Esta semana, dos hechos exhibieron con claridad una diferencia de fondo que atraviesa la vida pública del país: la ética con la que se asume el servicio público y, sobre todo, la responsabilidad frente al error.
El primero ocurrió en la Universidad Nacional Autónoma de México. Tras la publicación de la Gaceta UNAM con un error ortográfico en su portada —dedicada al centenario del poeta Jaime Sabines—, su director presentó de inmediato su renuncia. No hubo matices, ni rodeos, ni intentos por diluir la responsabilidad en el equipo editorial. Hubo, en cambio, una decisión poco frecuente: asumir de manera directa las consecuencias de un error propio en una institución que no admite descuidos sin costo.
El periodista Juan Pablo Becerra-Acosta Molina lo explicó con una claridad que hoy resulta excepcional: “Originalmente la portada decía versos ‘desgarradores’. El error fue enteramente mío porque comenté en mi chat de ‘Portadas’ con los diseñadores que eran versos ‘desolladores’ más que ‘desgarradores’ y, al cambiar el sumario y escribirlo todo en mayúsculas, cometí la imperdonable pifia”.
El hecho podría parecer menor si se observa de forma aislada, pero no lo es cuando se entiende lo que está en juego. La Gaceta UNAM no es un medio cualquiera; es un órgano institucional de la máxima casa de estudios del país, cuyo prestigio descansa en el rigor, la precisión y la seriedad. En ese contexto, el error no solo se corrige: se asume. Y en ese acto, aparentemente simple, se sostiene una idea fundamental de lo público: el cargo no es un privilegio, es una responsabilidad.
El segundo hecho ocurrió en Zacatecas. La filtración de un video muestra al director de la Policía Vial consumiendo bebidas alcohólicas, invitando a sus subordinados a hacer lo mismo, en horario laboral, con uniforme y dentro de las instalaciones de la corporación. La escena no admite matices. No se trata de un desliz privado ni de un momento fuera de contexto, sino de una conducta que vulnera la disciplina, el mando y la mínima autoridad que una institución de seguridad debe proyectar.
En cualquier entidad con conducción política y sentido institucional, un hecho de esta naturaleza habría derivado en una separación inmediata del cargo o, al menos, en una renuncia que permitiera contener el daño. Aquí ocurrió lo contrario. La respuesta fue un comunicado débil, sin técnica ni responsabilidad narrativa, que intentó justificar lo ocurrido bajo el argumento de una práctica religiosa, introduciendo además un elemento delicado: la confusión entre creencias personales y el carácter laico del Estado.
Es en ese punto donde la diferencia entre ambos casos deja de ser anecdótica y se vuelve estructural. No es el error lo que define a las instituciones, sino la forma en que se responde a él. Mientras en un caso se asume la responsabilidad para proteger a la institución, en el otro se le expone, se le desgasta y se le coloca en una posición de vulnerabilidad frente a la sociedad.
Max Weber advertía que la ética de la responsabilidad es la base mínima para el ejercicio del poder público: hacerse cargo de las consecuencias de los propios actos, incluso cuando ello implique costos personales o políticos. Sin esa ética, lo que queda no es autoridad, sino simulación; no es liderazgo, sino inercia; no es institucionalidad, sino deterioro.
Porque la ingobernabilidad no siempre se manifiesta en crisis visibles o estallidos sociales. A veces opera de forma más silenciosa, pero igualmente corrosiva: cuando el error deja de tener consecuencias, cuando la responsabilidad se sustituye por la justificación y cuando quienes encabezan las instituciones dejan de estar a la altura de ellas.
Y es ahí donde el problema deja de ser un episodio aislado. Porque la ingobernabilidad no es solo la incapacidad de resolver problemas: es también, y sobre todo, la degradación progresiva del andamiaje institucional. Es permitir que la falta de ética se normalice, que la irresponsabilidad se administre y que el poder se ejerza sin consecuencia alguna.
En ese punto, ya no se trata de un error ortográfico ni de un video incómodo.
Porque cuando el poder no asume sus errores, deja de gobernar. Y cuando deja de gobernar, lo que sigue no es el desorden: es la degradación del Estado.
Jaime Enrique Cortés Acuña.



