La Gualdra 715 / Libros / Novela
Fue una tarde de cervezas en La Negrita cuando escuché hablar por primera vez de La derrota de los días. Era marzo del 2020, hacía un calor sofocante y Mauricio Carrera y su hijo Diego, nada más bajar del avión y enfrentar los treinta y siete grados a la sombra, me pidieron que los llevara a una cantina a refrescarse. Habían venido a la FILEY a presentar La vida endeble, entonces la novela más reciente de Mauricio, y por la cual había recibido uno más de los numerosos premios que conforman su extenso currículum.

Quizás Mauricio no lo recuerde, pero después de la primera ronda de frías acompañadas de unos suculentos tacos de cochinita, la charla entre él y Diego devino en la importancia de sus últimos trabajos.
—Papá, no le busques —soltó Diego, categórico—. Tu mejor novela es La derrota de los días. Ninguna la supera. Tienes que conseguir que la reediten.
—¿La derrota de los días? —pregunté intrigado.
—Sí, con la que gané el Premio de Novela Bicentenario hace unos años —intervino Mauricio, antes de llevarse de nuevo la botella a los labios.
—¿Y por qué opinas eso? —le pregunté a Diego, intrigado.
—Porque es una novela que lo abarca todo —respondió con seguridad.
No recuerdo cuál fue la contestación literal de Mauricio, probablemente dijo que él quería por igual a todas sus obras, pero lo que no olvido es su rostro de decepción al terminar —palabras más, palabras menos— con que La derrota de los días difícilmente se reeditaría.
—No ayudan sus más de 600 páginas —concluyó.
Seis años después, en contra de sus propias predicciones, el Fondo de Cultura Económica lo ha hecho. No sólo con un trabajo de edición impecable sino con un tiraje de cuatro mil ejemplares.

Bildungsroman a la mexicana, novela total al estilo de La montaña mágica, de Thomas Mann o Doctor Zhivago, de Boris Pasternak, La derrota de los días cuenta la historia de Joaquín Ríos, un joven actor que en 1944 es contratado por el director Raphael J. Sevilla, para la filmación de El mexicano, filme basado en un cuento de Jack London, cuya adaptación corría a cargo de José Revueltas.
Utilizando “literatura referencial”, (método de escritura inventado por el propio Carrera que se nutre de la realidad para reconstruirla) Mauricio resucita a Jack London y lo coloca junto a Revueltas regalándonos espléndidas charlas donde cada uno, además de interactuar constantemente con Joaquín Ríos, expresa con elocuencia su forma particular de ver el mundo.
“El infierno es un lugar donde las botellas tienen dos agujeros y las mujeres ninguno”, sostiene, por ejemplo, el Revueltas de esta novela. Y uno no duda de que el escritor duranguense se haya expresado alguna vez de esta manera.
Es así como Carrera, mezclando realidad con ficción, nos sumerge en un relato de primer nivel en el que sitúa a su protagonista en lugares tan exóticos como la isla japonesa de Anopopei, la gélida ciudad de Seattle, los luminosos Cayos de la Florida, las nevadas montañas de Corea o la pintoresca ciudad fronteriza de Tijuana. En cada caso, Joaquín Ríos, se irá topando con personajes literarios, ídolos de Mauricio huelga decir, que le irán instando a que siga su camino de aventuras sin detenerse a mirar atrás.
“La función propia del hombre es vivir, no existir. No malgastaré mis días tratando de prolongarlos sino de usarlos”, escribió alguna vez Jack London, y ésta parece ser la premisa que persigue Ríos a lo largo de toda la historia.
Lo vemos entonces como periodista acompañando a London y a un juvenil Norman Mailer en Japón durante la Segunda Guerra Mundial; más tarde como trotamundos por las carreteras gringas junto con el aventurero Sal Paradise, trasunto de Jack Kerouac; después en la Florida, alternando con un arrogante escritor al que suponemos Ernest Hemingway. Todo esto antes de partir a Corea, donde tendrá que pelear por su vida en una sangrienta guerra que no le corresponde y de la que finalmente saldrá bien librado, pero emocionalmente destruido, situación que lo llevará a exiliarse en Tijuana donde conocerá el amor —así sea de manera breve— y volverá a encontrarse con un José Revueltas acabado, quien ahoga cada día sus frustraciones en alcohol.
Yoshimatsu Nakata, Pedro Armendáriz, Efraín Huerta, Juan de la Cabada, Federico Gamboa, Damien de Veuster, Alen Ginsberg, Blanca Estela Pavón, Nelly Campobello…, la lista de personajes secundarios es larga y cada uno de ellos participa en pasajes memorables que nos dejan con el regusto de haber paladeado, aunque sea en pocas líneas, un segmento de la historia universal.
Una novela total, dijo alguna vez Mario Vargas Llosa, es la “que abarca muchos niveles de realidad y, al mismo tiempo, nos presenta la imagen de un mundo que es psicológico, que es social, que es individual, que es político, que es costumbrista, que es erótico y que nos deslumbra por esa universalidad que parece resumirse en ella”.
Pienso que lo anterior se antoja casi imposible en esta época de literatura fácil, periodismo ramplón, canciones insulsas y películas cada vez más banales.
No obstante, en el extenso universo de las letras mexicanas, existen todavía autores como Mauricio Carrera, de prosa cuidada y elegante, que se preocupan por crear textos ambiciosos, protagonizados por múltiples personajes, que buscan abarcar la realidad completa de una época en un solo volumen.
Con una trayectoria sólida, que incluye más de una cuarentena de libros y una veintena de galardones como el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero, el Premio José Fuentes Mares, el Premio Bellas Artes de Cuento, el Premio Ibargüengoitia de Novela y el Premio de Novela Breve Amado Nervo, Mauricio Carrera nos entrega en La derrota de los días, la que es, quizá, la mejor de sus obras: una novela poderosa y envolvente que sobresale de entre el tumulto de publicaciones que inundan año con año las mesas de novedades y que confirma a su autor como uno de los mejores prosistas de México.
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