Cuando una institución enfrenta problemas, casi siempre terminamos juzgándola por sus errores, por sus resultados o por quienes la dirigen. Es una reacción comprensible. En momentos de incertidumbre buscamos respuestas y también responsables. Sin embargo, esa mirada, necesaria en una sociedad democrática, suele dejar fuera otra realidad que también merece ser observada.
Zacatecas vive una crisis de seguridad que todos conocemos. Los hechos de violencia ocupan los espacios informativos, generan indignación y mantienen abierto un debate permanente sobre las estrategias, los resultados y las responsabilidades del Estado. Esa discusión debe darse y no puede eludirse. Pero, mientras la atención pública permanece concentrada en esa parte de la historia, hay otra que rara vez ocupa un lugar en la conversación.
Cada hecho de violencia marca el inicio de un trabajo científico. En las áreas de Ciencias Forenses de la Fiscalía General de Justicia del Estado de Zacatecas, médicos forenses, antropólogos, genetistas, criminalistas, químicos, fotógrafos forenses y otros especialistas comienzan a responder preguntas que ninguna declaración puede contestar. Identificar a una víctima, establecer una causa de muerte, relacionar indicios o reconstruir los hechos exige preparación, método y rigor. Ellos no trabajan con percepciones; trabajan con evidencia.
Mientras la discusión pública sigue su curso, ellos continúan haciendo lo que mejor saben hacer: convertir los indicios en conocimiento y el conocimiento en elementos que permitan sostener una investigación. Su trabajo pocas veces ocupa un espacio en la conversación pública. Quizá porque la ciencia no genera el mismo interés que el debate político. O quizá porque nos hemos acostumbrado a mirar únicamente aquello que produce mayor ruido.
Esta reflexión no pretende ignorar la crisis que vive Zacatecas ni disminuir la responsabilidad que tienen las instituciones frente a la sociedad. Exigir mejores resultados sigue siendo una obligación ciudadana. Pero también vale la pena detenernos un momento para mirar la otra cara de las instituciones.
Con frecuencia olvidamos que detrás de un nombre, de un edificio o de un cargo público existen mujeres y hombres que todos los días cumplen su responsabilidad con profesionalismo, conocimiento y compromiso. Personas que no aparecen en las conferencias de prensa, pero cuyo trabajo resulta indispensable para que la verdad pueda abrirse paso y la justicia tenga un punto de partida.
Tal vez el mayor error que cometemos como sociedad sea creer que una institución tiene un solo rostro. En realidad, tiene cientos. Algunos toman decisiones. Otros, todos los días, sostienen con su trabajo la confianza que todavía es posible depositar en ellas.
Esa también es la otra cara de las instituciones.



