón no se mudó nunca. Reconocerlo no es un gesto de cortesía. Es reconocer que buena parte de lo que hoy es Zacatecas se construyó con manos que trabajan a miles de kilómetros de aquí.

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