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viernes, 3 diciembre, 2021

Otra vez la universidad

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Por: ALBERTO VÉLEZ RODRÍGUEZ • ROLANDO ALVARADO FLORES •

¿Debe una universidad poseer una ideología y desde ella oponerse a los arreglos sociales prevalentes en un tiempo y espacio limitados? ¿Debe, por el contrario, abstenerse como institución de tomar partido y mantenerse neutral? ¿Qué actitud es la más conveniente para sus propósitos fundamentales? ¿Cuáles son estos? A partir de tener claridad respecto de los fines declarados por una institución educativa se puede deducir si debe tomar partido o no, y por ende si habrá de actuar en favor o en contra de algo como institución. De acuerdo a la Ley Orgánica de la Universidad Autónoma de Zacatecas, en el artículo 4, los fines de la UAZ son: impartir educación, fomentar, organizar y realizar investigación científica, humanística y tecnológica, divulgar la tecnología, la ciencia, el arte y la cultura, coadyuvar a erradicar la marginación y la desigualdad social mediante el conocimiento y el desarrollo de los valores humanos. De estos propósitos se sigue que una universidad es una comunidad con propósitos limitados. Tales no son “liberar” a la sociedad de algo, o apoyar grupos de alguna orientación ideológica. Mucho menos financiar partidos, sectas, grupos de presión o confesiones religiosas. Cualquier “visión omnicomprensiva” es constrictiva para los propósitos fundamentales de las universidades. ¿Cuáles son esos propósitos? En resumen: Investigar, enseñar y divulgar. Falta, sin embargo, un concepto organizador: el de crítica. Resulta claro hoy día, aunque no lo fue durante mucho tiempo, que la investigación debe ser libre, o se torna rutina burocrática estéril. Sin embargo, esta libertad significa que desde la universidad cualquier grupo organizado de investigadores puede, quizá debe, promover sus doctrinas, sin que estas se vuelvan “doctrinas oficiales” porque cualquier saber científico es provisional y corregible. Las universidades como un todo carecen de credos infalibles por mucho que alguno de ellos predique la armonía universal y el rescate de “lo nuestro”. Otro tanto vale para la enseñanza. Desde las aulas se examinan, entre otras cosas, todos los aspectos y valores de la sociedad con ánimo crítico. No son lugares para promover el voto, asentir ante candidatos o apoyar al Estado. Tampoco son instrumentos para la integración pacífica, funcional, de los alumnos al mercado laboral. Es decir: la universidad, por su diseño, debe crear descontento con el orden existente. Aunque el instrumento de ese disenso son los estudiantes, docentes, investigadores o agrupaciones de estos y aquellos, no la universidad como institución. De la misma manera, implementar los planes de grupos particulares de universitarios es cosa del Estado o la iniciativa privada. Los fines de la universidad son crear ideas inquietantes, no producir revoluciones. ¿Por qué desde la universidad no puede surgir la revolución? Porque una revolución conlleva una ideología particular, una creencia en la solidez de los nuevos valores propuestos, una fe ciega en las políticas sociales que deduce de su visión de fondo. Es decir, los revolucionarios no son universitarios porque predican dogmas y adoctrinan. Sócrates no impulsó una revolución, pero fue asesinado por pensar en contra de los arreglos sociales de su tiempo. De entre todas las instituciones sociales, sólo desde la universidad se puede pensar “lo otro”, lo ajeno, lo extraño, lo nuevo. Se debe decir con claridad que la universidad promueve la crítica, pero no es el crítico. Los críticos son sus miembros. Como institución la universidad es neutral, aunque promueve la mayor y más amplia diversidad de puntos de vista, no adopta ninguno: abrazar una fe, sea de izquierda o derecha, sea de los pobres o los ricos, es traicionar su espíritu. Es dejar de ser universidad para tornarse secta. Desde un partido se puede criticar todo lo existente, pero no los presupuestos de la ideología que funda al partido. Por eso ninguno es crítico en serio. Una confesión religiosa cree poseer una verdad revelada inapelable, la que no es criticable en sí misma, por eso jamás serán instituciones hospitalarias para lo extraño a sus dogmas. Se necesitan las universidades no como críticas del orden social o enemigas de las ideologías, sino como espacios de investigación libre, discusión crítica y albergues de todos los puntos de vista por divergentes y escandalosos que sean. Es una comunidad tolerante ante cualquier tipo de pensamiento. Desde esta concepción de universidad quedan claros sus límites. Por muy odiosa, o sospechosa, que resulte una administración gubernamental, la universidad no toma partido en contra como institución. Los que sí deben tomar partido en contra o a favor son sus miembros: docentes, estudiantes e investigadores. Para volver a las preguntas que iniciaron este artículo. Una universidad, si lo es, no debe tomar partido, y quienes le reclamen algo así no la entienden y pueden destruirla. Por ende, ante cualquier intento de instrumentarla en favor de una secta, partido o religión debe reaccionar, defender su espacio de tolerancia a la crítica y el pensamiento. Debe mantenerse neutral, o de otro modo marginará a sus grupos minoritarios y librepensadores individuales. Pero esto no implica que sus miembros son neutrales. Cada universitario tiene una posición, o ninguna, ante los tiempos que le tocan vivir y los defenderá desde el ámbito universitario. ¿Hubo críticas al neoliberalismo desde las universidades? Sí, también defensas. Como debe ser.

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